¡ Viva Cristo Rey !

Tuyo es el Reino, Tuyo el Poder y la Gloria, por siempre Señor.
Cristo, Señor del Cielo y de la TIERRA, Rey de gobiernos y naciones

28 ago. 2014

Lo obvio que las feministas no quieren ver



La quimérica igualdad de derechos entre hombres y mujeres, reclamada por los movimientos feministas, es contraria a los propios intereses de la mujer.


Rudeza o delicadeza
«Pide el orden natural de las cosas que todos los valores particularmente ricos en gracia y delicadeza estén al servicio de la mujer, pues ellos constituyen lo propio de su fragilidad, el medio adecuado para que en alma femenina se expandan las más nobles cualidades de esposa, de madre y de hija.
«Y por esto mismo nada nos es más desagradable que ver una mujer dedicada a trabajos cuya rudeza es incompatible con su delicada naturaleza: cargadora de fardos, mecánico, soldado”…

«…Si la mujer debe ser igual al hombre, este debe ser igual a la mujer. Y el hombre afeminado es fruto genuino de las mismas tendencias e ideas igualitarias, más o menos subconscientes, que dieron origen a la masculinización de la mujer.
«Mujer masculinizada, hombre afeminado, índices seguros de decadencia y corrupción de la familia, y por tanto de la Civilización».
Plinio Corrêa de Oliveira
Desgraciadamente, la sociedad moderna no está organizada en función de los altos valores morales católicos, pero sí de conceptos hedonistas (concebir como finalidad de la vida la búsqueda del placer). Nace así la ambición desenfrenada de ganar dinero y, con ella, el deseo de «aprovechar» la vida. Para esto trabajar mucho. Así, los hijos son considerados un obstáculo que «roba» el tiempo dedicado a sí mismo, al gozo de la vida, etc.

Sociedad «anti-hijos»
Otro factor, originado principalmente en el siglo XX, es la urbanización y la industrialización, que produjeron profundas transformaciones en la institución familiar, forzando e incentivando la constitución de la llamada «familia nuclear» (compuesta sólo por los esposos, uno o dos hijos y -según la Sra. Raquel- «un perrito»…). Un estilo de vida bien diferente del de la «familia patriarcal» (prole numerosa, con muchos parientes que conviven intensamente, con visitas recíprocas etc.). En esta última, la formación de los niños se daba en una atmósfera de mucha convivencia social. Desde los abuelos o incluso de los bisabuelos, hasta los primos de diversas edades. La mujer permanecía en casa, con la noble y elevada misión de madre de familia, velando por los niños, inculcándoles las primeras nociones de la fe católica, la admiración por los actos destacados de los antepasados, y cuidando de las tareas domésticas.
De paso, estamos conscientes que la vida como está organizada hoy -o desorganizada-, muchas veces, debido a exigencias económicas, obliga a la mujer a trabajar fuera del hogar. Frecuentemente ella es más una víctima que autora de una situación que a ella no le gusta. Pero en este caso el trabajo debería ser delicado, que condiga con la naturaleza femenina. La mujer no tiene vocación para hacer trabajos pesados como, por ejemplo, los de cargadora de fardos o camionera.
Es necesario añadir que debería ser una labor suave, que diese a la mujer las condiciones de ejercerla sin extenuarse; que le proporcionase tiempo también para cuidar del hogar y desvelarse por la prole; que no le exigiese ausentarse todo el día; que no la obligue a llegar a su casa agotada de tal modo que no pueda dar la debida atención a sus hijos.

Armonización entre trabajo y familia
Ya que tanto se habla de derechos de las mujeres, ¿Por qué no emprender una acción que les facilitase el ejercicio de su elevada misión de madres de familia, incentivando trabajos, con horarios más flexibles y más apropiados a las de madres de familia? ¿Por qué no elaborar, por ejemplo, una política de gobierno que las auxilie a conciliar familia y trabajo, no creando dificultades a la permanencia de la madre con sus hijos, favoreciéndolas particularmente -lo que es indispensable- durante sus primeros años de vida?
No vemos, sin embargo, movimientos feministas defendiendo esos auténticos derechos, pero sí reivindicando la equiparación de la mujer al hombre, la liberación de la mujer y el derecho al trabajo, como si ella pudiese contribuir más a la sociedad como trabajadora que como madre. Tales reivindicaciones serían más apropiadas a un movimiento de masculinización de la mujer que a un movimiento feminista.
Esta «lucha» de las feministas por la igualdad entre hombres y mujeres, las perjudica gravemente.
En ese feminismo vemos incrustada, además de una reivindicación antinatural, una revolución igualitaria contra las desigualdades naturales y complementarias establecidas por Dios entre los sexos.


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