¡ Viva Cristo Rey !

Tuyo es el Reino, Tuyo el Poder y la Gloria, por siempre Señor.
Cristo, Señor del Cielo y de la TIERRA, Rey de gobiernos y naciones

23 mar. 2011

Mensaje de San Pedro Damián a los aberrosexuales

San Pedro Damián levantó su voz profética contra la sodomía, 
definiéndola como el mayor y más grave de todos los vicios
San Pedro Damián - Doctor de la Iglesia - 1007-1072
 
“Este vicio (el de la sodomía) no puede compararse en absoluto  
con ningún otro, pues a todos los supera enormemente. Este vicio es  
la muerte del cuerpo, perdición del alma; infecta la carne, apaga  
las luces de la mente, expulsa al Espíritu Santo del templo del  
corazón, hace que entre el diablo fomentador de la lujuria; induce  
al error, hurta la verdad de la mente, engañándola; prepara trampas  
al que camina, cierra la boca del pozo a quien en él cae; abre el  
infierno, cierra las puertas del Paraíso, transforma al ciudadano de
la Jerusalén celeste en habitante de la Babilonia infernal: secciona
un miembro de la Iglesia y lo arroja a las codiciosas llamas de  
encendida Gehenna.

    Este vicio busca abatir los muros de la patria celeste y busca  
reedificar lo que fueron incendiados en Sodoma. Es algo que  
atropella la sobriedad, que asesina el pudor, que degüella la  
castidad, que destroza la virginidad con la hoja de una repugnante  
infección. Todo lo ensucia, todo lo ofende, todo lo mancha y como no
tiene en sí nada de puro, nada exento de indecencia, no soporta que  
nada sea puro. Como dice el apóstol, “todo es puro para los puros,  
pero para los infieles y contaminados nada es puro” (Tito 1, 15).  
Este vicio expulsa del coro de la familia eclesiástica y obliga a  
rezar con los endemoniados y con aquellos que sufren a causa del  
demonio; separa el alma de Dios para unirla al Diablo.

    Esta pestilentísima reina de los sodomitas convierte a quienes  
se someten a su ley en torpes para los hombres y odiosos para Dios.  
Exige hacer una abominable guerra contra el Señor, militar bajo las  
insignias de un espíritu absolutamente malvado; separa del consorcio
de los ángeles y con el yugo de su dominación extraña al alma de su  
nobleza innata. A sus soldados les priva de las armas de la virtud y
los expone, para que sean traspasados, a los dardos de todos los  
vicios. Humilla en la iglesia, condena en el tribunal, corrompe en  
privado, deshonra en público, roe la conciencia con un gusano, quema
la carne como el fuego, empuja a satisfacer la lujuria, y por otro  
lado teme ser descubierta, mostrarse en público, que los hombres la  
conozcan. El que mira con aprensión a su mismo cómplice en la  
perdición, ¿qué no podrá temer?

    […]

    La carne arde con el fuego del deseo, la mente tiembla helada  
por la sospecha, y el corazón del hombre infeliz hierve como un caos
infernal: todas las veces que le golpean las espinas del  
pensamiento, en un cierto sentido, viene torturado con los tormentos
del castigo. Una vez que esta venenosísima serpiente ha hincado sus  
dientes en un alma desgraciada, la pobrecita pierde inmediatamente  
el control, la memoria se desvanece, la inteligencia se oscurece, se
olvida de Dios y hasta de sí misma. Esta peste expulsa el fundamento
de la fe, absorbe las fuerzas de la esperanza, destruye el vínculo  
de la caridad, elimina la justicia, abate el vigor, retira la  
temperancia, mina el fundamento de la prudencia.

    ¿Qué debo añadir todavía? En el momento en el que ha desterrado  
del escenario del corazón humano la lista de todas las virtudes,  
como quebrando los cerrojos de las puertas, hace entrar en él la  
bárbara turba de los vicios. A este se le aplica con exactitud aquel
versículo de Jeremías (Lament 1, 10) que trata de la Jerusalén  
terrena: “El enemigo echó su mano a todas las cosas que Jerusalén  
tenía más apreciables; y ella ha visto entrar en su santuario a los  
gentiles, de los cuales habías tú mandado que no entrasen en tu  
iglesia”

    El que es devorado por los ensangrentados colmillos de esta  
famélica bestia, es mantenido lejos, como por cadenas, de cualquier  
obra buena, y es instigado sin freno que lo contenga, por el  
precipicio de la más infame perversión. En cuanto se cae en este  
abismo de total perdición, ipso facto se destierra de la patria  
celeste, se es separado del Cuerpo de Cristo, rechazados por la  
autoridad de toda la Iglesia, condenados por el juicio de los Santos

Padres, expulsados de la compañía de los ciudadanos de la ciudad  
celeste. El cielo se vuelve como de hierro, la tierra de bronce: ni  
se puede ascender a aquél, pues se está lastrado por el peso de  
crimen, ni sobre aquella podrá por mucho tiempo ocultar sus maldades
en el escondrijo de la ignorancia. Ni podrá gozar aquí cuando está  
vivo, ni siquiera esperar en la otra vida cuando muera, porque ahora
deberá soportar el oprobio del escarnio de los hombres y después los
tormentos de la condenación eterna.

    […]

    ¡Lloro por ti, alma infeliz entregada a las porquerías de la  
impureza, y te lloro con todas las lágrimas que poseo en mis ojos!  
¡Qué dolor!

    […]

    Compadezco a un alma noble, hecha a imagen y semejanza de Dios y
comprada con la Preciosísima Sangre de Cristo, más digna que los  
grandes edificios y ciertamente más digna de ser antepuesta a todas  
las construcciones humanas. Por eso me desespera la caída de un alma
insigne y por la destrucción del templo en el que habitaba Cristo.  
Deshaceos en llanto, ojos míos, derramad ríos abundantes de lágrimas
y regad, lúgubres, las gotas con un llanto continuo! “Derramen mis  
ojos sin cesar lágrimas, noche y día, porque la virgen, hija del  
pueblo mío se halla quebrantada por una gran aflicción, con una  
llaga sumamente maligna” (Jer. 14, 17). Y ciertamente la hija de mi  
pueblo ha sido golpeada por una herida mortal, porque el alma, que  
era hija de la Santa Iglesia ha sido cruelmente herida por el  
enemigo del género humano con el dardo de la impureza; y a ella, que
en la corte del rey eterno era suavemente alimentada con la leche de
los sagrados parlamentos, ahora se la ve tumbada, tumefacta y  
cadavérica, mortalmente infectada por el veneno de la líbido, entre  
las cenizas ardientes de Gomorra. “Aquellos que comían con más  
regalo han perecido en medio de las calles; cubiertos se ven de  
basura los que se criaban entre púrpura” (Lam. 4, 5). ¿Por qué? El  
profeta prosigue y dice: “Ha sido mayor el castigo de las maldades  
de la hija de mi pueblo que el del pecado de Sodoma; la cual fue  
destruida en un momento” (Lam. 4, 6). Y ciertamente la maldad del  
alma cristiana supera el pecado de los sodomitas, porque cada uno  
peca tanto más cuanto más rechaza los preceptos de la gracia  
evangélica: el conocimiento de la ley evangélica lo fija, para que  
no pueda encontrar remedio con ninguna excusa. ¡Helas!, alma  
desgraciada, ¡helas! ¿Pero porque no te das cuenta de la altura de  
la dignidad de la que has caído y de cómo te has despojado del honor
de una gloria y de un esplendor inmenso?

    [... ]

    Y tú dices: “Soy rico, y estoy enriquecido, y no tengo necesidad
de ninguna cosa; y no conoces que tú eres un desventurado y  
miserable y pobre y ciego y desnudo” (Ap. 3,17). ¡Infeliz, date  
cuenta de qué oscuridad ha envuelto tu corazón; advierte lo densa  
que es la tiniebla de la niebla que te rodea!

    [...]

    ¡Ay de ti, alma desgraciada! Por tu perdición se entristecen los
ángeles, mientras que el enemigo aplaude exultante. Te has  
convertido en prenda del demonio, botín de los malvados, despojo de  
los impíos. “Abrieron contra ti su boca todos tus enemigos; daban  
silbidos y rechinaban sus dientes, y decían: ‘Nosotros nos la  
tragaremos. Ya llegó el día que estábamos aguardando. Ya vino, ya lo
tenemos delante’”. Por esto, ¡oh alma miserable!, yo te lloro con  
todas mis lágrimas: porque no te veo llorar a ti.

    [... ]


    Si tú te humillases de verdad, yo exaltaría con todo mi corazón  
en el Señor por tu renacimiento espiritual. Si un verdadero y  
angustiante arrepentimiento golpease la profundidad de tu corazón,  
yo podría con justicia gozar de una alegría inimaginable. Por esta  
razón, alma, eres por encima de todo digna de llanto: ¡porque no  
lloras! Se hace necesario el dolor de los demás, desde el momento  
que no experimentas dolor por el peligro de la ruina que te amenaza;
y eres digna de condoler con las más amargas lágrimas de la  
compasión fraterna porque ningún dolor te turba y no te puedes dar  
cuenta de la envergadura de tu desolación. ¿Por qué finges no ser  
consciente del peso de tu condenación? ¿Por qué no detienes este  
continuo acumular la ira divina sobre ti, bien enfangándote en los  
pecados, bien ensalzándote en la soberbia?"

Extraido de: Miles Christi 




 

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