¡ Viva Cristo Rey !

Tuyo es el Reino, Tuyo el Poder y la Gloria, por siempre Señor.
Cristo, Señor del Cielo y de la TIERRA, Rey de gobiernos y naciones

13 jun. 2013

La verdad social está en oposición a la utopía democrático-socialista



 La sociedad no se compone de individuos, sino de familias.



La utopía democrática es la igualdad. La democracia sueña con un Estado social y sólo se preocupa con los individuos, y con los individuos socialmente iguales.
No es esto lo que está en los planos de Dios. Y para convencernos de esta verdad, basta considerar el proceder de Dios.

Dios podría haber creado a cada hombre, como lo hizo con Adán, directamente y sin auxilio de nadie. Así hizo con los ángeles, y aún en éste caso no quiso la igualdad. Dios creó a cada ángel como una especie distinta, correspondiente a una idea particular en el pensamiento divino.
Formando al ser humano como una especie única, la igualdad habría reinado entonces si todos hubiésemos recibido la existencia directamente de manos del Creador. Pero Dios tenía otros designios. El quiso que recibiéramos la vida unos de los otros, y que por este medio fuésemos constituidos, no en la libertad y la igualdad sociales, sino en la dependencia de nuestros padres y en la jerarquía que debía nacer de esa dependencia.
Dios creó a Adán, y después de su cuerpo hizo el cuerpo de Eva. Dios entonces bendijo al hombre y a la mujer y les dijo: “Sed fecundos, llenad y dominad la tierra”.
Dios creó así la familia, la transformó en una sociedad y la constituyó de acuerdo con un plan totalmente diverso de la igualdad social: la mujer sumisa al hombre y los hijos sumisos a los padres.
En los mismos orígenes del género humano, por lo tanto, encontramos las tres grandes leyes sociales: la autoridad, la jerarquía y la unión. La autoridad, que pertenece a los autores de la vida; la jerarquía, que torna al hombre superior a la mujer y a los padres superiores a los hijos; y la unión, que deben conservar entre sí aquellos vínculos vivificados por la misma sangre.
Los estados proceden de esa sociedad primera.
La familia –dice Cicerón– es el principio de la ciudad, y de alguna forma la semilla de la res-pública. La familia se divide, aunque permaneciendo unida; los hermanos, así como sus hijos y nietos, no pudiendo abrigarse todos en la casa paterna, salen para fundar nuevas casas, como nuevas colonias. Ellos forman alianzas, de donde surgen nuevas afinidades y el crecimiento de la familia. Las casas se multiplican poco a poco, todo crece, todo se desarrolla, y nace la res-pública. (República, libro I, 7).
Al comienzo Abraham funda una familia nueva, y de ella surgen doce tribus, que constituyen un pueblo. Esos son propiamente los orígenes del pueblo de Dios.
Lo mismo ocurrió con los gentiles.
La familia no es sólo el elemento primero de todo Estado, sino su elemento constitutivo, de tal manera que la sociedad no se compone de individuos, sino de familias
Actualmente sólo los individuos importan y el Estado sólo reconoce a los ciudadanos aislados. Esto es contrario al orden natural. Antiguamente era de tal manera así que los censos de población no contaban las personas, sino los “fuegos”, es decir, los hogares.
Cada hogar era considerado el centro de una familia, y cada familia era dentro del Estado una unidad política y jurídica, al mismo tiempo que económica.
Fue la Revolución Francesa la que vino a destruir este orden. Ella se impuso el deber de emancipar al individuo, a la persona humana, estimada como célula elemental orgánica de la sociedad. Esta tarea que la Revolución se impuso, conduce nada menos que a desorganizar la sociedad y a disolverla.
El individuo es sólo un elemento dentro de esa célula orgánica de la sociedad que es la familia. Separar sus elementos, impulsar el individualismo, es destruir su vida, es tornarla impotente para llenar su papel en la constitución del ser social, como lo haría, en los seres vivos, la disociación de los elementos de la célula vegetal o animal.
En nuestros días, el individualismo fue llevado a su exacerbación por el relativismo. Así, cada individuo posee “su verdad” y sus “valores”. Sobre todo, sus derechos y no sus deberes.
Las legislaciones socialistas exacerban este individualismo, dando al individuo derechos gravemente perjudiciales para el bien común.
La noción de que la sociedad sólo puede subsistir cuando existe una preocupación por el bien común, ha venido desapareciendo casi completamente.
Así hemos asistido en nuestro país a una demolición sistemática de la familia en nombre de las libertades individuales. La legalización del divorcio, la equiparación de los hijos naturales con los generados dentro del matrimonio, la multiforme propaganda de todo tipo de anticonceptivos y de una libertad sexual no lejana del libertinaje, está llevando a nuestra patria a una disociación de su unidad.
No debemos extrañar, por lo tanto, que las encuestas muestren a la familia como una institución en vías de desaparecer. Y, con su desaparición, sólo podemos sufrir la demolición de la propia sociedad.
La Patria sólo subsiste cuando sus componentes tienen un “proyecto” común. Cuando cada individuo tiene sus propios “valores”, la unidad nacional desaparece.

9 jun. 2013

En el hogar se forja la suerte de los Estados


La familia es atacada continuamente en nuestro mundo actual. El divorcio, el reconocimiento de las uniones homosexuales, una educación sexual permisiva para los niños y adolescentes, las intervenciones abusivas del Estado en la vida familiar, etc. son algunos de estos atentados. En el texto que reproducimos a continuación veremos la importancia de la familia para la vida de un país.



“La familia contiene en sí los gérmenes de la sociedad civil, y es en gran parte en el hogar doméstico que se va creando la suerte de los Estados. Esto es tan verdadero que los que se proponen arrancarlos al cristianismo, comienzan por la raíz, dándose prisa para corromper a la familia. (…)
“Es, por lo tanto, rigurosa obligación de los padres trabajar y luchar para repeler toda usurpación en esta materia y reivindicar para sí exclusivamente el derecho de educar a sus hijos con espíritu cristiano, como debe ser, y desviarlos, cueste lo que cueste, de aquellas escuelas donde estén expuestos a beber el mortal veneno de la impiedad. (…)
“Persuádanse todos bien que, para la buena educación de los niños, tiene máxima importancia la educación doméstica. Si la juventud encuentra en el hogar las reglas de la vida virtuosa y una como escuela práctica de las virtudes cristianas, segura está en gran parte la salvación de la sociedad”.

León XIII, Sapientiae Christianae