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1 may 2022

Igualdad total en el punto de partida, una injusticia

 

La familia, una institución educativa además de biológico y psicológico

igualdad en el punto de partida y la injusticia
La riqueza espiritual que existe en la familia numerosa

El socialismo y el comunismo buscan evitar las desigualdades que provienen de la herencia espiritual y biológica. Para ello tratan de eliminar la familia, educando a todos los niños en escuelas igualitarias estatales.

En todo momento se oye repetir que la justicia requiere que todos tengan las mismas oportunidades en el punto de partida de la vida. Por lo tanto, la educación y los mismos programas de estudios en diversas universidades deben ser iguales para todos. Quien tuviese más valor, fatalmente sobresaldría. El mérito encontraría su estímulo y su recompensa. Y la justicia ‒¡por fin!– imperaría sobre la faz de la tierra.

Un sofisma «cristiano»

Este modo de ver asume a veces una formulación con matices «cristianos» (¿y qué desatino no busca hoy un disfraz «cristiano»?). Dios –se argumenta– premiará al final de su vida a los hombres conforme a sus méritos, sin tomar en cuenta la cuna en la que cada uno nació. Desde la perspectiva de la justicia divina y para los fines de la eternidad, sería una negación del valor de los puntos de partida. Es loable, es digno, es cristiano, en ese caso, que los hombres intenten organizar su existencia terrenal de acuerdo con las normas de la justicia celestial. Y que, por lo tanto, las ventajas de la vida terrena también queden al alcance de todos y al final sean conquistadas por los más capaces.

* * *

Antes de examinar este principio en sí, es conveniente que notemos algunas de las aplicaciones que escuchamos aquí y allá.

La herencia y el derecho de propiedad

Hay hombres de negocios que consideran la herencia de la empresa un privilegio antipático. Sus hijos no son los dueños de la ella por derecho de herencia. Son empleados como los demás, comenzando desde abajo, es decir, de los cargos más modestos, y sólo ascenderán a la dirección de la empresa si fueren los más capaces.

La igualdad y la supresión de la religión

Hay familias ricas y de buena educación, que ven como un imperativo de justicia establecer un patrón único de primaria y secundaria. Que sean cerrados o reformados todos los establecimientos de enseñanza de diversos niveles que existen en la actualidad.

No son tan pocos los que, habiendo acumulado durante su existencia buenas economías, sienten un cierto malestar de conciencia ante la idea de transmitirlas a sus hijos: ¿ellos no se beneficiarán, ipso facto, de un privilegio antipático e injusto, adquiriendo bienes que no vinieron del trabajo propio, ni del mérito personal?

Así, la doctrina compulsoria de la igualdad de los puntos de partida se despliega en consecuencias que pueden derribar el régimen de la propiedad privada.

* * *

Antes de seguir adelante, importa tener en cuenta las contradicciones pintorescas en las que los defensores de estas tesis suelen caer.

Las contradicciones de estos «idealistas»

Idólatras del mérito como único criterio de justicia, favorecen generalmente las escuelas de pedagogía moderna, contrarias a premios y castigos, alegando que los castigos como las recompensas crean complejos. Y, de esta forma, la idea de mérito y ‒su corolario forzoso‒ que es la idea de culpabilidad, son eliminados de la educación de los futuros ciudadanos de una civilización basada en el mérito.

Por otro lado, los mismos endiosadores del mérito se muestran a menudo a favor de cementerios donde todas las sepulturas sean iguales. Así, al final de la existencia terrenal organizada según el criterio del mérito individual, y en el umbral de la vida eterna feliz o infeliz, según el mérito o la culpa, se excluye cualquier reconocimiento especial al mérito.

Tumbas iguales para el sabio insigne y para el hombre común; para quien dirigió a los pueblos y para aquellos que sólo se preocuparon con su propia vida; para la víctima inocente y para el asesino infame; para el promotor de cismas y herejías y para el héroe que vivió y murió defendiendo la Fe.

¿Cómo podemos explicar que se pueda, al mismo tiempo, endiosar tanto el mérito y negarlo completamente?

* * *

Sin embargo, la contradicción más asombrosa de estos partidarios de la igualdad de todos los puntos de partida, se muestra cuando, al mismo tiempo, se dicen entusiastas de la institución familiar. De hecho, ésta es por mil lados la rotunda negación de la igualdad de puntos de partida. Veamos por qué.

igualdad en el punto de partida y la injusticia
Ya en la Revolución francesa, Danton decía: «Los niños pertenecen a la república antes de pertenecer a sus padres» y Robespierre concluía: «la patria tiene el derecho de educar a sus hijos: ella no puede confiar esta misión al orgullo de las familias»

La herencia biológica y psicológica

Hay un hecho natural, misterioso y sagrado, que está íntimamente relacionado con la familia. Es la herencia biológica. Es evidente que algunas familias son más dotadas desde este punto de vista que otros; y que a menudo depende de factores ajenos al tratamiento médico o a una educación altamente higiénica. La herencia biológica tiene importantes reflejos en el orden psicológico. Hay familias en las que, a través de muchas generaciones, se transmite el sentido artístico, o el don de la palabra, o el tino médico, o la idoneidad para los negocios y así sucesivamente. La naturaleza misma –y, por tanto, Dios, que es el autor de la naturaleza‒ a través de la familia, quiebra el principio de la igualdad del punto de partida.

La familia, una institución educativa

Además, la familia no es meramente transmisora de un patrimonio biológico y psicológico. Es una institución educativa y, en el orden natural de las cosas, la primera institución educativa y de capacitación. Así, quien es educado por padres altamente dotados en términos de talento, de cultura, de educación o – lo que es capital‒ de moralidad, siempre tendrá un punto de partida mejor. Y el único modo de evitar esto es eliminar la familia, educando a todos los niños en escuelas igualitarias estatales, según el régimen comunista. Por lo tanto, existe una desigualdad hereditaria más importante que el patrimonio y que es una consecuencia directa y necesaria de la existencia de la familia.

La herencia patrimonial

¿Y la herencia del patrimonio? Si un padre tiene verdaderamente entrañas de padre, amará forzosamente más que a los otros a su hijo, carne de su carne y sangre de su sangre. Por lo tanto, se guiará conforme a la ley cristiana si no ahorra esfuerzos, sacrificios ni vigilias, para acumular un patrimonio que ponga a su hijo al abrigo de tantas desgracias que la vida puede traer. En este afán, el padre habrá producido mucho más que si no tuviese hijos. Después de una vida de trabajo, este hombre expira, alegre por dejar a su hijo en condiciones propicias.

Imaginemos que, en el momento en que acaba de expirar, viene el Estado y, en nombre de la ley, confisca la herencia, para imponer el principio de la igualdad de los puntos de partida. ¿Esta imposición no es un fraude en relación al muerto? ¿Ella no pisotea los más sagrados valores de la familia, un valor sin el cual la familia no es familia, la vida no es vida, es decir, el amor paterno? Sí, el amor paterno que dispensa protección y asistencia al hijo –incluso más allá de la idea de mérito‒ simplemente, de modo sublime, por el simple hecho de ser hijo.

Y este verdadero crimen contra el amor paterno, como es la supresión de la herencia, ¿puede cometerse en nombre de la Religión y la Justicia?

Plinio Corrêa de Oliveira

Folha de S. Paulo, 11 de diciembre de 1968

26 mar 2022

Importancia de las tradiciones familiares

 

¿De dónde viene la inercia ante leyes que erosionan a la familia?

 De que no existan en los espíritus ideas firmes, principios sólidamente establecidos en las almas, y sí ideas vagas y fluctuantes, incapaces de dar energía a los corazones.

 


Aquella fuente de recuerdos y de afectos, de principios y de costumbres, que antes eran transmitidos de padres a hijos hoy perdura muy poco

 

La solución para evitar la introducción de leyes contrarias a la institución de la familia -además de la formación de un movimiento de opinión pública- consiste en imbuir a los hijos de las tradiciones familiares, pues, en cuanto estas perduraren, esos actos legislativos encontrarán una sana resistencia.

 

La tarea de hacer renacer las tradiciones en las familias puede y debe ser la obra de cada uno en su propia casa. Sólo se puede esperar la abolición de las leyes revolucionarias a partir de un gran movimiento de opinión.

 

Pero lo que cada uno puede hacer es reavivar en su ambiente el espíritu de familia. Así, hará a los suyos el mayor bien posible, y al mismo tiempo preparará la renovación de la sociedad. Porque es necesario que haya tradiciones sustentando las leyes, para que ellas tengan la fuerza que el asentimiento del corazón les proporciona; de la misma forma que es necesaria la educación familiar para sustentar las tradiciones, mantenerlas, hacer que ellas se tornen el principio de las costumbres, sin las cuales las buenas leyes no son nada, y contra las cuales las leyes nada pueden…

 

Transmisión de las «tradiciones de familia»

 

¿De dónde viene la inercia ante leyes que erosionan a la familia? De que no existan en los espíritus ideas firmes, principios sólidamente establecidos en las almas, y sí ideas vagas y fluctuantes, incapaces de dar energía a los corazones. ¿Y por qué las ideas en nuestros días fluctúan de ese modo? Porque las ideas-matrices, las ideas-principios no fueron impresas en el alma de los niños por padres en los cuales ellas habían sido inculcadas por las enseñanzas de los abuelos, a su vez imbuidos de esas verdades por los antepasados. En una palabra porque no hay más tradiciones en las familias.

 

 

Tradición y progreso

 

Había antaño una idea difundida de modo general, casi religiosa, asociada a la expresión «tradiciones de familia», entendida en su mejor importancia, que designaba la herencia de las verdades y de las virtudes, en el seno de las cuales se formaron las características que hicieron la duración y la grandeza de la Casa.


 Hoy en día esa expresión no dice nada a las nuevas generaciones. Estas surgen en un día para desaparecer al siguiente, sin haber recibido, y sin dejar después de ellas aquella fuente de recuerdos y de afectos, de principios y de costumbres, que antes eran transmitidos de padres a hijos y colocaban a las familias que les eran fieles por encima de las que los despreciaban. Toda familia que tiene tradiciones las debe, de modo general, a uno de sus antepasados, en el cual el sentimiento del bien fue más fuerte que en el común de los hombres, y al cual fueron dadas la sabiduría y la voluntad para inculcarlas a los suyos.

 

Progreso moral

 

La verdad es un bien “dice Aristóteles” y una familia en la cual los hombres virtuosos se suceden es una familia de hombres de bien. Esta sucesión de virtudes tiene lugar cuando la familia se remonta a un origen bueno y modesto, pues es propio de un principio el producir muchas cosas semejantes a sí mismo. Por lo tanto, cuando existe en una familia un hombre tan unido al bien que su bondad se comunica a sus descendientes durante muchas generaciones, de ahí se deriva necesariamente una familia virtuosa.

 

Todo hombre que quiera formar una «familia virtuosa» debe persuadirse enseguida de que su deber no se limita “como quiso Rousseau” a proveer a las necesidades físicas de su hijo mientras no tengan medios de proveerlas por sí mismos. Él le debe la educación intelectual, moral y religiosa.

 

El animal tiene la fuerza necesaria para atender a las necesidades corporales de la prole, y esto le basta. Pero el niño, ser moral, tiene muchas otras necesidades, y es por eso que Dios dio al padre de familia la autoridad para formar la voluntad de sus hijos y hacerlos entrar, mantenerse y progresar en el camino del bien. Esa autoridad, Dios la quiso permanente, porque el progreso moral es obra de toda la vida.

 

Según las intenciones de la Providencia, el progreso debe desarrollarse y crecer con la edad, y por eso es necesario que la familia humana no se extinga en cada generación. El vínculo familiar debe subsistir entre muertos y vivos, enlazar unas a otras todas las filiaciones de una misma descendencia, manteniéndose así durante siglos en las razas vigorosas.

 

(Mgr.Henri Delassus, L’Esprit Familial dans la Maison, dans la Cité et dans L’État, Société Saint-Augustin, Desclée, De Brouwer, Lille, 1910, pp.146 a 150)

24 feb 2022

Las aflicciones de la tercera familia

 



La mentalidad de la «tercera familia» es universal. Suspiran delante de la contradicción caótica de nuestros días, se aturden… y no pasan de esto. Ser coherentes les parece duro, desalmado, rígido. En una palabra, inhumano.

El diario nos trae noticias del caos en el mundo
Ante el caos de nuestros días, van siendo más raros los que consiguen sustentar ante él la despreocupación risueña y benigna de otrora

Vivimos en pleno caos.

Al leer esta frase inicial, habrá quien haya pensado: «¡Qué manera banal de comenzar éste artículo!»

Realmente, banal, banalísimo.

Y ese concepto, ya de por sí banal, lo presento en su forma más elemental y, por así decir, perogrullesca, para realzar hasta el paroxismo su banalidad. De este modo puedo hacer sentir a los lectores, incluso a los más optimistas, hasta qué punto es verdadero, evidente, indiscutible, que vivimos realmente en un caos. Ya que, en este caso, como muchos otros, banalidad es sinónimo de evidencia.

Esa sensación de lo caótico nos asalta a cada paso, en la vida cotidiana. En todo momento vemos personas cuyo procedimiento de hoy está en contradicción con el de ayer, y entrará en contradicción con el de mañana. A veces, en la misma conversación, e incluso en una misma frase, nuestro interlocutor exterioriza convicciones que la lógica señala como incompatibles entre sí. Y es cada vez más raro que encontremos personas que se manifiesten coherentes con algunos tantos principios fundamentales en todo cuanto piensan, dice y hacen.

En la apreciación de este cuadro, las personas se clasifican en tres principales familias de almas:

a) Unos “los menos numerosos” comprenden, admiran y aplauden la coherencia. Por esto, estigmatizan la ilogicidad del ambiente y le imputan los peores frutos presentes y futuros;

b) otros cierran los ojos y, cuando no pueden dejar de verlo, procuran justificarlo: la contradicción sería, según ellos, la ruptura necesaria del equilibrio ideológico de otras eras, el efecto típico del tumultuar fecundo de las épocas de transición. Por esto, la contradicción no produce desastres, sino en la epidermis de la realidad, y tiene que ser vista en último análisis, con benigna y sonriente indulgencia. La familia de almas que piensa de este modo era muy numerosa hasta hace algunos años. Pero viendo que el así llamado tumultuar fecundo de las contradicciones va tomando el cuño de una farándula de ritmo endiablado y consecuencias siniestras, van siendo más raros los que consiguen sustentar ante ella la despreocupación risueña y benigna de otrora;

El moderado esconde la cabeza como el avestruz
Una opción que aterroriza a las personas: por un lado, el caos entra como un tifón en su vida y, por otro lado, tener coherencia les parece duro, desalmado, rígido. En una palabra, inhumano.

c) bastante más numerosas son las personas que constituyen el tercer grupo o familia de almas. Suspiran delante de la contradicción caótica de nuestros días, se aturden… y no pasan de esto. Cambiar de posición les parece imposible. Pues aunque la contradicción las asuste, por otro lado, antipatizan, en lo más profundo de su alma, con la coherencia. Les gustaría prolongar, contra viento y marea, su mundo agonizante, que resulta del «equilibrio» de ideas contradictorias, las cuales se «moderan» unas a las otras, en amable coexistencia. Y como para esa familia de almas las ideas están hechas para flotar en el aire, sin relación con la realidad, no hay, según ella, el menor riesgo de que ese «equilibrio» de contradicciones venga a romperse algún día, perjudicando el pacato y buen ordenamiento de los hechos.

Esta situación, intrínsecamente desequilibrada, es vista por esta familia de almas como la quintaesencia del equilibrio. Y como la experiencia prueba irrefutablemente la inviabilidad de ese equilibrio, ella se encuentra delante de una opción que la aterroriza: por un lado, el caos entra como un tifón dentro de su casa y de su vida y, por otro lado, una coherencia que parece correcta tal vez en el plano de la lógica, pero dura, desalmada, rígida, en una palabra, inhumana. Trémulas delante de esta opción, las personas pertenecientes a esta familia de almas se detienen. Y se quedan suspirando de brazos cruzados, a la espera obstinada de alguna cosa que haga pasar el caos, sin que se tenga que implantar el reinado de la coherencia. Vamos a los ejemplos concretos, en relación a la tercera familia de almas.

Esta situación, intrínsecamente desequilibrada, es vista por esta familia de almas como la quintaesencia del equilibrio. Y como la experiencia prueba irrefutablemente la inviabilidad de ese equilibrio, ella se encuentra delante de una opción que la aterroriza: por un lado, el caos entra como un tifón dentro de su casa y de su vida y, por otro lado, una coherencia que parece correcta tal vez en el plano de la lógica, pero dura, desalmada, rígida, en una palabra, inhumana. Trémulas delante de esta opción, las personas pertenecientes a esta familia de almas se detienen. Y se quedan suspirando de brazos cruzados, a la espera obstinada de alguna cosa que haga pasar el caos, sin que se tenga que implantar el reinado de la coherencia. Vamos a los ejemplos concretos, en relación a la tercera familia de almas.

Las imposiciones de la dictadura de la mediocridad

¡Cuántos hogares hay que acogen con una sonrisa cómplice la novela de televisión inmoral, o el libro sentimental y sensual, que pinta con colores fascinantes la imagen de la vida más disoluta!

En este hogar se nutre la certeza de que tales ilusiones no producen sino efectos platónicos. Sin embargo, si el hijo o la hija se descarrían, declaran que «ya no entienden nada», y que «el mundo de hoy es un caos».

Cuántos propietarios proclaman ante de sus hijos o sus empleados las ideas más radicalmente igualitarias; toda superioridad de categoría es para ellos un insulto a la dignidad humana. (Esto no le impide por lo demás hacer buenos negocios y conseguir opulentos lucros…) Si su hijo, o su hija, se vuelven comunistas, se asustan. Si el empleado bien remunerado hace agitación, se desconcierta. No comprende que el caos y el desorden que él mismo predicó hayan producido frutos amargos de caos.

La incoherencia y el desorden de ideas les parece lo más cómodo
En esa familia de almas se profesa un cómodo y risueño desorden de ideas. Y por esto, dicha familia de almas se hunde en el susto y el llanto.

Sin embargo, en la misma familia que imaginamos, en que entran la novela y el libro inmoral, el padre y la madre a veces predican también, para mantener el equilibrio basado en la contradicción, algunos principios cristianos de moral o de orden. Hablan sobre la legitimidad de la propiedad, declaman contra el comunismo y mantienen el respeto por ciertas tradiciones morales.

En la misma fábrica cuyo dueño se dice socialista avanzado, se hace propaganda anticomunista. Y si de repente, un hijo suyo o un obrero, se dedica a la defensa de esos principios, la sorpresa, primero, y la antipatía después, son enormes. ¿Cómo imaginar que ese «equilibrio» se desatase en una opción coherente? ¿Que esos principios pudiesen dejar el mundo platónico de las ideas para engendrar militantes que los quisiesen inserir en el orden concreto de los hechos? ¿Cómo aceptar la presencia, en la convivencia familiar, de personas coherentes, lógicas, que toman en serio lo que se les enseñó sobre los fundamentos del orden social y de la civilización cristiana?

Así, en suma, en esa familia de almas se profesa un cómodo y risueño desorden de ideas. Desorden que viene de la convivencia, en una región totalmente platónica, entre fragmentos de bien y de mal, de error y de verdad. Algunos, en ese ambiente, optan por la integridad del desorden. Otros, por la del orden. Y por esto, en esa familia de almas se hunde en el susto y el llanto.

La situación de esa familia de almas suscita problemas de la mayor importancia. ¿La ruina de este equilibrio de contradicciones no implica una marcha hacia la unilateralidad, la exageración, en suma, la radicalización?

¿En caso afirmativo, lo contrario de la radicalización es la incoherencia?

En estas preguntas se retuerce y aflige hoy, la tercera familia de almas.

Deseo tratar de ellas próximamente.

Plinio Corrêa de Oliveira


fuente:  

23 jul 2021

Las imposiciones de la dictadura de la mediocridad

 

Los mediocres han hecho tantas leyes, tantos reglamentos, instituido tantos cargos públicos, que a las almas superiores no les es posible escapar de los cubículos de esta mediocridad organizada

Sin pretender hacerlo, el mediocre impone la dictadura de la mediocridad.



La mediocridad es el mal de los que, enteramente absorbidos por las delicias de la pereza y por el exclusivo deleite de lo que está al alcance de su mano, por el completo confinamiento en lo inmediato, hacen del estancamiento la condición normal de sus existencias.

No miran hacia atrás: les falta el senso histórico. Ni miran hacia delante o hacia lo alto: no analizan ni prevén. Tienen pereza de abstraer, de alinear silogismos, de sacar conclusiones, de arquitectar conjeturas. Su vida mental se cifra en la sensación de lo inmediato.

El hombre Mediocre

La abundancia del día, el sillón cómodo, las pantuflas y la televisión: no va más allá su pequeño paraíso. Paraíso precario, que buscan proteger con toda especie de seguros: de vida, de salud, contra incendios, contra accidentes, etc., etc.

Y tanto más feliz el mediocre se siente, cuanto más nota que todas las puertas que pueden abrirse hacia la aventura, hacia el riesgo, hacia lo esplendoroso están sólidamente cerradas.

El cristiano aspira a una civilización católica

A través del sufragio universal, los mediocres han hecho tantas leyes, tantos reglamentos, instituido tantos cargos públicos, que a las almas superiores no les es posible escapar de los cubículos de esta mediocridad organizada. Sin pretender hacerlo, el mediocre impone la dictadura de la mediocridad.

fuente

 


14 feb 2021

¿Mimamos demasiado a los pequeños?

Una nueva ola de expertos aboga por endurecer su carácter.

Niños mimados adultos débiles
Niños blanditos, hiperprotegidos y poco resolutivos

Transcribimos a continuación el interesante artículo, publicado  por el diario español El Mundo, sobre los desastrosos efectos que produce en los niños una educación hiperprotectora.

Suma escolar

Contenidos

Padres que llevan la mochila al niño hasta la puerta del colegio + padres que piden que no se premie a los mejores de la clase porque los demás pueden traumatizarse + padres que le hacen los deberes a los niños que previamente han consultado en los grupos de WhatsApp = niños blanditos, hiperprotegidos y poco resolutivos.

Cuenta Eva Millet, la autora de Hiperpaternidad (Ed. Plataforma), que ya hay niños que, al caerse, no se levantan: esperan esa mano siempre atenta que tirará de ellos.

En ciertos colegios han empezado a tomar nota. Y, en algunos países, el carácter ya forma parte del debate sobre la Educación.

Esto no es la nueva pedagogía. Gregorio Luri, filósofo y autor del libro Mejor Educados (Ed. Ariel), suele recordar que la educación del carácter es tan tradicional en ciertos colegios británicos como para que haya llegado a nuestros días una frase atribuida al Duque de Wellington:

«La batalla de Waterloo se empezó a ganar en los campos de deporte de Eton». En los campos de Waterloo o en las canchas del mítico colegio inglés, cuna del establishment, ningún niño esperaba que le levantaran si podía hacerlo solo.

San Alfonso María de Ligorio y la educación de los hijos

En España, se habla de «educación en valores», pero puede que no sea lo mismo.

El carácter se entiende como echarle valor, coraje, actuar en consecuencia cuando se sabe lo que está bien o está mal, no limitarse a indignarse.

Como dice Luri, «ahora mismo en España les fomentamos la náusea en lugar del apetito». En su opinión, los niños de ahora saben cuándo se tienen que sentir mal ante determinadas conductas, pero educar el carácter es animarles a dar un paso, a ser ejemplo, a que sus valores pasen a la acción.

Si están acosando a un niño, no callarse y protegerle. Decir no a la presión del grupo.

El carácter ha vuelto cuando se ha sido consciente de que podríamos estar criando a una oleada de niños demasiado blanditos.

Con padres que se presentan a las revisiones de exámenes de sus hijos, que abuchean a los árbitros en los partidos y que han hecho el vacío a niños que no invitaban a sus retoños a los cumpleaños.

«Yo he tenido a un chaval de 19 años que se me ha echado a llorar porque le suspendí un examen», cuenta Elvira Roca, profesora de instituto. «Le dije que no me diera el espectáculo. Vino su madre a verme y me dijo que había humillado a su hijo. Le tuve que decir que estaba siendo ella quien le humillaba a él».

Como en el rugby
Enseñar a enfrentar las dificultades hace a los hombres de carácter
Cuando una familia quiere que sus hijos no pasen las dificultades que pasaron ellos, la sociedad se vuelve más cómoda

Nicky Morgan era ministra británica de Educación con David Cameron e hizo bandera de la educación del carácter.

«Para mí, los rasgos del carácter son esas cualidades que nos engrandecen como personas: la resistencia, la habilidad para trabajar con otros, enseñar humildad mientras se disfruta del éxito y capacidad de recuperación en el fracaso», decía en su cruzada por extender ese tipo de educación, muy vinculada al rugby. Suena familiar.

El poema de Rudyard Kipling y su verso sobre la victoria y el fracaso, esos dos impostores a los que hay que tratar de igual forma, que figura en la entrada de la cancha principal de Wimbledon. ( “Si te encuentras con el Triunfo y la Derrota y a estos dos impostores los tratas de igual forma”) 

Alfonso Aguiló escribió Educar el carácter (Ed. Palabra) hace 25 años. No ha parado de reeditarse y traducirse desde entonces: «Tener buen carácter no significa estar todos cortados por el mismo patrón. Pero estoy seguro que casi todos nos pondríamos de acuerdo en que ser honrado, trabajador, generoso, justo, leal, empático, valiente, austero, recio y organizado son buenas cualidades».

¿Cómo se educa el carácter?

No desde la teoría, desde luego. «La educación en valores es algo abstracto. Las virtudes son los valores integrados en la persona», explica.

Este veterano profesor confirma que tenemos ahora a generaciones de niños blanditos y no se escandaliza: «Son ciclos normales del desarrollo de una sociedad. Cuando una familia quiere que sus hijos no pasen las dificultades por las que sí pasaron ellos la sociedad se vuelve más cómoda, blanda, menos esforzada. Pasa también con los países».

Según Aguiló, la educación del carácter no tiene que ver con el dinero y sí con el capital cultural de las familias, con el modo de transmitir cómo afrontar la vida: «He conocido a madres que limpiaban escaleras para que sus hijos llevaran unas zapatillas de marca y a gente de dinero que también los mimaba mucho».

En EEUU, la cadena de colegios KIPP, con tasas de éxito académico inéditas en las zonas donde se instalan, insisten en la educación del carácter como indispensable: «Trabaja duro. Sé amable», han resumido en los carteles enormes que decoran sus centros.

En ese país, Angela Duckworth se ha convertido en la gurú del estudio de la personalidad. Tiene un laboratorio donde analiza qué rasgos hacen que los niños tengan éxito de mayores.

Está tan ocupada que no da entrevistas, dice su equipo. Siempre cuenta que, pese a las buenas notas, su padre le decía que no se creyera especial. «La tendencia a mantener el interés y el esfuerzo para conseguir metas a largo plazo», la fuerza de voluntad, es el rasgo que, según Grit, su reciente best seller sobre el poder de la perseverancia, define a las personas con éxito. Ha trabajado en barrios marginales y ha estado en West Point, la academia militar de EEUU, analizando cómo eran los 1.200 cadetes que pasaban las durísimas pruebas iniciales. Niños a los que no levantaron del suelo cuando podían ellos solos.

Berta G. De Vega, El Mundo

Fuente


25 abr 2019

La utopía democrático-socialista y la demolición de la sociedad

No a la igualdad; sí a la complementariedad

Para el estado totalitario los individuos son números
Para el Estado democrático revolucionario los individuos son todos iguales
La utopía democrática es la igualdad. La democracia sueña con un Estado social y sólo se preocupa con los individuos, y con los individuos socialmente iguales.
No es esto lo que está en los planos de Dios. Y para convencernos de esta verdad, basta considerar el proceder de Dios.
Dios podría haber creado a cada hombre, como lo hizo con Adán, directamente y sin auxilio de nadie. Así hizo con los ángeles, y aún en éste caso no quiso la igualdad. Dios creó a cada ángel como una especie distinta, correspondiente a una idea particular en el pensamiento divino.

Formando al ser humano como una especie única, la igualdad habría reinado entonces si todos hubiésemos recibido la existencia directamente de manos del Creador. Pero Dios tenía otros designios. El quiso que recibiéramos la vida unos de los otros, y que por este medio fuésemos constituidos, no en la libertad y la igualdad sociales, sino en la dependencia de nuestros padres y en la jerarquía que debía nacer de esa dependencia.
Dios establece la familia
Contenidos
Dios creó a Adán, y después de su cuerpo hizo el cuerpo de Eva. Dios entonces bendijo al hombre y a la mujer y les dijo: «Sed fecundos, llenad y dominad la tierra«.
La familia es una institución anterior al Estado ya afirmaba Cicerón
Ciceron decía que los estados proceden de esa socieda primera que es la familia
Dios creó así la familia, la transformó en una sociedad y la constituyó de acuerdo con un plan totalmente diverso de la igualdad social: la mujer sumisa al hombre y los hijos sumisos a los padres.
En los mismos orígenes del género humano, por lo tanto, encontramos las tres grandes leyes sociales: la autoridad, la jerarquía y la unión. La autoridad, que pertenece a los autores de la vida; la jerarquía, que torna al hombre superior a la mujer y a los padres superiores a los hijos; y la unión, que deben conservar entre sí aquellos vínculos vivificados por la misma sangre.
Los Estados proceden de esa sociedad primera.
«La familia –dice Cicerón– es el principio de la ciudad, y de alguna forma la semilla de la res-pública. La familia se divide, aunque permaneciendo unida; los hermanos, así como sus hijos y nietos, no pudiendo abrigarse todos en la casa paterna, salen para fundar nuevas casas, como nuevas colonias. Ellos forman alianzas, de donde surgen nuevas afinidades y el crecimiento de la familia. Las casas se multiplican poco a poco, todo crece, todo se desarrolla, y nace la res-pública. (República, libro I, 7).
Al comienzo Abraham funda una familia nueva, y de ella surgen doce tribus, que constituyen un pueblo. Esos son propiamente los orígenes del pueblo de Dios.
Lo mismo ocurrió con los gentiles.
La familia no es sólo el elemento primero de todo Estado, sino su elemento constitutivo, de tal manera que la sociedad no se compone de individuos, sino de familias. P. 11
Actualmente sólo los individuos importan y el Estado sólo reconoce a los ciudadanos aislados. Esto es contrario al orden natural. Antiguamente era de tal manera así que los censos de población no contaban las personas, sino los «fuegos», es decir, los hogares.
Cada hogar era considerado el centro de una familia, y cada familia era dentro del Estado una unidad política y jurídica, al mismo tiempo que económica.
El individualismo conduce a la destrucción de la sociedad
Fue la Revolución Francesa la que vino a destruir este orden. Ella se impuso el deber de emancipar al individuo, a la persona humana, estimada como célula elemental orgánica de la sociedad. Esta tarea que la Revolución se impuso, conduce nada menos que a desorganizar la sociedad y a disolverla.
El individuo es sólo un elemento dentro de esa célula orgánica de la sociedad que es la familia. Separar sus elementos, impulsar el individualismo, es destruir su vida, es tornarla impotente para llenar su papel en la constitución del ser social, como lo haría, en los seres vivos, la disociación de los elementos de la célula vegetal o animal.
Juramento del Jeu de Paume durante la Revolución francesa
La Revolución Francesa vino a destruir el orden y se impuso el deber de emancipar al individuo, esclavizándolo finalmente al Estado
En nuestros días, el individualismo fue llevado a su exacerbación por el relativismo. Así, cada individuo posee «su verdad» y sus «valores». Sobre todo, sus derechos y no sus deberes.
Desaparición de la noción del bien común
Las legislaciones socialistas exacerban este individualismo, dando al individuo derechos gravemente perjudiciales para el bien común.
La noción de que la sociedad sólo puede subsistir cuando existe una preocupación por el bien común, ha venido desapareciendo casi completamente.
Así hemos asistido en nuestro país a una demolición sistemática de la familia en nombre de las libertades individuales. La legalización del divorcio, la equiparación de los hijos naturales con los generados dentro del matrimonio, la multiforme propaganda de todo tipo de anticonceptivos y de una libertad sexual no lejana del libertinaje, está llevando a nuestra patria a una disociación de su unidad.
No debemos extrañar, por lo tanto, que las encuestas muestren a la familia como una institución en vías de desaparecer. Y, con su desaparición, la propia sociedad es demolida.
La patria sólo subsiste cuando sus componentes tienen un «proyecto» común. Cuando cada individuo tiene sus propios «valores», la unidad nacional desaparece.

No a la igualdad; sí a la complementariedad


18 feb 2019

Elevando a los animales, rebajando a los hombres

Los animales comienzan a reemplazar a los hijos que no se quiso tener

Una equiparación, o aún preferencia por el animal en relación al hombre constituye un rebajamiento irracional e inconcebible de la naturaleza humana, ya que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza.
Poseer animales domésticos y tratarlos bien es una costumbre inmemorial, sobre todo tratándose de perros. Es claro que no se debe someterlos a sufrimientos sin razón proporcionada. Nadie es contrario a eso.
Una cosa es el buen trato a los animales, otra tratarlos como humanos
Los animales comienzan a reemplazar a los hijos que no se quiso tener
Sin embargo, una moda inducida e irracional ha llevado a mucha gente a colocar a los animales en un nivel superior al de los humanos, lo que es desbordar el sentido común, pudiendo llegar a ser pecaminoso, pues contraría la jerarquía establecida por Dios en la Creación.
La Sagrada Escritura es muy clara al respecto. Dios dijo al primer matrimonio: “Llenad la tierra y sometedla. Dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los animales que se arrastran sobre la tierra”. (Gen. 1,28).
Además, el Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por Juan Pablo II, determina:
“Dios confió los animales al gobierno de aquel que fue criado a Su imagen (el hombre). Es, por lo tanto, legítimo que nos sirvamos de los animales para la alimentación y para la confección del vestuario.
“Podemos domesticarlos para que sirvan al hombre en sus trabajos y descanso. Los experimentaciones médicas y científicas con animales son prácticas moralmente admisibles, si no traspasan los límites de lo razonable y contribuyan para curar o ahorrar vidas humanas” (2417).
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Niños y animales en el mismo nivel
Sin embargo, no es raro que se promuevan proyectos de Código Penal, como fue propuesto en Brasil, llegando a imponer penas mayores por el abandono de un animal que por el abandono de un niño.
¿Locura? ¿Desvarío?
Mucho más.
Esto forma parte del proceso de rebajamiento de la naturaleza humana, actualmente en curso.
(…) La Comisión de Constitución y Justicia de la Cámara de Diputados aprobó recientemente un proyecto que establece castigos increíbles para los hombres en el trato con perros y gatos. Las penas son severas.
Así, quien mate un perro o un gato va a la prisión por el plazo de cinco a ocho años.
Y el régimen de reclusión es el más estricto, reservado para crímenes graves, en los que el criminal no tiene posibilidad de un ablandamiento en un futuro próximo.
¡Es inimaginable que alguien tenga que purgar ocho años tras las rejas porque mató a un gato! Pero hay más.
Sirviendo a un perro en bandeja
Si la persona mató al perro para evitar el contagio de alguna enfermedad transmisible a los humanos, necesita probar de modo “irrefutable” que no existía un tratamiento posible para el animal.
Si no consigue probar esto, su pena aumenta entre 6 y 10 años. El mismo aumento de pena se aplica si el can o el felino fuere muerto con veneno o algún medio cruel.
Pero no es sólo matarlos.
También si deja de prestar asistencia o socorro al perro o al gato que corren peligro grave en las vías públicas, así como en las propiedades privadas, corresponderá una pena de 2 a 4 años de detención.
Tampoco se podrá dejar al animal amarrado con una cuerda o cadena para que no huya de la casa ni ataque a nadie: prisión de 1 a 3 años.
Milagrosa Imagen de la Virgen de Fátima
Imagen de la Virgen de Fátima que lloró milagrosamente en Nueva Orleans, en 1972
En necesario aún proporcionar una alimentación adecuada al animal, puesto que exponer la salud del perro o del gato equivale a una prisión de dos a cuatro años.
Si el agente es propietario o responsable por el animal, todas esas penas serán duplicadas: ¡16 años de prisión porque mató a un gato!
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Esa equiparación, o aún preferencia del animal en relación al hombre constituye un rebajamiento irracional de inconcebible de la naturaleza humana, ya que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza.
Rebajarlo de esa forma es profanar la imagen de Dios, es ofender al Creador. ¿A quién le gustaría que la imagen de su propio padre fuera rebajada a nivel de un perro?
¡Esta ofensa al Creador es una de las razones de las lágrimas de la Santísima Virgen!
Gregorio Vivanco Lopes

22 may 2018

Quien no se encoleriza cuando lo exige la razón, peca

Verdades Olvidadas
Sólo aquel que se encoleriza sin motivo se hace culpable; quien se encoleriza por un motivo justo no tiene culpa alguna. Pues, si se faltase a la ira, el conocimiento de Dios no progresaría, los juicios no tendrían consistencia y los crímenes no serian reprimidos. Más aún: aquel que no se encoleriza cuando la razón lo exige, comete un pecado grave; pues la paciencia no regulada por la razón propaga los vicios, favorece las negligencias y lleva hacia el mal, no solamente a los malos sino sobre todo a los buenos. (Hom. XI, in Math.).
San Juan Crisóstomo


Expulsión de los mercaderes del Templo – Giotto di Bondone


La ira puede tomarse en dos sentidos. Primero como simple movimiento de la voluntad por la cual alguien impone una sanción movido por la razón recta, sin pasión alguna; y en este caso sin duda es pecado no tenerla. En esta forma la entendió el Crisóstomo cuando dijo:
“La ira que tiene causa no es ira sino juicio. Hablando con propiedad, ira es una conmoción de la pasión, y, cuando nos airamos por causa justa, no obramos por pasión. Se trata de un acto de juicio, no de ira”.
“En el segundo sentido, la ira se toma como un movimiento del apetito sensitivo agitado por la pasión con excitación corporal. Este movimiento sigue necesariamente, en el hombre, al movimiento anterior de la voluntad, ya que naturalmente el apetito inferior sigue al movimiento del apetito superior si un obstáculo no lo impide (a menos que haya un obstáculo). Es, pues, imposible que deje de existir todo movimiento de ira en el apetito sensitivo, a no ser, por sustracción o debilitamiento del movimiento de la voluntad. Por lo tanto la ausencia de esta pasión puede ser un vicio, lo mismo que la ausencia del movimiento de la voluntad en orden a imponer la sanción debida (en justicia) por el juicio de la razón”.
Santo Tomás de Aquino, (Sum. Theol. II, IIae, q158, art. 8).