¡ Viva Cristo Rey !

Tuyo es el Reino, Tuyo el Poder y la Gloria, por siempre Señor.
Cristo, Señor del Cielo y de la TIERRA, Rey de gobiernos y naciones

16 nov. 2010

Instaurare Omnia in Christo

¡Hay que restaurarlo todo en Cristo!
Él es Rey de los espacios y de los tiempos

El próximo Domingo 21 de Noviembre se celebrará la Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, según el calendario para el Modo Ordinario del Rito Romano. Con tal motivo, publicamos la presente conferencia.

La encíclica Quas, Primas promulgada por el Papa Pío XI hace más de 80 años, es la base para entender la doctrina de la Realeza de Jesucristo. En ella describe el Papa los grandes males modernos, los enemigos de la Iglesia y los amargos frutos que de ellos se siguen.
Porque del rechazo de Jesucristo, tanto de la vida pública como privada, y del intento de establecer una paz internacional a espaldas del Salvador, del laicismo integral y la apostasía generalizada, se siguen la codicia, la discordia, el egoísmo, la desmembración de la familia, las herejías, el cansancio de los buenos y el acostumbramiento al mal.
Pero estos males, estos enemigos y estos amargos frutos no deben hacernos perder la esperanza pues:

    * Hay una doctrina, la de la Realeza de Jesucristo, que está cifrada en aquella vieja canción que dice: “a Dios queremos en la enseñanza, en la familia, en la costumbres, Dios en el pueblo, Dios en la ley”;
    * Hay un amor, el amor a la Cruz, a cuyos maderos hay que ceñirse desprendiéndose de uno mismo y de los bienes huidizos, pasajeros y fluctuantes. La Cruz en la que ha triunfado Cristo y ha sido derrotada la muerte;
    * Y hay un combate dirigido contra los criminales propósitos del laicismo y la audacia temeraria de los apóstatas. Un combate a librar resistiendo y resistiendo sin jamás ceder ni rendirse; una lucha que vuelve al bautizado arma de justicia para Dios.


Quas Primas resulta además una encíclica profética. En efecto, los apóstatas están hoy dentro de la Iglesia, falsos cultos se homologan con el verdadero, una religiosidad inmanentista, fenomenológica y sentimentalista es la que prevalece, Cristo ha sido destronado y los hijos de la oscuridad se mueven con soltura en lo que parece ser el reino de Satanás.
Todo está dicho y profetizado en esta encíclica. Por eso, es un apocamiento, una miopía, explicar los males del mundo moderno con eufemismos, con efugios, con diagnósticos psicológicos, con opiniones periodísticas, por no atreverse a decir nunca lo único que hay que decir: ¡Cristo ha sido destronado!
Por eso, entonces, hay que predicar una nueva cruzada por el honor de Cristo Rey, hasta que todos sus enemigos sean sometidos bajo sus pies. Porque Él es Rey de los espacios y de los tiempos y Su Realeza va desde la ciudad terrena a la Jerusalén Celestial.

Texto completo y audio en Página Católica


9 nov. 2010

Monseñor Lefebvre defensor de la Tradición

Monseñor Lefebvre ya denunció el cisma de la Iglesia después del Concilio Vaticano II

Monseñor Marcel Lefevre fiel defensor de la Tradición

Extraído de Radio Cristiandad

Original en francés:

De même que l’Israël de l’Ancien Testament a eu une histoire bien troublée á cause
d’infidélités continuelles vis-à-vis de Dieu, bien souvent œuvres de ses chefs et de
ses lévites, ainsi l’Eglise militante dans ce monde connait sans cesse des périodes
d’épreuves á cause de l’infidélité de ses clercs, par leurs compromissions avec le
monde.

Plus les scandales viennent de haut et plus ils provoquent de désastres. Certes,
l’Eglise en elle-même garde toute sa sainteté et ses sources de sanctification, mais
l’occupation de ses institutions par des papes infidèles, et par des évêques apostats,
ruine la foi des clercs et des fidèles, stérilise les Instruments de la grâce,
favorise les assauts de toutes les puissances de l’Enfer qui semblent triompher.

Cette apostasie fait de ces membres des adultères, des schismatiques opposés á toute
tradition, en rupture avec le passé de l’Eglise et donc avec l’Eglise d’aujourd’hui,
dans la mesure où elle demeure fidèle á l’Eglise de Notre-Seigneur. Tout ce qui
demeure fidèle á la véritable Eglise est l’objet de persécutions sauvages et
continuelles.


Mais nous ne sommes pas les premiers persécutés par de faux frères pour avoir gardé la
foi et la tradition ; le Martyrologe nous l’enseigne tous les jours. Plus la sainte
Eglise est outragée, plus nous devons nous attacher á Elle, corps et âme, plus nous
devons nous efforcer de la défendre et lui assurer sa continuité en puisant dans ses
trésors de sainteté pour reconstruire la Chrétienté.


Traducción al español:

Así como el Israel del Antiguo Testamento tuvo una historia bien turbulenta por causa
de sus continuas infidelidades a Dios, muchas veces obras de sus jefes y de sus
levitas, así también la Iglesia militante en este mundo conoce sin cesar períodos de
pruebas por causa de la infidelidad de sus clérigos, por sus compromisos con el mundo

Cuanto de más arriba vienen los escándalos, tantos más desastres provocan. Cierto es
que la Iglesia en sí misma conserva toda su santidad y sus fuentes de santificación,
pero la ocupación de sus instituciones por papas infieles, y por obispos apóstatas,
arruina la fe de los clérigos y de los fieles, esteriliza los instrumentos de la
gracia, favorece los asaltos de todas las potencias del Infierno, que parecen
triunfar.

Esta apostasía hace de estos miembros adúlteros, cismáticos opuestos a toda tradición, en ruptura con el pasado de la Iglesia y, por lo tanto, con la Iglesia de hoy, en la medida en que ella permanece fiel a la Iglesia de Nuestro Señor. Todo aquello que
permanece fiel a la verdadera Iglesia es objeto de persecuciones salvajes y continuas.

Pero no somos los primeros perseguidos por falsos hermanos por haber conservado la fe
y la tradición; el Martirologio nos lo enseña todos los días. Cuanto más ultrajada es
la Iglesia, tanto más debemos aferrarnos a Ella, en cuerpo y alma, más debemos
esforzarnos por defenderla y asegurarle su continuidad, abrevando en sus tesoros de
santidad para reconstruir la Cristiandad.


A Dios no se le mueren sus hijos


«Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos; porque para Él, todos están vivos». 
Su amor es más fuerte que nuestra extinción biológica
    Jesús ha sido siempre muy sobrio al hablar de la vida nueva después de la
resurrección. Sin embargo, cuando un grupo de aristócratas saduceos trata de
ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos, Jesús reacciona elevando la
cuestión a su verdadero nivel y haciendo dos afirmaciones básicas.
    Antes que nada, Jesús rechaza la idea pueril de los saduceos que imaginan la
vida de los resucitados como prolongación de esta vida que ahora conocemos. Es un
error representarnos la vida resucitada por Dios a partir de nuestras experiencias
actuales.
    Hay una diferencia radical entre nuestra vida terrestre y esa vida plena,
sustentada directamente por el amor de Dios después de la muerte. Esa Vida es
absolutamente "nueva". Por eso, la podemos esperar pero nunca describir o explicar.
    Las primeras generaciones cristianas mantuvieron esa actitud humilde y honesta
ante el misterio de la "vida eterna". Pablo les dice a los creyentes de Corinto que se
trata de algo que "el ojo nunca vio ni el oído oyó ni hombre alguno ha imaginado, algo
que Dios ha preparado a los que lo aman" (1ª Corintios 2, 9).
    Estas palabras nos sirven de advertencia sana y de orientación gozosa. Por una
parte, el cielo es una "novedad" que está más allá de cualquier experiencia terrestre,
pero, por otra, es una vida "preparada" por Dios para el cumplimiento pleno de
nuestras aspiraciones más hondas. Lo propio de la fe no es satisfacer ingenuamente la
curiosidad, sino alimentar el deseo, la expectación y la esperanza confiada en Dios.
    Esto es, precisamente, lo que busca Jesús apelando con toda sencillez a un
hecho aceptado por los saduceos: a Dios se le llama en la tradición bíblica «Dios de
Abrahán, Isaac y Jacob». A pesar de que estos patriarcas han muerto, Dios sigue siendo
su Dios, su protector, su amigo. La muerte no ha podido destruir el amor y la
fidelidad de Dios hacia ellos.
    Jesús saca su propia conclusión haciendo una afirmación decisiva para nuestra
fe: «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos; porque para Él, todos están vivos».
Dios es fuente inagotable de vida. La muerte no le va dejando a Dios sin sus hijos e
hijas queridos. Cuando nosotros los lloramos porque los hemos perdido en esta tierra,
Dios los contempla llenos de vida porque los ha acogido en su amor de Padre.
    Según Jesús, la unión de Dios con sus hijos no puede ser destruida por la
muerte. Su amor es más fuerte que nuestra extinción biológica. Por eso, con fe humilde
nos atrevemos a invocarlo: "Dios mío, en Ti confío. No quede yo defraudado" (Salmo 25,
1-2).

Por José Antonio Pagola