¡ Viva Cristo Rey !

Tuyo es el Reino, Tuyo el Poder y la Gloria, por siempre Señor.
Cristo, Señor del Cielo y de la TIERRA, Rey de gobiernos y naciones

8 oct. 2018

Los nuevos caminos de la Teología de la Liberación

El objetivo declarado: crear un hombre nuevo, completamente liberado de todo tipo de opresión, incluso de la moral y de las leyes de la naturaleza.

El colapso del socialismo real arrastró en su desprestigio a la Teología de la Liberación. Esta y el comunismo debían “reinventarse”. Fue el lanzamiento de la lucha de clases entre el “nuevo proletariado” (la mujer, las minorías sexuales, los niños y la misma naturaleza) contra las instituciones básicas de la sociedad, especialmente la familia. Sus instrumentos: la ideología de género para luchar contra la discriminación sexual; el feminismo para contrarrestar el dominio masculino y el ecologismo extremo para proteger al planeta Tierra.
“Es importante recordar que lo que se busca mediante la lucha contra la pobreza, la injusticia y la explotación, es la creación de un hombre nuevo”Gustavo Gutiérrez

“Es importante recordar que lo que se busca mediante la lucha contra la pobreza, la injusticia y la explotación, es la creación de un hombre nuevo“. Así escribía en 1971 Gustavo Gutiérrez, uno de los máximos exponentes de la Teología de la Liberación. Esta corriente teológica, es famosa por la mezcla que ha hecho de en América Latina entre catolicismo y marxismo. Son conocidos por el público en general por su supuesta preocupación por los pobres y su apoyo a la práctica revolucionaria. Tal vez no mucha gente conoce sus últimos desarrollos. La Teología de la Liberación, de hecho, no está muerta y no permaneció en absoluto confinada a América del Sur. Hoy en día, de hecho, parece de nuevo en boga y en diferentes entornos sigue siendo un punto de referencia, aunque de manera velada. Pero lo más importante es su evolución, que nos concierne a todos, de una manera u otra, ya que se refiere a la revolución cultural y antropológica que estamos presenciando.
Al grito de los pobres debemos añadir el grito de la Tierra. Leonardo Boff
De hecho, tras el colapso de la Unión Soviética y el fracaso general del comunismo, los teólogos de la liberación, que siempre han abrazado las categorías filosóficas, políticas y económicas del marxismo, se han visto obligados a reinventarse. En la práctica, han ampliado los conceptos de “pobres” y de “pobreza”. Si en los años setenta y ochenta los pobres eran los proletarios explotados y alienados por un sistema económico que incluía la propiedad privada de los medios de producción, ahora son también otras categorías de personas, siempre oprimidas, pero de modo y razones diferentes. He aquí que ahora, los nuevos pobres son los homosexuales, los transexuales, las mujeres e incluso la naturaleza. Tal cambio entre los teólogos de la liberación ha sido sin contradicciones. Leonardo Boff, otra figura destacada de este mundo, ya en 1985 escribió que la Teología de la Liberación estaba estrechamente vinculada a los diversos procesos de liberación característicos de la historia moderna, tales como el pensamiento de Freud y de Nietzsche sobre la liberación psicológica y los instintos. Estos teólogos pues han recurrido sin problemas a la ideología de género para luchar contra la discriminación sexual; el feminismo para contrarrestar el dominio masculino y el ecologismo extremo para defender el planeta Tierra.
Los actuales ataques contra la vida, la familia y la educación de nuestros hijos, por lo tanto, de alguna manera están también apoyados por ciertos círculos que se refieren precisamente a la Teología de la Liberación, aunque con una amplia variedad de tonos. El objetivo fue declarado por Gutiérrez y otros: crear un hombre nuevo, completamente liberado de todo tipo de opresión, incluso de la moral y de las leyes de la naturaleza. Un hombre muy diferente, pues, del renovado y recreado por la gracia de Dios.

El objetivo declarado: crear un hombre nuevo, completamente liberado de todo tipo de opresión, incluso de la moral y de las leyes de la naturaleza.
Cualquier persona que desee explorar estos temas puede leer el documentado libro de Julio Loredo, “Teología de la Liberación. Un salvavidas de plomo para los pobres” (Cantagalli, Siena 2014), en el que el autor analiza en detalle el núcleo de la doctrina de la Teología de la Liberación, poniendo bien en evidencia todos los errores que la alejan de la verdad enseñada por la Iglesia: el inmanentismo, el historicismo, la manipulación de la Escritura, la distorsión de la imagen de Dios, del concepto de Redención y del pecado; una nueva visión revolucionaria de la Iglesia; la primacía de la praxis , etc. “El concepto fundamental de la teología de la liberación, que la impregna totalmente, es el de “liberación” ‒escribe Loredo‒ es decir, un movimiento, interno y externo, que tiende a emancipar los individuos y la sociedad de ciertas situaciones consideradas opresivas o discriminatorias“.
La Teología de la Liberación homosexual, lésbica y queer legitima la rebelión no contra el propio orden de la Creación que se considera una estructura opresiva y, por tanto, contestada.
Pero, de hecho, no siempre lo que parece opresivo lo es en realidad. Tomemos por ejemplo el caso de la homosexualidad. Olvidando que la Iglesia siempre ha enseñado a amar al pecador y a condenar el pecado, la  Teología de la Liberación  homosexual, lésbica y queer habla de la opresión secular hacia el mundo homosexual. De esta manera de hecho legitima la rebelión no contra una autoridad humana injusta, sino contra la ley moral natural, querida por Dios. Es el propio orden de la Creación que se considera como una estructura opresiva y, por tanto, contestada.
El mismo discurso vale para la llamada teología feminista. Con el pretexto de la igual dignidad del hombre y de la mujer, en la realidad se promueve el choque entre los sexos, se distorsiona el concepto de maternidad y legitima todos los horrores en nombre de la autodeterminación de las mujeres. El aborto es el ejemplo más notable. No sólo. El ataque al “patriarcalismo” pone en discusión incluso la imagen de Dios en el que los cristianos siempre han creído y que siempre han aceptado. Y así como es necesario liberarse de toda forma de opresión entre los seres humanos, también debemos liberar la naturaleza del dominio os del hombre. De ahí el mito del planeta Tierra visto como un organismo vivo llamado Gaia. Leonardo Boff escribe: “Al grito de los pobres debemos añadir el grito de la Tierra”. Una vez más, se subvierte el orden del cosmos, ya que la flora y la fauna tienen prioridad sobre el hombre, el único ser creado a imagen y semejanza de Dios.
Bajo la apariencia de buenos principios la Teología de la Liberación esconde, por tanto, la aberración real. Como escribe Loredo, “proclamándose en favor de los pobres, ella defiende los sistemas que generan pobreza. Casi parece que la Teología de la Liberación no hizo tanto una opción preferencial por los pobres, sino por la pobreza en sí misma“. Una pobreza, lo decimos para evitar malentendidos, ideológica, que no tiene nada que ver con la recomendada por el Evangelio y vivida por Jesús y los santos, ni con la justa sobriedad de vida. Los teólogos de la liberación, de hecho, han colocado en el centro de su pensamiento la praxis revolucionaria, respaldando regímenes comunistas criminales, en los que los pobres solamente fueron instrumentalizados. Uno se acuerda de las palabras que don Camilo que decía al pequeño sacerdote progresista Don Chichi: “La pobreza es una desgracia, no un mérito. No basta ser pobre para ser justo. Y no es verdad que todos los pobres sólo tienen derechos y los ricos sólo deberes: delante de Dios todos los hombres tienen sólo deberes”. Lo mismo ocurre con las llamadas nuevas categorías de pobres, igualmente instrumentalizados para construir una nueva humanidad, fluida, desprendida de toda referencia determinada. Por otra parte, es muy difícil considerar oprimidos a los miembros de los poderosos grupos de presión, ricos e influyentes, que buscan imponer la dictadura del pensamiento único, al ritmo de la tolerancia y de la libertad.

Federico Catani, in La Croce
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22 jul. 2018

La existencia de un Estado moloch no es una fatalidad

Lo que necesitamos es un regreso a un marco de orden que nos vuelva a conectar con nuestras raíces cristianas

Moloch, un ídolo de origen canaanita que fue adorado por los fenicios, cartagineses y sirios, al que se hacían sacrificios humanos, especialmente de niños
El Estado existe para salvaguardar el orden general, permitiendo a los organismos intermedios de la familia, la comunidad y la región que se desarrollen libres de su control. Una Constitución que no tome en cuenta los valores cristianos de la sociedad camina con facilidad hacia un Estado omnipotente y una tiranía.
Muchos que se quejan de que la existencia de gobiernos gigantescos está en la raíz de todos nuestros problemas. Pero, si pudiéramos deshacernos de su presencia intrusiva en nuestras vidas, las cosas andarían mucho mejor. Se quejan de los efectos de un gobierno gigantesco pero pocos señalan su causa.
La existencia de Estados gigantescos no es una fatalidad. De hecho, el gobierno gigantesco, en el que el Estado entra en todas las facetas de la vida de la sociedad, no debería existir. El Estado existe para salvaguardar el orden general, lo que a su vez permite a los organismos intermedios de la familia, la comunidad y la región que se desarrollen libres de su control.
Por otra parte, la mayoría de los Estados modernos están protegidos por constituciones que se supone que existen para contener los poderes y el crecimiento del gobierno. Pero dondequiera miremos, vemos que estos límites no se han respetado y que prosperan burocracias hinchadas.
Es obvio que hay otros factores que contribuyen para hacer posible un gobierno gigantesco. Y si queremos resolver el problema, debemos buscar y abordar sus causas.
Russell Kirk (1918-1994)
El conocido escritor conservador Russell Kirk hace una observación muy interesante, que nos da una idea de cuáles son estas causas y cómo podríamos volver a un gobierno delimitado.
Kirk escribe:
Debajo de cualquier constitución formal ‒incluso debajo de nuestra Constitución‒ existe una constitución no escrita, mucho más difícil de definir, pero que en realidad es mucho más pujante”. Esta constitución no escrita consiste en “el cuerpo de instituciones, costumbres, comportamientos, convenciones y asociaciones voluntarias que no pueden siquiera ser mencionadas en la constitución formal, pero que sin embargo forman el tejido de la realidad social y sostienen la constitución formal”. [1]
En otras palabras, nosotros como pueblo hemos perdido ese vínculo vital con los usos, costumbres, convenciones y virtudes que sirven como base a nuestra Constitución. Nos hemos alejado de nuestras raíces cristianas: las instituciones naturales de la familia, de la comunidad y la tradición del derecho común, que de forma normal y natural sirven para moderar y limitar al gobierno.
Es esta destrucción de los valores morales, instituciones y costumbres la que hace posible un gobierno invasor. Sin esta “constitución no escrita”, se crea un vacío, lo que permite al gran gobierno actuar de modo agresivo. Así empezamos a perder nuestras libertades.
Solía ocurrir, por ejemplo, que las familias se hicieran cargo de sí mismas. Sin embargo, cuando la institución de la familia fue devastada por la revolución sexual de los años sesenta, se creó un problema real con las familias destrozadas, se preparó el camino para una solución falsa, en la forma de un gobierno gigantesco, que corrió a llenar el vacío y asumió las responsabilidades que no le competían.
También era frecuente que los miembros de una comunidad se ayudaran mutuamente cuando surgían problemas. Había un sentido del honor que prevalecía en la comunidad, donde las familias se enorgullecían de ser honestas y autosuficientes. Sin embargo, con la decadencia de las comunidades y el anonimato de las grandes ciudades, a la gente le parece que no existe ningún problema en pedir a un gobierno gigantesco que sea la niñera a la que se recurra para que atienda sus necesidades básicas.
Danos hoy nuestro pan de cada día…
Otrora se confiaba en la Providencia de Dios para proveer a nuestras necesidades: “danos hoy nuestro pan de cada día”. Pero con la secularización de la sociedad, muchos ya no saben cómo pedir a Dios que satisfaga sus necesidades diarias, a pesar de que no reconozcan como un don los talentos dados por Dios, y en cambio confían en los programas de ayuda social del gobierno como un nuevo tipo de una casi divina providencia.
Parte de la culpa de la destrucción de estas instituciones y costumbres se puede remontar a nuestra cultura de gratificación instantánea. En mi reciente libro, Return to Order, utilizo el término “intemperancia frenética” para describir un espíritu imprudente e inquieto, de desenfreno, que ha azotado a la economía moderna y socavado las instituciones sociales.
Mercados frenéticos llevan a la gente a resentirse de la misma idea de moderación, despreciando los valores espirituales, religiosos, morales y culturales que forman parte de la “constitución no escrita” de Russell, que normalmente sirven para ordenar y moderar nuestra vida en común en sociedad y evita la existencia de un gobierno abrumador.
Lo que necesitamos es un regreso a un marco de orden que nos vuelva a conectar con nuestras raíces cristianas y nuestra tradición de un gobierno limitado. Mucho más que los programas de gobierno, este orden es realmente el corazón y el alma de la economía.
Tenemos que deshacernos de la intemperancia frenética ahora dominante en la economía, que está constantemente desequilibrando los mercados y reemplazarla con una templanza correspondiente.
Esto no puede ser hecho por una legislación, reglamentos o una rígida planificación. Es algo que debe ser realizado individualmente, cambiando nuestro estilo de vida frenético y precipitado, donde la gratificación instantánea está a la orden del día. Es un cambio difícil de valores que pondrán en su lugar los sistemas de inmunidad natural de la familia, la comunidad y la Iglesia, y que nos garantizará nuevamente una sociedad estable, saludable y próspera.
Hasta entonces, el gobierno moloch sólo se hará cada vez más gigantesco.

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28 jun. 2018

Gramsci y la revolución cultural, el ataque al sentido común


Plan conseguido en gran parte


Dijimos que Luzbel, en el inicio de la creación, al rebelarse ante Dios, se convirtió en Satán y fue arrojado del paraíso junto a los demás ángeles rebeldes que subvirtieron por primera vez el orden creado. Satanás fue, al negarse a obedecer a Dios, el primer subversivo de la Creación. Este mismo espíritu de subversión saltaría el cerco del paraíso para hacer caer a Adán y Eva. Entraría después en el mismo corazón del sagrado colegio apostólico y se ganaría a Judas. San Agustín denunció este combate en el siglo IV en sus “Dos ciudades” y San Ignacio en el siglo XVI en su batalla de las “Dos banderas”.

Satanás acrecentó su ofensiva en el siglo XVI invadiendo la celda y el corazón del fraile agustino Martín Lutero, quien se levantó contra Roma y fundó su Iglesia protestante, “protestando” y partiendo la conciencia europea en dos. La Iglesia como madre vio partir hacia el error y la herejía a la tercera parte de sus hijos... la inigualable España defendió ella sola la integridad de la Fe católica frente a la herejía con una ametralladora de santos, lo que le valió el honor de ser llamada el “El brazo derecho de la Cristiandad”, y contrarrestó la pérdida de millones de almas evangelizando a veinte naciones que hoy, gracias a ella, rezamos en español.

Esta herida y división que se abrió en la conciencia europea permitiría la entrada de errores y filosofías enemigas de Cristo y de su Iglesia, que atacarían el mandato de Dios al hombre: “Me amarás con tu mente”, no sólo desde afuera, sino desde dentro. Dios (desde el Génesis), y la Iglesia recordarían al hombre que era “polvo” y que en el “polvo” se convertiría. El liberalismo comenzaría a susurrarle al oído que era un “dios” y que no debía tener, por lo tanto, leyes superiores a sus placeres y a sus intereses... ganaría Satán lógicamente, con esta mentira, millones de adeptos. Se entiende, es tentador...

La masonería introduciría sus “Caballos de Troya” contra el orden social cristiano infiltrándose camuflada y secretamente en las leyes, la política, las Fuerzas armadas, la economía, las finanzas, la justicia, los sindicatos, la prensa, el cine, la televisión y especialmente en la educación, porque El tesoro que todo enemigo de Dios ambiciona es la juventud y hasta la infancia. Clemente XII, Benedicto XIV, Pío VII, VIII y IX, León XII y Gregorio XVI la condenaron, y León XII denunció a esta serpiente que nos envuelve “en su abrazo cariñoso” para luego estrangularnos como la que nos inyectó “el mortal veneno que circula por todas las venas de la sociedad”.

El socialismo y el marxismo serían más tarde los instrumentos visibles más brutales de Satán. El último definido por la Iglesia como “intrínsecamente perverso, prometiéndole al hombre el paraíso en la tierra, pero privándolo de todos sus derechos naturales, hasta… el de creer en Dios. Como el hombre no quiso aceptarlo “libremente”, hubo que asesinar en el siglo XX a 100.000.000 de personas para explicárselo.

Pero el marxismo engendraría en el mismo siglo a su hijo más perverso, por lo sutil: a Antonio Gramsci, quien ideó la estrategia para “tomar” al occidente cristiano. Y con Gramsci, Satán daría la vuelta de tuerca final en esta revolución anticristiana que intenta, desde el Génesis, robarle a Dios el alma inmortal del hombre. Antonio Gramsci (uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano) como Marx y Lenín, buscó la toma del poder total. Satanás le susurró al oído una estrategia menos violenta que la de aquellos en la soledad de su cárcel mussoliniana. Le inspiró sustituir el ataque por “el asedio”.

Gramsci creía que la tradición  cristiana había hecho irrecuperable para el comunismo el alma occidental. Con la propiedad privada como pilar de la economía, la familia como célula de la sociedad y los 10 mandamientos como ordenador moral, el camino sería inabordable. Este detalle es fundamental para comprender la esencia de la revolución cultural gramsciana. Habría por lo tanto que buscar otro camino: cambiar la forma de pensar de Occidente. Su forma de vivir, de relacionarse, hasta de divertirse. La reforma sería, por lo tanto, intelectual y moral. Una vez cambiada y erosionada la mentalidad de la mayoría, el poder civil como una fruta madura en manos del poder del estado porque ya no habría choques ni conflictos entre ambos.

Las ideas a imponer serían contrarias a una concepción trascendente de la vida. Habría que cerrarse a toda concepción religiosa que nos recuerde el Juicio Final y hablar solamente de “aquí abajo”, en una postura de inmanentismo total. La inmanencia es la actitud del hombre que vive en la Tierra como si fuera su patria definitiva. Es lo contrario de la visión trascendente de la vida. Finalmente hoy, inmersos en el gramscismo, si bien queda algo de fe en los corazones, se vive cotidianamente como si el mundo espiritual y sobrenatural no existiera, como si todo empezara y terminara acá abajo. Decimos que “en el fondo” somos católicos, pero a veces ese fondo tiene tantos metros de profundidad…que en nuestra vida diaria no se nota.

Habría entonces que corromper, disolver, erosionar, destruir sin ruido y sin descanso, subvirtiendo todos y cada uno de los valores enseñados por la cultura  cristiana. Burlarse, mofarse, ridiculizar, menospreciar, corroer, erosionar todas las virtudes y los valores que la Iglesia como madre y maestra había tendido a sus hijos para ponerlos de pie como personas.

Hoy han sido intencionalmente tan combatidas dentro de la sociedad, que al hombre moderno le resultan hasta desconocidas: la fe, la esperanza, la caridad, la prudencia, la justicia, la templanza, la fortaleza, la veracidad, la sinceridad, la honestidad, la austeridad, el respeto, la humildad, la gratitud, la obediencia, el patriotismo, la piedad, el honor, la lealtad, el valor, el pudor, la virginidad, la castidad, la fidelidad... etc. para esto, había que infiltrarse y tomar todos los ámbitos de la sociedad civil, introduciéndose en las leyes, la educación, los sindicatos, el arte, la ciencia, las empresas y hasta en la misma parroquia para hacer “saltar la propia Iglesia por dentro”… Gramsci pensaba que nadie como la Iglesia había contribuido a formar el “sentido común” de los pueblos, unificando las mentes y los corazones del campesino y del rey, de los analfabetos y de los intelectuales. Habría que apuntar los cañones otra vez hacia Ella, la principal responsable de unificar las mentes y los corazones del occidente cristiano.

La destrucción de las instituciones (Iglesia, Fuerzas armadas, Policía, Justicia, educación) demolería a la sociedad (masificándola y atomizándola) porque son quienes la encuadran y la mantienen de pie. La destrucción se haría descabezándolas y desprestigiándolas, para que los ciudadanos llegaran a pensar que las instituciones no eran necesarias. Sería como quebrar los huesos del esqueleto humano que arma y sostiene el cuerpo de la persona. Para Gramsci, nada mejor que un intelectual traidor, un militar manejable o traidor, un clérigo aguado o traidor, o hasta... un obispo cobarde y traidor. No haría falta que se declarasen marxistas, bastaría que ya no fuesen enemigos.

Mediante su revolución, que Gramsci diseñó hacerla a través de la cultura y los medios de comunicación, se iría volcando el contenido marxista en las cabezas (ya vacías) de las nuevas generaciones. Nacerían nuevas generaciones amorfas, sin sentido trascendente de la vida, sin Dios, sin Patria, sin raíces y ahora (con la “perspectiva de género” que niega el sexo impuesto por la naturaleza) hasta sin sexo definido. Jóvenes “re-programados” por el sistema, ya sin lazos afectivos que los ligasen a nada ni a nadie y por lo tanto manejables.

Sin Dios para adorar, sin Patria que defender (porque ya se la habrían quitado física y espiritualmente de a pedazos) sin padres que amar y respetar, sin familia que defender (y que los cuide y los ame por el sólo hecho de existir) serán el producto terminado de más de un siglo de educación atea y obligatoria en nuestra patria. Autónomos e independientes, irrespetuosos y anárquicos, repletos de críticas e insatisfechos, resentidos, violentos (contra los demás y contra sí mismos) con odio y sentimientos de lucha de clases, despreciando no sólo el enorme tesoro de la civilización cristiana sino el de la vida misma en todos los ámbitos (desde el aborto, la vida del compañero de clase, de la universidad o la eutanasia).

Algunos pocos por convicción libremente elegida, pero millones... por ignorancia por haber sido víctimas de una de una revolución que primero les envenenó el alma y el corazón vaciándoles de principios y de valores la cabeza. Una revolución que les habló solamente de sus derechos y jamás de sus deberes y obligaciones como personas. Una revolución perversa que odia al hombre y les vendió un mundo ficticio a contrapelo con el corazón y la naturaleza humana.

El mundo actual se encuentra diabólicamente diseñado por Gramsci, gracias, en gran parte, como él quería, a los intelectuales, a los medios de comunicación e Internet, quienes, (salvo honrosas excepciones), transmiten desde los dibujos animados para niños, sistemáticamente, sin parar y hasta el hartazgo, una moral enemiga de todo orden natural, de Cristo y de su Iglesia. La revolución que enfrentamos es un plan total de destrucción de la persona humana. Los que quieran sobrevivir tendrán que saberlo. Es la misma batalla espiritual en su fase final. Una batalla tan profunda, tan perfecta y tal bien organizada que su director no puede ser un hombre…sino el propio Satanás. Porque tomar un país para robarlo y saquearlo, para vivir rodeado de lujos y hasta de orgías, para sentirse adulado desde un balcón... forma parte de las miserias naturales de los seres humanos que vuelan bajo.

Pero…diseñar un plan de asfixiar el salario del hombre para obligar a la mujer a abandonar su hogar y aprovechar ahí a corromper la inocencia de los niños desde los jardines de infantes, enseñándoles a inflar preservativos como globos en las aulas primarias antes que a leer y a escribir, desgarrar las conciencias de los jóvenes llevándolos solamente a la perversión sexual, atiborrándolos de pornografía y de droga (en un camino generalmente sin retorno) para manejarlos, impedirles aprender su propia lengua para que no puedan en un futuro ni pensar, ni expresar lo que sienten, ni comunicarse con el prójimo o recibir la cultura y los valores de generaciones anteriores, apagar el fuego que brinda el calor de los hogares destruyéndolos, convencer a la mujer (naturalmente creada para concebir y guardar la vida que nace, que crece, que envejece y que muere) que lo peor que le puede pasar es tener un hijo o dedicarse a los suyos, sacarle al hombre la posibilidad de arrodillarse ante su Dios, de tener la esperanza de reencontrarse con sus seres queridos en el cielo, de sentir el alivio de recibir el perdón al haber pecado, de amar a sus padres y a sus abuelos, de respetar y admirar a sus superiores y maestros, de amar la tierra donde han nacido, de venerar a su bandera y tener el honor de morir por ella...Va más allá de la naturaleza caída… Esto no es sólo el hombre librado a su naturaleza caída…es un plan que aterra por lo diabólico.

Esta guerra tan hábilmente y diabólicamente concebida en la mente de Satán, este ataque al entendimiento y al sentido común (esa facultad interior natural que Dios nos dio a las personas para juzgar razonablemente las cosas conforme al buen juicio natural para discernir lo bueno de lo malo), es el arma a utilizar para tomar occidente.

Esta destrucción de los valores que le fueron tan familiares a los hombres durante siglos y que edificaron nuestra cultura cristiana, fue muy mal enfrentada y resistida desde un principio por quienes tenían el deber moral de defenderlos, de iluminarnos, de protegernos, de denunciar la mentira y el ataque y contrarrestarlo enseñando la Verdad, porque en la cadena de responsabilidades ante Dios, siempre hay instancias superiores a otras.


Por: Marta Arrechea Harriet de Olivero | Fuente: Catholic.net

22 may. 2018

Quien no se encoleriza cuando lo exige la razón, peca

Verdades Olvidadas
Sólo aquel que se encoleriza sin motivo se hace culpable; quien se encoleriza por un motivo justo no tiene culpa alguna. Pues, si se faltase a la ira, el conocimiento de Dios no progresaría, los juicios no tendrían consistencia y los crímenes no serian reprimidos. Más aún: aquel que no se encoleriza cuando la razón lo exige, comete un pecado grave; pues la paciencia no regulada por la razón propaga los vicios, favorece las negligencias y lleva hacia el mal, no solamente a los malos sino sobre todo a los buenos. (Hom. XI, in Math.).
San Juan Crisóstomo


Expulsión de los mercaderes del Templo – Giotto di Bondone


La ira puede tomarse en dos sentidos. Primero como simple movimiento de la voluntad por la cual alguien impone una sanción movido por la razón recta, sin pasión alguna; y en este caso sin duda es pecado no tenerla. En esta forma la entendió el Crisóstomo cuando dijo:
“La ira que tiene causa no es ira sino juicio. Hablando con propiedad, ira es una conmoción de la pasión, y, cuando nos airamos por causa justa, no obramos por pasión. Se trata de un acto de juicio, no de ira”.
“En el segundo sentido, la ira se toma como un movimiento del apetito sensitivo agitado por la pasión con excitación corporal. Este movimiento sigue necesariamente, en el hombre, al movimiento anterior de la voluntad, ya que naturalmente el apetito inferior sigue al movimiento del apetito superior si un obstáculo no lo impide (a menos que haya un obstáculo). Es, pues, imposible que deje de existir todo movimiento de ira en el apetito sensitivo, a no ser, por sustracción o debilitamiento del movimiento de la voluntad. Por lo tanto la ausencia de esta pasión puede ser un vicio, lo mismo que la ausencia del movimiento de la voluntad en orden a imponer la sanción debida (en justicia) por el juicio de la razón”.
Santo Tomás de Aquino, (Sum. Theol. II, IIae, q158, art. 8).