¡ Viva Cristo Rey !

Tuyo es el Reino, Tuyo el Poder y la Gloria, por siempre Señor.
Cristo, Señor del Cielo y de la TIERRA, Rey de gobiernos y naciones

16 ago 2021

¿Qué es discriminar y cuándo es injusto hacerlo?

 

Un concepto pervertido por el socialismo


La jerarquía no es contraria a la justicia
Hay un grave prejuicio al afirmar que toda jerarquía es ilegítima y arbitraria, por que cualquier distinción implicaría tratar mal al inferior
1. Sentidos de la palabra “discriminación”

Contenidos

Discriminar viene del latín discrimen, derivado de discernere,
separar, dividir. María Moliner, en su Diccionario de Uso del Español, señala que la primera acepción es “diferenciar, discernir, distinguir. Apreciar dos cosas como distintas o como desiguales”. Por tanto, quien raciocina, discierne, distingue u ordena, necesariamente discrimina.

Ese sentido originario fue siendo substituido por otro peyorativo, como explica María Moliner: “acepción recientemente aceptada por la Real Academia para la inclusión en el Diccionario (…) Específicamente, dar trato de inferioridad en una colectividad a ciertos miembros de ella, por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.”

2. ¿Cómo evolucionó este concepto de discriminación?

Así, el criterio de “no-discriminación” dejó de ser objetivo: la existencia de cualquier jerarquía es considerada como un intento de disminuir a otros; renace la idea socialista según la cual toda diferencia hace sufrir al inferior, aunque éste sea tratado dignamente; y, para evitar tal sufrimiento, habría que suprimir toda desigualdad.

Daniélle Lochak, de la Universidad de Nanterre, proclama este prejuicio al afirmar que toda jerarquía es ilegítima y arbitraria, pues cualquier distinción implica tratar mal al inferior:

“Discriminar, en el lenguaje corriente, ya no es más simplemente separar, sino separar jerarquizando, tratando más mal a aquellos que precisamente serán llamados víctimas de una discriminación. El adjetivo ‘discriminatorio’ designa, así, exclusivamente un comportamiento o un acto que tiende a distinguir un grupo humano o una persona de los otros, en su detrimento La discriminación es la distinción o la diferencia de trato ilegítima: ilegítima porque arbitraria, y prohibida por ser ilegítima”.[1]

Los “discursos de odio”: un delito para reprimir la libertad de expresión de los cristianos

Según eso, los menos favorecidos son discriminados por el nacimiento o por la vida, y la sociedad debe corregir tal desventaja. Lo afirmaba Michael Banton, del Comité de la ONU para la eliminación de la discriminación racial: “La desventaja es frecuentemente transmitida de una generación a la otra. Puede crear imágenes desfavorables de ciertos grupos y éstas pueden, a su vez, ser causa de una desigualdad de trato. Habrá entonces discriminación, aunque no sea percibida como tal”.[2]

3. Las nuevas minorías privilegiadas

Se cuentan también entre las víctimas quienes son excluidos de los “espacios simbólicos”, o sea, de los valores culturales aceptados por la sociedad, por practicar estilos de vida “alternativos”, contra las normas vigentes: drogadictos, travestíes, homosexuales, prostitutas, etc. [3], a quienes entonces se procura promover.

Tal criterio absurdo de “no-discriminación” que favorece a esos “grupos minoritarios”, para compensar la desventaja de que serían víctimas, en el fondo los transforma en una clase privilegiada, no en razón de sus méritos, derechos, necesidades o roles en la sociedad, sino por causa de sus desviaciones morales, transformándolos en agentes de la degradación.

4. Pascal Allende y la nueva lucha de clases

Así, el concepto marxista de “explotado” va siendo sustituido por los de “postergado”, “excluido” y “marginado”, los cuales incluyen a todos los que de algún modo se creen menos beneficiados por la sociedad, por encontrarse en una posición inferior, aunque sea digna.

Es lo que señalaba Andrés Pascal Allende: “estamos empezando a vivir un proceso en que se va a producir una confluencia de organizaciones sociales, políticas que van a tender a generar una nueva corriente de movimientos revolucionarios en Chile (…)”. [4]

5. La nueva “lucha de clases” promovida por la Concertación
Jorge Arrate
Jorge Arrate: “Una sociedad sin discriminación es una utopía, pero hay que intentar acercarse a ella”.

En este marco de la nueva lucha de clases, se entiende por qué el diputado Nelson Ávila dijo en la Cámara que la existencia de colegios particulares pagados constituye una discriminación, puesto que por razones de tipo económico no todos pueden acceder a ellos.

En el mismo sentido se pronunciaron los diputados Velasco (DC), Valenzuela (PS), Gutiérrez (DC) y Letelier (PS) [5]. Para ellos, aunque todos los niños estudien, si algunos reciben una educación mejor, es una discriminación intolerable.

Asimismo, para Jaime Aymerich, profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Chile, la jerarquía social tradicional revelaría un “racismo de la desigualdad”, que “asociado a la división de la sociedad en clases sociales y sus modalidades de estratificación social”, “genera prejuicios de raza fuertemente imbricados con los prejuicios de clase”.[6]

El mismo rechazo a la existencia de una clase tradicional aparece en las palabras de Jorge Arrate, ex Ministro Secretario General de Gobierno, en uno de los Foros sobre discriminación:

“Una sociedad sin discriminación es una utopía, pero hay que intentar acercarse a ella. Y una de las cosas que hay que hacer es desenmascarar. Por ejemplo, un país donde según las encuestas se discrimina a los que no son rubios y que, por lo mismo, discrimina a la mayoría, [es] un país que se discrimina a sí mismo. Lo que indica que unos pequeños grupos de personas imponen una hegemonía en el modo de ser, en la manera de pensar, con cosas tan absurdas como preferir a mujeres rubias y no morenas para un trabajo. Tenemos que propender a sancionar las discriminaciones por edad, las de clase social, las de género, las de lugar de residencia que se dan muy fuertes en el mercado de trabajo”.[7]

Igual retórica usaba Francisco Estévez, para quien “en Chile el racismo asocia el color de la piel a un status socioeconómico”, pues “a las personas que están cerca del biotipo nórdico las oportunidades les resultan más asequibles que a quienes, en sus rasgos fisionómicos, se aproximan al biotipo indígena”[8], mientras el diputado Navarro afirmaba que “en Chile hay discriminación, pero no como la de Europa”, pues “aquí es oculta, inconsciente, silenciosa”.[9]

Como se ve, pese al fracaso mundial de la utopía socialista, quienes la impulsaban no renunciaron al igualitarismo radical, pues en toda forma de distinción, aunque sea legítima y proporcionada, ven un perjuicio o una injusta discriminación.

6. La “no-discriminación” niveladora es contraria a la doctrina católica
El Papa Pío XII
El Papa Pío XII

Ese igualitarismo radical es contrario a la doctrina católica tradicional, la cual propicia una armoniosa jerarquía entre las clases sociales. En efecto, Pío XII afirmó la legitimidad de las desigualdades de cultura, riquezas y situación social, que derivan de la naturaleza misma de las cosas, e indicó que ellas “lejos de menoscabar en modo alguno la igualdad civil, confieren a ésta su legítimo significado”; y agregó que “cada ciudadano tiene el derecho de vivir honradamente su propia vida personal en el puesto y en las condiciones en que los designios y las disposiciones de la Providencia le han colocado”.[10]

Una desigualdad armónica

A su vez, San Pío X enseñó que

“en la sociedad humana, es conforme a la ordenación de Dios que haya gobernantes y gobernados, patronos y empleados, ricos y pobres, sabios e ignorantes, nobles y plebeyos, los cuales, unidos todos por un vínculo de amor, se ayuden mutuamente a conseguir su último fin en el Cielo y, sobre la tierra su bienestar material y moral”.[11]

La caridad contraria a la lucha de clases

Ese vínculo de mutua caridad es contrario a la envidia y la lucha de clases, como Juan Pablo II denunció en su discurso a los estudiantes de Belo Horizonte (Brasil):

“Aprendí que un joven comienza peligrosamente a envejecer, cuando se deja engañar por el principio fácil y cómodo de que ‘el fin justifica los medios’, cuando pasa a creer que la única esperanza para mejorar la sociedad está en promover la lucha y el odio entre grupos sociales, en la utopía de una sociedad sin clases, que se revela bien temprano en la creación de nuevas clases”. [12]

La diversidad de las clases sociales

Además, Juan XXIII afirmó que “quien osa negar la diversidad de las clases sociales contradice el propio orden de la naturaleza” y que “los que se oponen a esta colaboración amistosa y necesaria entre las clases buscan, sin duda, perturbar y dividir la sociedad para mayor daño del bien público y privado”.[13]

Respeto a los derechos esenciales

El bien común exige, pues, que se asegure a todos los habitantes sus derechos esenciales y condiciones de vida suficientes, dignas y estables, y que los más capaces tengan, además de aquello que produjeron o recibieron de sus mayores, la preeminencia y autoridad que les corresponde. La constitución desigual de la sociedad favorece decisivamente el progreso de ésta y cohibirla acarrea el estancamiento y la decadencia general.

Pío XI enseñó que

“así como en un organismo viviente no se atiende suficientemente a la totalidad del organismo si no se da a cada parte y a cada miembro lo que éstos necesitan para ejercer sus funciones propias, de la misma manera no se puede atender suficientemente a la constitución equilibrada del organismo social y al bien de toda la sociedad si no se da a cada parte y a cada miembro, es decir, a los hombres, dotados de la dignidad de persona, todos los medios que necesitan para cumplir su función social particular”.[14]

Desigualdad proporcionada de deberes y privilegios

De esa reciprocidad de servicios entre la sociedad y las personas, familias y clases que la forman, resulta una desigualdad proporcionada de deberes y privilegios: quienes ocupan posiciones superiores, que son los que más dan a la sociedad y al Estado, deben recibir mayores honras y medios proporcionados para cumplir su tarea; y los que ocupan posiciones inferiores deben ser especialmente protegidos por los primeros.

No es, por tanto, una discriminación ilegítima que, en función de la diversidad de posiciones, haya desigualdad de derechos accidentales entre los miembros de la sociedad. Así lo enseña Pío XI, al advertir que

“es errónea la afirmación de que todos los ciudadanos tienen derechos iguales en la sociedad civil y no existe en el Estado jerarquía legítima alguna”.[15]

Podemos comprender, pues, que la “democratización cultural” promovida por la Concertación es profundamente injusta y contraria al orden natural, y que tiende a transformarse en un factor permanente de conflicto social. Ello se volverá aún más evidente en los próximos capítulos, al analizar en detalle los diferentes proyectos legislativos en curso.
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Fuente


(Del libro: “La Revolución Cultural: un smog que envenena a la Familia chilena“)

[1] Daniélle Lochak, “Réflexions sur la notion de discrimination”, in Droit Social, N° 11, Noviembre de 1987, pág. 778   

[2] Coloquio ” Exclusión, igualdad ante la ley y no discriminación”, Secretariado General del Consejo de Europa, p. 34

[3] Consejo de Estado francés, Informe Sur le principe d’égalité, La Documentation française, 1997, pág. 45

[4] Revista “Rocinante”, Año III, N° 19, Mayo 2000, pág. 17.

[5] Legislatura 341, 5 de Octubre de 1999

[6] Seminario ¿Intolerantes y discriminadores? Diálogo académico y social, Ministerio Secretaría General de Gobierno “ División de Organizaciones, Departamento de Estudios, Santiago, Enero 1999, pág. 25

[7] Ibídem, pág. 16

[8] Revista ” Mensaje”, N° 483, Octubre de 1999, pág. 481-33

[9] Legislatura 341, Sesión 51, 11 de Mayo de 2000.

[10] Doctrina Pontificia “ Documentos Políticos, Ed. BAC, Madrid, 1958, pág. 876

[11] San Pío X, Fin dalla prima nostra enciclica, Doct. Pontificia “ Docs. sociales, Ed. BAC, Madrid., 1964, p. 402-403.

[12] Insegnamenti, Vol. III, 2,  p. 8   in “Nobleza y Elites Tradicionales Análogas ” Plinio Corrêa de Oliveira, Madrid 1993

[13] Juan XXIII, Enc. Ad Petri Cathedram. Parte II, n° 24 – wwwvatican.va

[14] Pío XI, Divini Redemptoris, Parte IV, n° 51 – http://www.vatican.va/.

[15] Pío XI, Divini Redemptoris, Doc. Pontificia “ Docs. sociales, Ed. BAC., Madrid., 1964, p. 779.

23 jul 2021

Las imposiciones de la dictadura de la mediocridad

 

Los mediocres han hecho tantas leyes, tantos reglamentos, instituido tantos cargos públicos, que a las almas superiores no les es posible escapar de los cubículos de esta mediocridad organizada

Sin pretender hacerlo, el mediocre impone la dictadura de la mediocridad.



La mediocridad es el mal de los que, enteramente absorbidos por las delicias de la pereza y por el exclusivo deleite de lo que está al alcance de su mano, por el completo confinamiento en lo inmediato, hacen del estancamiento la condición normal de sus existencias.

No miran hacia atrás: les falta el senso histórico. Ni miran hacia delante o hacia lo alto: no analizan ni prevén. Tienen pereza de abstraer, de alinear silogismos, de sacar conclusiones, de arquitectar conjeturas. Su vida mental se cifra en la sensación de lo inmediato.

El hombre Mediocre

La abundancia del día, el sillón cómodo, las pantuflas y la televisión: no va más allá su pequeño paraíso. Paraíso precario, que buscan proteger con toda especie de seguros: de vida, de salud, contra incendios, contra accidentes, etc., etc.

Y tanto más feliz el mediocre se siente, cuanto más nota que todas las puertas que pueden abrirse hacia la aventura, hacia el riesgo, hacia lo esplendoroso están sólidamente cerradas.

El cristiano aspira a una civilización católica

A través del sufragio universal, los mediocres han hecho tantas leyes, tantos reglamentos, instituido tantos cargos públicos, que a las almas superiores no les es posible escapar de los cubículos de esta mediocridad organizada. Sin pretender hacerlo, el mediocre impone la dictadura de la mediocridad.

fuente

 


19 feb 2021

El igualitarismo explicado en toda su profundidad


Panteísmo; igualdad política, social y económica absolutos; amor libre: este es el triple fin a que nos conduce un movimiento que dura ya más de cuatro siglos.

Revolución y Contra-Revolución bajar libro gratuito

(del libro: Revolución y Contra-Revolución. El libro completo puede bajarse gratuitamente pulsando aquí)

3. La Revolución, el orgullo y la sensualidad “ Los valores metafísicos de la Revolución

Contenidos

Dos nociones concebidas como valores metafísicos expresan bien el espíritu de la Revolución: igualdad absoluta, libertad completa. Y dos son las pasiones que más la sirven: el orgullo y la sensualidad.

Al referirnos a las pasiones, conviene esclarecer el sentido en que tomamos el vocablo en este trabajo. Para mayor brevedad, conformándonos con el uso de varios autores espirituales, siempre que hablamos de las pasiones como fautoras de la Revolución, nos referimos a las pasiones desordenadas. Y, de acuerdo con el lenguaje corriente, incluimos en las pasiones desordenadas todos los impulsos al pecado existentes en el hombre como consecuencia de la triple concupiscencia: la de la carne, la de los ojos y la soberbia de la vida (cfr. I Jo. 2, 16).

  A. Orgullo e igualitarismo

La persona orgullosa, sujeta a la autoridad de otra, odia en primer lugar el yugo que en concreto pesa sobre ella.

En un segundo grado, el orgulloso odia genéricamente todas las autoridades y todos los yugos, y más aún el propio principio de autoridad, considerado en abstracto.

Y porque odia toda autoridad, odia también toda superioridad, de cualquier orden que sea.

El orgulloso detesta todas las desigualdades y toda autoridad
El puño cerrado, símbolo de la rebelión contra todas las desigualdades.

El orgulloso odia genéricamente todas las autoridades y todos los yugos
En todo esto hay un verdadero odio a Dios (cfr. ítem. m, infra).

Este odio a cualquier desigualdad ha ido tan lejos que, movidas por él, personas colocadas en una alta situación la han puesto en grave riesgo y hasta perdido, sólo por no aceptar la superioridad de quien está más alto.

Más aún. En un auge de virulencia el orgullo podría llevar a alguien a luchar por la anarquía y a rehusar el poder supremo que le fuese ofrecido. Esto porque la simple existencia de ese poder trae implícita la afirmación del principio de autoridad, a que todo hombre en cuanto tal -y el orgulloso también- puede ser sujeto.

El orgullo puede conducir, así, al igualitarismo más radical y completo.

Son varios los aspectos de ese igualitarismo radical y metafísico:

a. Igualdad entre los hombres y Dios:

de ahí el panteísmo, el inmanentismo y todas las formas esotéricas de religión, que pretenden establecer un trato de igual a igual entre Dios y los hombres, y que tienen por objetivo saturar a estos últimos de propiedades divinas. El ateo es un igualitario que, queriendo evitar el absurdo que hay en afirmar que el hombre es Dios, cae en otro absurdo, afirmando que Dios no existe. El laicismo es una forma de ateísmo, y por tanto de igualitarismo. Afirma la imposibilidad de que se tenga certeza de la existencia de Dios. De donde, en la esfera temporal, el hombre debe actuar como si Dios no existiese. O sea, como persona que destronó a Dios.

b. Igualdad en la esfera eclesiástica:

Supresión del sacerdocio dotado de los poderes del orden, magisterio y gobierno, o por lo menos de un sacerdocio con grados jerárquicos.

c. Igualdad entre las diversas religiones:
El ecumenismo mal entendido lleva a querer igualar y fundir todas las religiones.
La reuión de Assis

Todas las discriminaciones religiosas son antipáticas porque ofenden la fundamental igualdad entre los hombres. Por esto, las diversas religiones deben tener un tratamiento rigurosamente igual.

El que una religión se pretenda verdadera con exclusión de las otras es afirmar una superioridad, es contrario a la mansedumbre evangélica e impolítico, pues le cierra el acceso a los corazones.

d. Igualdad en la esfera política:

supresión, o por lo menos atenuación, de la desigualdad entre gobernantes y gobernados. El poder no viene de Dios, sino de la masa que manda, a la cual el gobierno debe obedecer. Proscripción de la monarquía y de la aristocracia como regímenes intrínsecamente malos por ser anti-igualitarios. Sólo la democracia es legítima, justa y evangélica (cfr. San Pío X, Carta Apostólica “Notre Charge Apostolique”, 25.VIII.1910, A.A.S. vol. II, pp. 615-619).

e. Igualdad en la estructura de la sociedad:

supresión de las clases, especialmente de las que se perpetúan por la vía hereditaria. Abolición de toda influencia aristocrática en la dirección de la sociedad y en el tonus general de la cultura y de las costumbres. La jerarquía natural constituída por la superioridad del trabajo intelectual sobre el trabajo manual desaparecerá por la superación de la distinción entre uno y otro.

f. Abolición de los cuerpos intermedios

entre los individuos y el Estado, así como de los privilegios que son elementos inherentes a cada cuerpo social. Por más que la Revolución odie el absolutismo regio, odia más aún los cuerpos intermedios y la monarquía orgánica medieval. Es que el absolutismo monárquico tiende a poner a los súbditos, aun a los de más categoría, en un nivel de recíproca igualdad, en una situación disminuída que ya preanuncia la aniquilación del individuo y el anonimato, los cuales llegan al auge en las grandes concentraciones urbanas de la sociedad socialista. Entre los grupos intermedios que serán abolidos, ocupa el primer lugar la familia. Mientras no consigue extinguirla, la Revolución procura reducirla, mutilarla y vilipendiarla de todos los modos.

g. Igualdad económica:

nada pertenece a nadie, todo pertenece a la colectividad. Supresión de la propiedad privada, del derecho de cada cual al fruto integral de su propio trabajo y a la elección de su profesión.

h. Igualdad en los aspectos exteriores de la existencia:
En la arquitectura también se refleja esta determinación de nivelar todos los aspectos de la existencia
Disminución en cuanto sea posible de la variedad en los trajes, en las residencias, en los muebles, en los hábitos, etc.

la variedad redunda fácilmente en la desigualdad de nivel. Por eso, disminución en cuanto sea posible de la variedad en los trajes, en las residencias, en los muebles, en los hábitos, etc.

i. Igualdad de almas:

la propaganda modela todas las almas según un mismo padrón, quitándoles las peculiaridades y casi la vida propia. Hasta las diferencias de psicología y de actitud entre los sexos tienden a menguar lo más posible. Por todo esto, desaparece el pueblo, que es esencialmente una gran familia de almas diversas pero armónicas, reunidas alrededor de lo que les es común. Y surge la masa, con su gran alma vacía, colectiva, esclava (cfr. Pío XII, Radiomensaje de Navidad de 1944 – Discorsi e Radiomessaggi, vol. VI, p. 239).

j. Igualdad en todo el trato social:

como entre mayores y menores, patrones y empleados, profesores y alumnos, esposo y esposa, padres e hijos, etc.

k. Igualdad en el orden internacional:
La ONU es un primer ensayo de gobierno mundial fundiendo todas las razas y pueblos
La Revolución, fundamentalmente igualitaria, sueñe con fundir todas las razas, todos los pueblos y todos los Estados

el Estado es constituido por un pueblo independiente que ejerce pleno dominio sobre un territorio. La soberanía es, así, en el Derecho Público, la imagen de la propiedad. Admitida la idea de pueblo, con características que lo diferencian de los otros, y la de soberanía, estamos forzosamente en presencia de desigualdades: de capacidad, de virtud, de número, etc. Admitida la idea de territorio, tenemos la desigualdad cuantitativa y cualitativa de los diversos espacios territoriales. Se comprende, pues, que la Revolución, fundamentalmente igualitaria, sueñe con fundir todas las razas, todos los pueblos y todos los Estados en una sola raza, un solo pueblo y un solo Estado (cfr. Parte I, cap. XI, 3).

l. Igualdad entre las diversas partes del país:

por las mismas razones y por un mecanismo análogo, la Revolución tiende a abolir en el interior de las patrias ahora existentes todo sano regionalismo político, cultural, etc.

m. Igualitarismo y odio a Dios:

Santo Tomás enseña (cfr. “Summa Contra Gentiles”, II, 45; “Summa Teologica”, I, q. 47, a. 2) que la diversidad de las criaturas y su escalonamiento jerárquico son un bien en sí, pues así resplandecen mejor en la creación las perfecciones del Creador. Y dice que tanto entre los Angeles (cfr. “Summa Teologica”, I, q. 50, a. 4) como entre los hombres, en el Paraíso Terrenal como en esta tierra de exilio (cfr. op. cit., I, q. 96, a. 3-4), la Providencia instituyó la desigualdad. Por eso, un universo de criaturas iguales sería un mundo en que se habría eliminado, en toda la medida de lo posible, la semejanza entre criaturas y Creador. Odiar, en principio, toda y cualquier desigualdad es, pues, colocarse metafísicamente contra los mejores elementos de semejanza entre el Creador y la creación, es odiar a Dios.

n. Los límites de la desigualdad:

claro está que de toda esta explanación doctrinaria no se puede concluir que la desigualdad es siempre y necesariamente un bien.

Todos los hombres son iguales por naturaleza, y diferentes sólo en sus accidentes. Los derechos que les vienen del simple hecho de ser hombres son iguales para todos: derecho a la vida, a la honra, a condiciones de existencia suficientes, al trabajo y, pues, a la propiedad, a la constitución de una familia, y sobre todo al conocimiento y práctica de la verdadera Religión.

Y las desigualdades que atenten contra esos derechos son contrarias al orden de la Providencia. Sin embargo, dentro de estos límites, las desigualdades provenientes de accidentes como la virtud, el talento, la belleza, la fuerza, la familia, la tradición, etc., son justas y conformes al orden del universo (cfr. Pío XII, Radiomensaje de Navidad de 1944 – Discorsi e Radiomessaggi, vol. VI, p. 239).


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16 feb 2021

La decadencia del imperio de las virtudes

 

El abandono de la moral y de las virtudes tradicionales en Europa occidental y Estados Unidos tornó las sociedades decadentes.

 


Las antiguas virtudes eran genuinas, en el sentido de exigir a las personas formas específicas de comportamiento


Es lo que analiza el libro publicado por la Social Affairs Unit de Londres: «Decadence: The Passing of Personal Virtue and Its Replacement by Political and Psychological Slogans» (Decadencia: la desaparición de la virtud personal y su reemplazo por eslóganes políticos y psicológicos).

Editado por Digby Anderson, el volumen reúne autores de diversas corrientes y opiniones.

Una primera sección contiene ensayos sobre las «viejas» virtudes, tales como la prudencia, el amor y la valentía.

La segunda trata de las «nuevas» virtudes, centradas en el medio ambiente, el humanitarismo, la terapia y el ser críticos.

Este libro proporciona una reflexión estimulante sobre los peligros de desechar las verdaderas virtudes para pasar a los caprichos.

En la introducción, Anderson explica que las antiguas virtudes eran genuinas, en el sentido de exigir a las personas formas específicas de comportamiento.

De la virtud a los eslóganes

Las nuevas, en cambio, suelen caer en la categoría de eslóganes o requiebros retóricos. O, si en algunos casos contienen elementos de verdadera virtud, tienden a sobredimensionar un aspecto trivial de la virtud principal.

Kenneth Minogue, profesor retirado de ciencias políticas de la School of Economics de Londres, trata la virtud de la prudencia. Tras mirar a sus orígenes clásicos en Aristóteles y sus modificaciones posteriores, Minogue observa que la prudencia ha sido especialmente importante para el equilibrio de la conducta al coordinar los actos virtuosos de la persona.

Este concepto de la prudencia fue desafiado en el siglo XVIII por los filósofos utilitaristas, que intentaron sustituirlo por un sistema científico que maximizara la felicidad.

Una prudencia que no es virtud

Más recientemente, el mundo moderno ha interpretado la prudencia como evitar riesgos y, en vez de la virtud, ahora tenemos un análisis estadístico y una teoría de la probabilidad.



Los peligros de desechar las verdaderas virtudes para pasar a los caprichos

Otra forma en la que se ha debilitado la virtud de la prudencia es a través del papel creciente del Estado.

En lugar de responsabilidad personal, ahora tenemos una regulación cada vez mayor de la conducta por parte de los gobiernos.

Ética sentimental

Digby Anderson, hasta hace poco director de la Social Affairs Unit, consideró la virtud cristiana del amor en uno de los capítulos del libro.

Esta virtud, explica, ha caído en dificultades porque sólo puede entenderse y vivirse dentro del contexto de una teología cristiana más amplia.

Una vez que la fe en Dios, el cielo y el pecado desaparecen, entonces el amor, junto con muchas otras virtudes, se desvanece.

Una ética sentimental populista

En su lugar tenemos una ética sentimental populista, o una ética secular basada en derechos. Se mantiene algo del tradicional lenguaje de la virtud del amor, pero es superficial, sin una metafísica o una sólida antropología que lo fundamente.

Así, en lugar de una virtud que ponga a Dios en primer lugar y nos requiera amar a nuestro prójimo, tenemos ahora un amor que nos libera de las normas, nos anima a seguir nuestros sentimientos y nos exhorta a ser agradables con la gente.

La verdadera “calidad de vida”

Theodore Malloch, director ejecutivo del Roosevelt Group, de Maryland, examina la virtud de la frugalidad.

El valor personal reemplazado por el dinero

Se basaba en la idea de que el valor de una persona no se determinaba por cuánto gasta, sino por la sabiduría que muestra en sus responsabilidades asumidas, en el contexto de ser un administrador de la creación de Dios.



El narcisista

Para una persona motivada por tal visión, un deseo ilimitado de poseer bienes se considera que denota inestabilidad espiritual.

La sociedad moderna, sin embargo, ha invertido las cosas y ve en el tener más posesiones un signo de éxito.

Así, el dominio ha sido sustituido por la prodigalidad, y la frugalidad por el endeudamiento. «En tal universo moral, el deseo es lo único verdaderamente absoluto», comenta Malloch.

Esta indulgencia de nuestros apetitos, añade, suele conducir a la corrupción y a la decadencia, personal y colectiva.

Al final, como sucede con los objetos materiales que los compramos y tiramos, mucha gente puede sentirse decepcionada.

Narcisismo

Mullen también critica el egocentrismo de la nueva espiritualidad.

La vieja idea religiosa de actuar virtuosamente por propia motivación, o por causa de Dios, ha sido reemplazada por la noción psicoterapéutica de la virtud por nuestro propio bienestar.

El respeto a sí mismo ha sido reemplazado por la autoestima.

El respeto a uno mismo solía surgir de la paz de intentar vivir una vida virtuosa y del tener una conciencia clara. Ahora sólo consiste en sentirse bien consigo mismo y carece de todo contenido moral.



Una tendencia a inflar los problemas de vulnerabilidad emocional

Las religiones tradicionales decían a sus seguidores que habíamos caído y teníamos necesidad de ayuda espiritual, y explicaban las realidades del pecado y el perdón.

El nuevo evangelio de la autorrealización, en cambio, niega cualquier deficiencia personal y vende una serie de técnicas que nos permitirán llevar a la práctica nuestro potencial. En el proceso, los conceptos de lo correcto y lo incorrecto se quedan en la cuneta.

La confianza psicológica en las nuevas virtudes es tratada en el capítulo a cargo de Frank Furedi, profesor de sociología de la Universidad de Kent. La enseñanza tradicional sobre los siete pecados capitales, y sus virtudes contrarias, se ha dado la vuelta, observa.

Se nos advierte en contra de la demasiada amabilidad, porque puede conducir a una fatiga de la compasión.

La diligencia se desprecia a veces como ejemplo de alguien que sufre de un complejo de perfeccionismo.

La gente humilde carece de autoestima, y la castidad es una disfunción sexual. «La virtud ya no es tanto su propia recompensa, sino que es una situación que requiere intervención terapéutica», concluye.

Una cultura terapéutica

La moderna cultura terapéutica también anima a una exhibición abierta y desinhibida de las emociones, observa Furedi.

Reconocer nuestros sentimientos se presenta como un acto de virtud. Y, en consecuencia, la invitación a buscar terapia o ayuda ha adquirido una connotación relacionada con el acto de admitir culpabilidad.

Existe, por tanto, una tendencia a inflar los problemas de vulnerabilidad emocional y a minimizar la capacidad de la persona para hacer frente al dolor sin la ayuda de terapia externa.

Esta cultura de la terapia también trae consigo la idea de que la persona no es autora de su propia vida, sino víctima de la casualidad.

La virtud se reemplaza así por la terapia, dejándonos más pobres como consecuencia.

Fuente: Zenit

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