¡ Viva Cristo Rey !

Tuyo es el Reino, Tuyo el Poder y la Gloria, por siempre Señor.
Cristo, Señor del Cielo y de la TIERRA, Rey de gobiernos y naciones

10 may 2013

Cinco falacias sobre el aborto



Cinco falacias sobre el aborto




En los debates sobre el aborto se esgrimen invariablemente una serie de argumentos que los partidarios creen definitivos y devastadores. Aquí me centraré en los que creo son los más efectistas.

Carlos López Díaz



1) La Falacia Neutralista



Tanto socialprogresistas como liberalprogresistas proclamarán en algún momento que ellos no obligan a abortar a nadie, mientras que los provida tratamos de "imponer" nuestra moral a los demás. Los partidarios del aborto serían en realidad neutrales frente a la cuestión, al permitir que la mujer decida en cada caso (el padre del niño por lo visto no pinta nada; bien es verdad que a veces es difícil identificarlo). Se trata de la Falacia Neutralista, según la cual, quien esté en contra de la esclavitud, por ejemplo, debería limitarse a no tener esclavos, evitando "imponer su moral" a quienes quieran ser propietarios de seres humanos.
Pocos aceptarían que esa forma de defender la esclavitud equivalga a una posición de neutralidad frente a ella. A la inmensa mayoría le parecería de un cinismo repugnante. Y sin embargo cuando utilizan el mismo argumento los abortistas, la respuesta suele ser mucho menos contundente. Y es que el mito de la neutralidad ideológica ha calado hondo. Nos han vendido hace tiempo que un Estado aconfesional es un Estado neutral en cuestiones ideológicas, pero eso en realidad no existe.
No hay Estado neutral, hay ideas que pasan por neutrales.
El aborto es un "derecho" o no lo es. Un ser humano lo es desde la fecundación o no lo es. No hay término medio
. Leyes sobre el aborto puede haber infinitas, pero cosmovisiones de partida sólo hay estas dos.

Y si podemos modular a nuestro antojo la plena pertenencia de ciertos individuos a la especie humana, todas las iniquidades serían posibles: El aborto, la esclavitud, el canibalismo o el genocidio.



2) La Falacia de la Mayoría

Ahora bien, si esto es así, si no hay neutralidad posible, algunos argüirán que sólo es posible decidir la cuestión por vía democrática. Que sea la mayoría la que decida, no "los obispos". Este argumento, al que denomino Falacia de la Mayoría
, no se suele emplear con demasiada coherencia, porque se mezcla con otras falacias, como la anterior y
las que veremos a continuación. Es decir, al mismo tiempo que se defiende el aborto como una "conquista" democrática, se suele negar a los provida cualquier derecho a intentar "imponer" sus ideas... aunque sea por vía democrática, es decir, intentando obtener una mayoría parlamentaria.

El error procede de confundir lo que significa la democracia. Esta consiste, esencialmente, en un método para determinar quién manda sin tener que matarnos en guerras civiles periódicas. No es un método para determinar quién tiene la razón, sino para determinar quién gobernará y legislará durante un período limitado de tiempo. Por tanto,
los provida tenemos derecho, no sólo a defender democráticamente nuestras ideas, sino a continuar defendiéndolas por mucho que los abortistas hayan ganado las últimas elecciones o las últimas encuestas .


3) La Falacia Malthusiana

Otra es la Falacia Malthusiana
, tan grosera que produce incluso cierto rubor exponerla. Se nos dice que los provida somos "hipócritas", porque sabemos que aunque se prohíba el aborto, los "ricos" tendrán mucha más facilidad para eludir la ley. Supongo que esta ley y todas, lo que nos llevaría a la incómoda conclusión de que no se puede prohibir nada. Pero más allá del tosco
populismo que evidencia el argumento, debemos fijarnos en su malthusianismo larvado.
Que los pobres puedan ser abortados: esa sería su gran "conquista social".
Bien es verdad que, en cierto profundo sentido, antes de nacer, sean quienes sean sus padres, todo ser humano es igual de pobre y desamparado, pues se halla a merced de que los adultos puedan tener, y aplicar, sus ideas "progresistas", a fin de poder "expropiarle" incluso lo único que posee: la vida.



4) La Falacia del Bienestar

Relacionada con la anterior, tenemos la Falacia del Bienestar
, que trata de provocar la empatía de la opinión pública representándonos el drama de la madre que se ve "obligada" a abortar como consecuencia de su triste situación social o personal, o de graves problemas de salud, tanto de ella como del feto. Es decir, en una sociedad que considera obligado garantizar unas mínimas condiciones de vida digna para todos los seres humanos, sean o no ciudadanos de pleno derecho, al parecer hay que excluir de estos derechos a los seres más indefensos que existen, que son los humanos nonatos.

Estamos orgullosos de nuestros avances médicos y sociales, y al mismo tiempo mantenemos una especie de incongruentes pobrismo y atrasismo, por los cuales consideramos irremediable que la sociedad no se pueda hacer cargo de todos los niños no queridos, ni apoyar a todas las mujeres en dificultades, para que puedan ser madres a pesar de todos sus problemas. Y quienes reclamamos esto somos encima insensibles e integristas religiosos.



5) La Falacia Pacifista

Por último, tenemos la Falacia Pacifista, pocas veces replicada como merece. Se nos echa en cara a los provida que nos preocupamos mucho por el aborto, pero no por las guerras o la pena de muerte, que supuestamente producen muchas más víctimas. De hecho, los progresistas no consideran que los abortados sean víctimas, por lo que el argumento tiene algo de apriorístico.
Pero además, se puede coherentemente (aunque no necesariamente) estar a favor del aborto y al mismo tiempo a favor de la pena de muerte y de una guerra justa. Porque se trata de cosas distintas. No es lo mismo la muerte deliberada de un inocente, como es un feto humano por definición, que la muerte de un culpable, condenado a la pena capital por un crimen cometido en plena posesión de sus facultades mentales, y sabiendo a lo que se exponía. Y tampoco es lo mismo la muerte deliberada de un inocente que la muerte indeseada de civiles inocentes en las guerras.

Por supuesto que aquí podemos entrar en discusiones casuísticas sobre si la guerra de Iraq o la guerra del Peloponeso fueron justas o injustas, pero estas cuestiones sólo pueden decidirse empíricamente, mediante el estudio de los hechos históricos.

Y lo mismo cabe decir sobre las leyes penales. En qué casos, si los hay, puede aplicarse la pena de muerte, qué circunstancias (edad, enfermedad o grado de discapacidad mental) deben valorarse en su aplicación, son temas para nada irrelevantes, pero que no afectan a la cuestión esencial: si la pena de muerte, como principio general, es lícita. Habrá algunos provida que pensarán que sí y otros que no.

En cualquier caso, no se puede comparar a un ser humano nonato con un convicto confeso de asesinato. Ambos son seres humanos, pero el segundo es responsable de sus actos, mientras que el primero no sólo no lo es, sino que, allí donde el aborto es más o menos libre, carece de abogado defensor. Por carecer, carece hasta del derecho de voto. Sin duda, por eso hay tan pocos políticos que lo defiendan.



El origen de las falacias

El origen de estas falacias no se encuentra, sin embargo, en un puro oportunismo electoral, ni siquiera en una falta de claridad o capacidad intelectual. Es importantísimo no engañarnos en eso, para conocer a la clase de adversario ideológico con el que nos enfrentamos. El aborto es para el progresismo laicista la piedra de toque que permite aglutinar a la sociedad en torno a una concepción inmanentista de la existencia, la cual otorga a los gobernantes una legitimación absoluta para elaborar el derecho positivo sin ningún género de cortapisas morales, ideológicas e institucionales. Por eso, politicuchos como Elena Valenciano (en España) y otros de su calaña no pueden soportar que "los obispos" puedan ejercer su derecho a opinarcomo cualquier otro ciudadano.

Sólo secundariamente se trata de atizar en su beneficio lademagogia anticlerical, tan tristemente arraigada en el país que conoció en los años treinta la mayor persecución anticristiana de Europa. Lo que realmente está en juego aquí es consolidar la dictadura de la corrección política que domina en la mayor parte de países occidentales.


Un régimen basado en la religión progresista del hedonismo
estatalizado, donde los individuos pronto serán inútiles para procrear, y deberán dejar esta función en manos de un Estado huxleyano. No es causal que esta dictadura cuente con el apoyo de una mayoría de la población¿Ha habido alguna dictadura en la historia que no se base en la servidumbre voluntaria?

Pero hay un despotismo que es el peor de todos, el definitivo: aquel que nos conduce a la extinción demográfica para, dentro de menos tiempo del que pensamos, ofrecernos la solución final: hacerse cargo el Estado de la vida humana desde su generación hasta su terminación,
comprando la voluntad de los individuos con la promesa de una felicidad irresponsable.




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9 may 2013

La utopía democrática es la igualdad



La verdad social está en oposición 
a la utopía democrático-socialista 


La utopía democrática es la igualdad. La democracia sueña con un Estado social y sólo se preocupa con los individuos, y con los individuos socialmente iguales.
La familia no es sólo el elemento primero de todo Estado, sino su elemento constitutivo: la sociedad no se compone de individuos, sino de familias.
No es esto lo que está en los planos de Dios. Y para convencernos de esta verdad, basta considerar el proceder de Dios.
Dios podría haber creado a cada hombre, como lo hizo con Adán, directamente y sin auxilio de nadie. Así hizo con los ángeles, y aún en éste caso no quiso la igualdad. Dios creó a cada ángel como una especie distinta, correspondiente a una idea particular en el pensamiento divino.
Formando al ser humano como una especie única, la igualdad habría reinado entonces si todos hubiésemos recibido la existencia directamente de manos del Creador. Pero Dios tenía otros designios. El quiso que recibiéramos la vida unos de los otros, y que por este medio fuésemos constituidos, no en la libertad y la igualdad sociales, sino en la dependencia de nuestros padres y en la jerarquía que debía nacer de esa dependencia.
Dios creó a Adán, y después de su cuerpo hizo el cuerpo de Eva. Dios entonces bendijo al hombre y a la mujer y les dijo: “Sed fecundos, llenad y dominad la tierra”.
Dios creó así la familia, la transformó en una sociedad y la constituyó de acuerdo con un plan totalmente diverso de la igualdad social: la mujer sumisa al hombre y los hijos sumisos a los padres.
En los mismos orígenes del género humano, por lo tanto, encontramos las tres grandes leyes sociales: la autoridad, la jerarquía y la unión. La autoridad, que pertenece a los autores de la vida; la jerarquía, que torna al hombre superior a la mujer y a los padres superiores a los hijos; y la unión, que deben conservar entre sí aquellos vínculos vivificados por la misma sangre.
Los estados proceden de esa sociedad primera.
La familia –dice Cicerón– es el principio de la ciudad, y de alguna forma la semilla de la res-pública. La familia se divide, aunque permaneciendo unida; los hermanos, así como sus hijos y nietos, no pudiendo abrigarse todos en la casa paterna, salen para fundar nuevas casas, como nuevas colonias. Ellos forman alianzas, de donde surgen nuevas afinidades y el crecimiento de la familia. Las casas se multiplican poco a poco, todo crece, todo se desarrolla, y nace la res-pública. (República, libro I, 7).
Al comienzo Abraham funda una familia nueva, y de ella surgen doce tribus, que constituyen un pueblo. Esos son propiamente los orígenes del pueblo de Dios.
Lo mismo ocurrió con los gentiles.
La familia no es sólo el elemento primero de todo Estado, sino su elemento constitutivo, de tal manera que la sociedad no se compone de individuos, sino de familias
Actualmente sólo los individuos importan y el Estado sólo reconoce a los ciudadanos aislados. Esto es contrario al orden natural. Antiguamente era de tal manera así que los censos de población no contaban las personas, sino los “fuegos”, es decir, los hogares.
Cada hogar era considerado el centro de una familia, y cada familia era dentro del Estado una unidad política y jurídica, al mismo tiempo que económica.
Fue la Revolución Francesa la que vino a destruir este orden. Ella se impuso el deber de emancipar al individuo, a la persona humana, estimada como célula elemental orgánica de la sociedad. Esta tarea que la Revolución se impuso, conduce nada menos que a desorganizar la sociedad y a disolverla.
El individuo es sólo un elemento dentro de esa célula orgánica de la sociedad que es la familia. Separar sus elementos, impulsar el individualismo, es destruir su vida, es tornarla impotente para llenar su papel en la constitución del ser social, como lo haría, en los seres vivos, la disociación de los elementos de la célula vegetal o animal.
En nuestros días, el individualismo fue llevado a su exacerbación por el relativismo. Así, cada individuo posee “su verdad” y sus “valores”. Sobre todo, sus derechos y no sus deberes.
Las legislaciones socialistas exacerban este individualismo, dando al individuo derechos gravemente perjudiciales para el bien común.
La noción de que la sociedad sólo puede subsistir cuando existe una preocupación por el bien común, ha venido desapareciendo casi completamente.
Así hemos asistido en nuestro país a una demolición sistemática de la familia en nombre de las libertades individuales. La legalización del divorcio, la equiparación de los hijos naturales con los generados dentro del matrimonio, la multiforme propaganda de todo tipo de anticonceptivos y de una libertad sexual no lejana del libertinaje, está llevando a nuestra patria a una disociación de su unidad.
No debemos extrañar, por lo tanto, que las encuestas muestren a la familia como una institución en vías de desaparecer. Y, con su desaparición, sólo podemos sufrir la demolición de la propia sociedad.
La Patria sólo subsiste cuando sus componentes tienen un “proyecto” común. Cuando cada individuo tiene sus propios “valores”, la unidad nacional desaparece.

7 may 2013

La destrucción de la familia

Revolución Gramsciana: nuevo concepto de familia 

El famoso teórico comunista italiano Antonio Gramsci (1891-1937) desarrolló el concepto de que la toma del poder debe ser precedida por un cambio de la mentalidad de las personas.
Con esta nueva visión, los intelectuales se convirtieron en combatientes; la enseñanza se convierte en el arma más importante, y la escuela se torna el campo de batalla.
Para Gramsci, las masas deben deshacerse de los “prejuicios y tabúes”, que son parte de la visión del mundo de la clase dominante.
No hace falta ser un gran intelectual o un sociólogo para llegar a la conclusión de que, a partir de un análisis de la situación actual, la educación se va tornando cada vez más gramsciana. Ejemplos de ello son los folletos de educación sexual difundidos en varios países, así como la cuestión del género, según la cual los niños de ambos sexos deben tener entre sí un trato igualitario e indefinido sexualmente, libre de todo paradigma, y que ​​puedan elegir libremente su propia sexualidad y la manera de vivirla.
Es interesante analizar en este contexto, la crítica hecha por la Ministro actual de los derechos de las mujeres y portavoz del gobierno francés, Vallaud-Najat Belkacem, de origen marroquí, sobre los libros de texto: “Hoy en día, estos manuales ignoran obstinadamente la orientación LGBT (lesbianas, gay, bisexual y trans) de personajes históricos o autores, aun cuando esta orientación explica gran parte de su obra, como en el caso de Rimbaud [...] sería de gran ayuda para las familias homoparentales que sean incorporadas a las campañas de comunicación del Gobierno con el fin volver banal este hecho, tornándolo más popular”.
La Ministro sabe bien que defender esto en su país de origen o en otros países islámicos es simplemente impensable. Y que éste es uno de los puntos por los que los musulmanes se burlan de Occidente y amenazan conquistarlo, ya que aquí todas las aberraciones no sólo son permitidas, sino que se castiga a aquellos que se atreven a actuar en la dirección opuesta…
La Ministro prometió apelar a la Misión Interministerial de Vigilancia y Lucha contra las Sectas (Miviludes) “para poner fin a estos verdaderos abusos que son las ‘terapias de transición’”. Estas terapias son para ayudar a las personas con tendencia homosexual para que no caigan en el abismo moral.
Por último, añade: “Francia sostendrá el discurso político por la despenalización universal de la homosexualidad y pondremos nuestro aparato diplomático en movimiento para exigir una resolución de la ONU en ese sentido. Voy a trabajar en el ámbito europeo para la Unión Europea adopte medidas y directrices contra la homofobia”.
Este discurso de la Ministro refleja el pensamiento de los supuestos defensores de la democracia y de la libertad, para los cuales una persona no tiene derecho a tratar de revertir su tendencia desordenada; pero el Estado, sí, tiene el deber de utilizar su maquina para cambiar la forma de pensar de los ciudadanos, forzándolos a aceptar el nuevo tipo de “familia” que se quiere implantar. Son palabras dignas de los revolucionarios que para derrocar el trono y el altar, gritaban: “igualdad, libertad, fraternidad o muerte”, pero adaptadas al siglo XXI, donde el objetivo es erradicar la institución de la familia a través de un incentivo constante de las relaciones estériles y antinaturales.
Todo esto hace parte de la teoría gramsciana, que propone modificar las concepciones y mentalidades tradicionales mediante la enseñanza, creando nuevas generaciones completamente vulnerables a los errores revolucionarios y prontas para realizar el viejo sueño de los enemigos de Dios, es decir, la destrucción de la humanidad misma.
Héctor Buchaul