¡ Viva Cristo Rey !

Tuyo es el Reino, Tuyo el Poder y la Gloria, por siempre Señor.
Cristo, Señor del Cielo y de la TIERRA, Rey de gobiernos y naciones

19 abr. 2016

El menosprecio de los Mandamientos de Dios provoca la desintegración de la familia

El matrimonio cristiano es necesario para el equilibrio de la sociedad.
Esta es la enseñanza moral constante de la Iglesia Católica.

El adiós de la novia, Fernando Georg Waldmüller – 

Durante los siglos en que la visión católica del mundo era la matriz de la civilización, esta concepción esencial de la familia y del matrimonio eran la base de las relaciones en la sociedad, y marcaba las leyes y costumbres. Pero, por una verdadera ilusión, se hizo creer a los cristianos que era generoso dar la espalda a sus principios de orden.
Por eso debemos hacer conocer a los que nos rodean los principios fundamentales de la organización de la sociedad de acuerdo con la moral católica, lo que muchos cristianos ignoran hoy.
“Si los mandamientos de Dios son despreciados, no sólo se hace imposible alcanzar la felicidad que nos está reservada más allá del breve espacio de tiempo asignado a la existencia terrena, pero el propio fundamento en la que reposa la verdadera civilización vacila y no podemos esperar otra cosa que ruinas sobre las que sólo se podrá llorar.
“¿Cómo, en efecto, el bien público y la gloria de la vida civilizada pueden tener la mínima garantía de estabilidad cuando el derecho es falseado y la virtud despreciada y criticada? (…)
“Y esto, como lo reconocen todos los hombres razonables, constituye en todas partes la raíz  amarga y prolífica de numerosos males: el rechazo de reconocer la Majestad Divina, la trasgresión de la ley moral, cuyo origen viene de lo Alto, o aún esa detestable inconstancia que hace vacilar entre lo lícito y lo prohibido, entre la justicia y la iniquidad.
“Entonces se levantan los egoísmos ciegos e inmoderados, la sed del placer, el vicio del alcoholismo, las modas impúdicas y dispendiosas, el aumento del crimen, aún entre los menores, la ambición del poder, el abandono de los pobres, la avidez por la riqueza mal adquirida, la deserción del campo, la superficialidad al casarse, el divorcio, la desagregación de la familia, el enfriamiento de la afección mutua entre los Padres y los hijos, la baja de la natalidad, el debilitamiento de la Nación, la disminución del respeto por la autoridad, la sumisión servil, la rebelión, el abandono del deber hacia su país y hacia la humanidad”.
Pío XII Encíclica Sertum Laetitiae del 1 de noviembre de 1939

Fuente: TFP France

17 abr. 2016

Una sociedad igualitaria es una sociedad deforme que repugna a la razón



Verdades olvidadas

Hoy, ciertas verdades son fácilmente olvidadas, aún en los medios católicos. Se repite hasta el cansancio que la igualdad es equivalente a la justicia. Por esto, es útil recordar la enseñanza de los Papas.
En este extracto de la Encíclica “Humanum Genus”, el Papa León XIII recuerda que la igualdad fundamental entre todas las personas deriva de su naturaleza humana y del común fin último, pero que sus diferencias legítimas deben ser la fuente de una sociedad armoniosamente jerarquizada, a la imagen del cuerpo humano
Todos los hombres son, ciertamente, iguales: nadie duda de ello, si se consideran bien la comunidad igual de origen y naturaleza, el fin último cuya consecuencia se ha señalado a cada uno, y finalmente los derechos y deberes que de ellos nacen necesariamente.
Mas como no pueden ser iguales las capacidades de los hombres, y distan mucho uno de otro por razón de las fuerzas corporales o del espíritu, y son tantas las diferencias de costumbres, voluntades y temperamentos, nada más repugnante a la razón que el pretender abarcarlo y confundirlo todo y llevar a las leyes de la vida civil tan rigurosa igualdad.
Así como la perfecta constitución del cuerpo humano resulta de la juntura y composición de miembros diversos, que, diferentes en forma y funciones, atados y puestos en sus propios lugares, constituyen un organismo hermoso a la vista, vigoroso y apto para bien funcionar, así en la humana sociedad son casi infinitas las diferencias de los individuos que la forman; y si todos fueran iguales y cada uno se rigiera a su arbitrio, nada habría más deforme que semejante sociedad; mientras que si todos, en distinto grado de dignidad, oficios y aptitudes, armoniosamente conspiran al bien común, retratarán la imagen de una ciudad bien constituida y según pide la naturaleza“.


Fuente

15 abr. 2016

La familia no es para la sociedad, la sociedad es para la familia

El derecho de los padres sobre los niños frente al Estado; la plena libertad para los padres de educar a sus hijos en la verdadera Fe y, como consecuencia, el derecho de los padres católicos a la escuela católica

Una fiesta familiar

“A propósito de las más diversas cuestiones, hemos insistido numerosas veces sobre la santidad de la familia, sobre sus derechos, sobre su papel como célula fundamental de la sociedad humana.
“A este título es su vida, su salud, su vigor, su actividad, las que aseguran la vida, la santidad, el vigor, la actividad de la sociedad entera. Porque ella recibe su existencia y su dignidad de Dios, como su función social: la familia es responsable delante de Dios.
Sus derechos y sus privilegios son inalienables, intangibles; ella tiene el deber, antes de todo delante de Dios y secundariamente delante la sociedad, de defender, de reivindicar y de promover efectivamente sus derechos y sus privilegios, no solamente para su propia ventaja, sino para la gloria de Dios, para el bien de la colectividad. (…)
“Es claro que vuestro primer deber en el santuario del hogar familiar, es suministrar ‒respetando su integridad, su unidad, la jerarquía natural que une entre ellos a sus miembros- con toda la perfección humanamente posible‒ la conservación, la salud corporal, intelectual, moral y religiosa de la familia.
“Y este deber comporta evidentemente el de defender y de promover sus derechos sagrados, particularmente el de cumplir sus obligaciones en relación a Dios; de constituir, en toda la fuerza del término, una sociedad cristiana:
Defender sus derechos contra todas las violencias o influencias exteriores capaces de atentar contra la pureza, la fe y la estabilidad sacrosanta de la familia; promover esos mismos derechos reclamando de la sociedad civil, política, cultural, al menos los medios indispensables a su libre ejercicio.
Para el cristiano hay una regla que le permite determinar con certeza la medida de los derechos y deberes de la familia en la comunidad del Estado.
Ella está concebida así: la familia no es para la sociedad; la sociedad es para la familia. La familia es la célula fundamental, el elemento constitutivo de la comunidad del Estado (…).

El Estado debería, por lo tanto, en virtud del propio instinto de conservación, por así decir, cumplir con lo que esencialmente es su primer deber según el plano de Dios Creador y Salvador, es decir, garantizar absolutamente los valores que aseguran el orden, la dignidad humana, la salud y la felicidad de la familia.
“Estos valores que son elementos del propio bien común, jamás estará permitido sacrificarlos a lo podría tener apariencia de bien común.
“Indiquemos solamente, a título de ejemplo, algunos de los que se encuentran actualmente en mayor peligro: la indisolubilidad del matrimonio; la protección de la vida antes del nacimiento; la habitación conveniente de la familia, no solamente de uno o dos niños o aun sin niños, sino la de la familia normal más numerosa; el derecho de los padres sobre los niños frente al Estado; la plena libertad para los padres de educar a sus hijos en la verdadera Fe y, como consecuencia, el derecho de los padres católicos a la escuela católica; condiciones de vida pública tales que las familias y sobretodo la juventud no estén en la certeza moral de sufrir corrupción”.
Pío XII, discurso a un grupo de padres de familia, provenientes de diferentes diócesis de Francia, el 18 de setiembre de 1951

Fuente: http://tfp-france.org/

Los ídolos no pueden ser criticados

Los principios morales deben ser constantemente recordados, ya que su omisión conduce gradualmente a las peores degradaciones



Conducida a través de etapas bien estudiadas, la práctica de la homosexualidad pasó del rechazo popular a la categoría de algo intocable: del infierno al Olimpo.
Plinio Corrêa de Oliveira insistía en que los principios morales deben ser constantemente recordados, ya que su omisión conduce gradualmente a las peores degradaciones.
Es lo que estamos presenciando con relación a la práctica de la homosexualidad.
Cuando, en los años 50, se oía decir que alguien tenía ese vicio -entonces raramente confesado- encontraba antes sí una atmósfera horrorizada. Hasta los niños ridiculizaban a quien se manifestase de ese modo.
Pero los principios morales que condenan la práctica homosexual, ya en esa época, eran poco enseñados. El horror que existía entonces era fruto del sentido común aún preservado y de una cierta tradición adquirida.
Con el pasar de los años, el rechazo a ese vicio continuó, pero poco después se comenzó a oír –proveniente incluso de los medios religiosos– que la práctica de la homosexualidad tiene su origen en una enfermedad y no es un vicio moral. Se ponía de moda así una nueva apreciación del problema.

Continúa siendo legítimo criticar a un juez, a un diputado, a un religioso y hasta al Presidente de la República. Pero no a los homosexuales. ¡Los “ídolos” no pueden ser criticados!
La consecuencia concreta de esa moda fue que el anterior rechazo social a la práctica de la homosexualidad se transformó en pena: “Pobrecito. Es un enfermo”. Esta fue una etapa pasajera, pero fundamental, para derribar la barrera de horror que había en relación a las orgías homosexuales.
En la fase siguiente, se abandonó la idea de enfermedad y se pleiteó “el derecho de las minorías”. Los homosexuales serían una minoría, con derechos análogos a los todos los que legítimamente constituyen minorías dentro de una nación.
Poco después, un paso más fue dado: la legalización de las uniones homosexuales. No sabemos cuál será la redacción final de la ley que está en discusión en el Parlamento chileno. Pero, dada la presión del lobby homosexual nacional e internacional, es posible que se autorice la adopción de niños, el derecho de herencia, beneficios de previsión social, declaración conjunta del impuesto la renta, etc., como si fueran marido y mujer.
El proceso no termina ahí. Ya existe de una ley contra la discriminación “por opción sexual”, que transformará a los homosexuales en una especie de casta intocable. Ya no se tratará sólo de favorecerlos, sino de perseguir a quienes utilizan la libertad de expresión para discordar de la práctica homosexual.
Aprobadas tales leyes, continúa siendo legítimo criticar a un juez, a un diputado, a un religioso y hasta al Presidente de la República. Pero no a los homosexuales. ¡Los “ídolos” no pueden ser criticados!
Mientras los señores legisladores llevan adelante estas leyes, que han dado origen en varios países a verdaderas persecuciones religiosas, la mayoría de la población las ve con desagrado. Pero ese desagrado no basta si no se traduce en una protesta contra esta verdadera dictadura que viene siendo implantada en esta materia, especialmente contando con el apoyo de los medios de comunicación y de ciertos políticos.
Para que esto ocurra en necesario tener bien claros los principios. La Iglesia Católica considera la práctica homosexual como un pecado que clama a Dios por venganza. Y las Sagradas Escrituras dan cuenta del castigo divino a dos ciudades: Sodoma y Gomorra.


Baje el libro gratuito “En defensa de una Ley Superior – ¿Por qué debemos oponernos al pseudo matrimonio y al Movimiento homosexual?”, que contiene una refutación de los slogans pseudo–científicos del lobby homosexual y señala la doctrina católica, desde los primeros tiempos de la Iglesia, sobre el asunto.