¡ Viva Cristo Rey !

Tuyo es el Reino, Tuyo el Poder y la Gloria, por siempre Señor.
Cristo, Señor del Cielo y de la TIERRA, Rey de gobiernos y naciones
Mostrando entradas con la etiqueta Masonería. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Masonería. Mostrar todas las entradas

22 jul 2018

La existencia de un Estado moloch no es una fatalidad

Lo que necesitamos es un regreso a un marco de orden que nos vuelva a conectar con nuestras raíces cristianas

Moloch, un ídolo de origen canaanita que fue adorado por los fenicios, cartagineses y sirios, al que se hacían sacrificios humanos, especialmente de niños
El Estado existe para salvaguardar el orden general, permitiendo a los organismos intermedios de la familia, la comunidad y la región que se desarrollen libres de su control. Una Constitución que no tome en cuenta los valores cristianos de la sociedad camina con facilidad hacia un Estado omnipotente y una tiranía.
Muchos que se quejan de que la existencia de gobiernos gigantescos está en la raíz de todos nuestros problemas. Pero, si pudiéramos deshacernos de su presencia intrusiva en nuestras vidas, las cosas andarían mucho mejor. Se quejan de los efectos de un gobierno gigantesco pero pocos señalan su causa.
La existencia de Estados gigantescos no es una fatalidad. De hecho, el gobierno gigantesco, en el que el Estado entra en todas las facetas de la vida de la sociedad, no debería existir. El Estado existe para salvaguardar el orden general, lo que a su vez permite a los organismos intermedios de la familia, la comunidad y la región que se desarrollen libres de su control.
Por otra parte, la mayoría de los Estados modernos están protegidos por constituciones que se supone que existen para contener los poderes y el crecimiento del gobierno. Pero dondequiera miremos, vemos que estos límites no se han respetado y que prosperan burocracias hinchadas.
Es obvio que hay otros factores que contribuyen para hacer posible un gobierno gigantesco. Y si queremos resolver el problema, debemos buscar y abordar sus causas.
Russell Kirk (1918-1994)
El conocido escritor conservador Russell Kirk hace una observación muy interesante, que nos da una idea de cuáles son estas causas y cómo podríamos volver a un gobierno delimitado.
Kirk escribe:
Debajo de cualquier constitución formal ‒incluso debajo de nuestra Constitución‒ existe una constitución no escrita, mucho más difícil de definir, pero que en realidad es mucho más pujante”. Esta constitución no escrita consiste en “el cuerpo de instituciones, costumbres, comportamientos, convenciones y asociaciones voluntarias que no pueden siquiera ser mencionadas en la constitución formal, pero que sin embargo forman el tejido de la realidad social y sostienen la constitución formal”. [1]
En otras palabras, nosotros como pueblo hemos perdido ese vínculo vital con los usos, costumbres, convenciones y virtudes que sirven como base a nuestra Constitución. Nos hemos alejado de nuestras raíces cristianas: las instituciones naturales de la familia, de la comunidad y la tradición del derecho común, que de forma normal y natural sirven para moderar y limitar al gobierno.
Es esta destrucción de los valores morales, instituciones y costumbres la que hace posible un gobierno invasor. Sin esta “constitución no escrita”, se crea un vacío, lo que permite al gran gobierno actuar de modo agresivo. Así empezamos a perder nuestras libertades.
Solía ocurrir, por ejemplo, que las familias se hicieran cargo de sí mismas. Sin embargo, cuando la institución de la familia fue devastada por la revolución sexual de los años sesenta, se creó un problema real con las familias destrozadas, se preparó el camino para una solución falsa, en la forma de un gobierno gigantesco, que corrió a llenar el vacío y asumió las responsabilidades que no le competían.
También era frecuente que los miembros de una comunidad se ayudaran mutuamente cuando surgían problemas. Había un sentido del honor que prevalecía en la comunidad, donde las familias se enorgullecían de ser honestas y autosuficientes. Sin embargo, con la decadencia de las comunidades y el anonimato de las grandes ciudades, a la gente le parece que no existe ningún problema en pedir a un gobierno gigantesco que sea la niñera a la que se recurra para que atienda sus necesidades básicas.
Danos hoy nuestro pan de cada día…
Otrora se confiaba en la Providencia de Dios para proveer a nuestras necesidades: “danos hoy nuestro pan de cada día”. Pero con la secularización de la sociedad, muchos ya no saben cómo pedir a Dios que satisfaga sus necesidades diarias, a pesar de que no reconozcan como un don los talentos dados por Dios, y en cambio confían en los programas de ayuda social del gobierno como un nuevo tipo de una casi divina providencia.
Parte de la culpa de la destrucción de estas instituciones y costumbres se puede remontar a nuestra cultura de gratificación instantánea. En mi reciente libro, Return to Order, utilizo el término “intemperancia frenética” para describir un espíritu imprudente e inquieto, de desenfreno, que ha azotado a la economía moderna y socavado las instituciones sociales.
Mercados frenéticos llevan a la gente a resentirse de la misma idea de moderación, despreciando los valores espirituales, religiosos, morales y culturales que forman parte de la “constitución no escrita” de Russell, que normalmente sirven para ordenar y moderar nuestra vida en común en sociedad y evita la existencia de un gobierno abrumador.
Lo que necesitamos es un regreso a un marco de orden que nos vuelva a conectar con nuestras raíces cristianas y nuestra tradición de un gobierno limitado. Mucho más que los programas de gobierno, este orden es realmente el corazón y el alma de la economía.
Tenemos que deshacernos de la intemperancia frenética ahora dominante en la economía, que está constantemente desequilibrando los mercados y reemplazarla con una templanza correspondiente.
Esto no puede ser hecho por una legislación, reglamentos o una rígida planificación. Es algo que debe ser realizado individualmente, cambiando nuestro estilo de vida frenético y precipitado, donde la gratificación instantánea está a la orden del día. Es un cambio difícil de valores que pondrán en su lugar los sistemas de inmunidad natural de la familia, la comunidad y la Iglesia, y que nos garantizará nuevamente una sociedad estable, saludable y próspera.
Hasta entonces, el gobierno moloch sólo se hará cada vez más gigantesco.

fuente

28 jun 2018

Gramsci y la revolución cultural, el ataque al sentido común


Plan conseguido en gran parte


Dijimos que Luzbel, en el inicio de la creación, al rebelarse ante Dios, se convirtió en Satán y fue arrojado del paraíso junto a los demás ángeles rebeldes que subvirtieron por primera vez el orden creado. Satanás fue, al negarse a obedecer a Dios, el primer subversivo de la Creación. Este mismo espíritu de subversión saltaría el cerco del paraíso para hacer caer a Adán y Eva. Entraría después en el mismo corazón del sagrado colegio apostólico y se ganaría a Judas. San Agustín denunció este combate en el siglo IV en sus “Dos ciudades” y San Ignacio en el siglo XVI en su batalla de las “Dos banderas”.

Satanás acrecentó su ofensiva en el siglo XVI invadiendo la celda y el corazón del fraile agustino Martín Lutero, quien se levantó contra Roma y fundó su Iglesia protestante, “protestando” y partiendo la conciencia europea en dos. La Iglesia como madre vio partir hacia el error y la herejía a la tercera parte de sus hijos... la inigualable España defendió ella sola la integridad de la Fe católica frente a la herejía con una ametralladora de santos, lo que le valió el honor de ser llamada el “El brazo derecho de la Cristiandad”, y contrarrestó la pérdida de millones de almas evangelizando a veinte naciones que hoy, gracias a ella, rezamos en español.

Esta herida y división que se abrió en la conciencia europea permitiría la entrada de errores y filosofías enemigas de Cristo y de su Iglesia, que atacarían el mandato de Dios al hombre: “Me amarás con tu mente”, no sólo desde afuera, sino desde dentro. Dios (desde el Génesis), y la Iglesia recordarían al hombre que era “polvo” y que en el “polvo” se convertiría. El liberalismo comenzaría a susurrarle al oído que era un “dios” y que no debía tener, por lo tanto, leyes superiores a sus placeres y a sus intereses... ganaría Satán lógicamente, con esta mentira, millones de adeptos. Se entiende, es tentador...

La masonería introduciría sus “Caballos de Troya” contra el orden social cristiano infiltrándose camuflada y secretamente en las leyes, la política, las Fuerzas armadas, la economía, las finanzas, la justicia, los sindicatos, la prensa, el cine, la televisión y especialmente en la educación, porque El tesoro que todo enemigo de Dios ambiciona es la juventud y hasta la infancia. Clemente XII, Benedicto XIV, Pío VII, VIII y IX, León XII y Gregorio XVI la condenaron, y León XII denunció a esta serpiente que nos envuelve “en su abrazo cariñoso” para luego estrangularnos como la que nos inyectó “el mortal veneno que circula por todas las venas de la sociedad”.

El socialismo y el marxismo serían más tarde los instrumentos visibles más brutales de Satán. El último definido por la Iglesia como “intrínsecamente perverso, prometiéndole al hombre el paraíso en la tierra, pero privándolo de todos sus derechos naturales, hasta… el de creer en Dios. Como el hombre no quiso aceptarlo “libremente”, hubo que asesinar en el siglo XX a 100.000.000 de personas para explicárselo.

Pero el marxismo engendraría en el mismo siglo a su hijo más perverso, por lo sutil: a Antonio Gramsci, quien ideó la estrategia para “tomar” al occidente cristiano. Y con Gramsci, Satán daría la vuelta de tuerca final en esta revolución anticristiana que intenta, desde el Génesis, robarle a Dios el alma inmortal del hombre. Antonio Gramsci (uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano) como Marx y Lenín, buscó la toma del poder total. Satanás le susurró al oído una estrategia menos violenta que la de aquellos en la soledad de su cárcel mussoliniana. Le inspiró sustituir el ataque por “el asedio”.

Gramsci creía que la tradición  cristiana había hecho irrecuperable para el comunismo el alma occidental. Con la propiedad privada como pilar de la economía, la familia como célula de la sociedad y los 10 mandamientos como ordenador moral, el camino sería inabordable. Este detalle es fundamental para comprender la esencia de la revolución cultural gramsciana. Habría por lo tanto que buscar otro camino: cambiar la forma de pensar de Occidente. Su forma de vivir, de relacionarse, hasta de divertirse. La reforma sería, por lo tanto, intelectual y moral. Una vez cambiada y erosionada la mentalidad de la mayoría, el poder civil como una fruta madura en manos del poder del estado porque ya no habría choques ni conflictos entre ambos.

Las ideas a imponer serían contrarias a una concepción trascendente de la vida. Habría que cerrarse a toda concepción religiosa que nos recuerde el Juicio Final y hablar solamente de “aquí abajo”, en una postura de inmanentismo total. La inmanencia es la actitud del hombre que vive en la Tierra como si fuera su patria definitiva. Es lo contrario de la visión trascendente de la vida. Finalmente hoy, inmersos en el gramscismo, si bien queda algo de fe en los corazones, se vive cotidianamente como si el mundo espiritual y sobrenatural no existiera, como si todo empezara y terminara acá abajo. Decimos que “en el fondo” somos católicos, pero a veces ese fondo tiene tantos metros de profundidad…que en nuestra vida diaria no se nota.

Habría entonces que corromper, disolver, erosionar, destruir sin ruido y sin descanso, subvirtiendo todos y cada uno de los valores enseñados por la cultura  cristiana. Burlarse, mofarse, ridiculizar, menospreciar, corroer, erosionar todas las virtudes y los valores que la Iglesia como madre y maestra había tendido a sus hijos para ponerlos de pie como personas.

Hoy han sido intencionalmente tan combatidas dentro de la sociedad, que al hombre moderno le resultan hasta desconocidas: la fe, la esperanza, la caridad, la prudencia, la justicia, la templanza, la fortaleza, la veracidad, la sinceridad, la honestidad, la austeridad, el respeto, la humildad, la gratitud, la obediencia, el patriotismo, la piedad, el honor, la lealtad, el valor, el pudor, la virginidad, la castidad, la fidelidad... etc. para esto, había que infiltrarse y tomar todos los ámbitos de la sociedad civil, introduciéndose en las leyes, la educación, los sindicatos, el arte, la ciencia, las empresas y hasta en la misma parroquia para hacer “saltar la propia Iglesia por dentro”… Gramsci pensaba que nadie como la Iglesia había contribuido a formar el “sentido común” de los pueblos, unificando las mentes y los corazones del campesino y del rey, de los analfabetos y de los intelectuales. Habría que apuntar los cañones otra vez hacia Ella, la principal responsable de unificar las mentes y los corazones del occidente cristiano.

La destrucción de las instituciones (Iglesia, Fuerzas armadas, Policía, Justicia, educación) demolería a la sociedad (masificándola y atomizándola) porque son quienes la encuadran y la mantienen de pie. La destrucción se haría descabezándolas y desprestigiándolas, para que los ciudadanos llegaran a pensar que las instituciones no eran necesarias. Sería como quebrar los huesos del esqueleto humano que arma y sostiene el cuerpo de la persona. Para Gramsci, nada mejor que un intelectual traidor, un militar manejable o traidor, un clérigo aguado o traidor, o hasta... un obispo cobarde y traidor. No haría falta que se declarasen marxistas, bastaría que ya no fuesen enemigos.

Mediante su revolución, que Gramsci diseñó hacerla a través de la cultura y los medios de comunicación, se iría volcando el contenido marxista en las cabezas (ya vacías) de las nuevas generaciones. Nacerían nuevas generaciones amorfas, sin sentido trascendente de la vida, sin Dios, sin Patria, sin raíces y ahora (con la “perspectiva de género” que niega el sexo impuesto por la naturaleza) hasta sin sexo definido. Jóvenes “re-programados” por el sistema, ya sin lazos afectivos que los ligasen a nada ni a nadie y por lo tanto manejables.

Sin Dios para adorar, sin Patria que defender (porque ya se la habrían quitado física y espiritualmente de a pedazos) sin padres que amar y respetar, sin familia que defender (y que los cuide y los ame por el sólo hecho de existir) serán el producto terminado de más de un siglo de educación atea y obligatoria en nuestra patria. Autónomos e independientes, irrespetuosos y anárquicos, repletos de críticas e insatisfechos, resentidos, violentos (contra los demás y contra sí mismos) con odio y sentimientos de lucha de clases, despreciando no sólo el enorme tesoro de la civilización cristiana sino el de la vida misma en todos los ámbitos (desde el aborto, la vida del compañero de clase, de la universidad o la eutanasia).

Algunos pocos por convicción libremente elegida, pero millones... por ignorancia por haber sido víctimas de una de una revolución que primero les envenenó el alma y el corazón vaciándoles de principios y de valores la cabeza. Una revolución que les habló solamente de sus derechos y jamás de sus deberes y obligaciones como personas. Una revolución perversa que odia al hombre y les vendió un mundo ficticio a contrapelo con el corazón y la naturaleza humana.

El mundo actual se encuentra diabólicamente diseñado por Gramsci, gracias, en gran parte, como él quería, a los intelectuales, a los medios de comunicación e Internet, quienes, (salvo honrosas excepciones), transmiten desde los dibujos animados para niños, sistemáticamente, sin parar y hasta el hartazgo, una moral enemiga de todo orden natural, de Cristo y de su Iglesia. La revolución que enfrentamos es un plan total de destrucción de la persona humana. Los que quieran sobrevivir tendrán que saberlo. Es la misma batalla espiritual en su fase final. Una batalla tan profunda, tan perfecta y tal bien organizada que su director no puede ser un hombre…sino el propio Satanás. Porque tomar un país para robarlo y saquearlo, para vivir rodeado de lujos y hasta de orgías, para sentirse adulado desde un balcón... forma parte de las miserias naturales de los seres humanos que vuelan bajo.

Pero…diseñar un plan de asfixiar el salario del hombre para obligar a la mujer a abandonar su hogar y aprovechar ahí a corromper la inocencia de los niños desde los jardines de infantes, enseñándoles a inflar preservativos como globos en las aulas primarias antes que a leer y a escribir, desgarrar las conciencias de los jóvenes llevándolos solamente a la perversión sexual, atiborrándolos de pornografía y de droga (en un camino generalmente sin retorno) para manejarlos, impedirles aprender su propia lengua para que no puedan en un futuro ni pensar, ni expresar lo que sienten, ni comunicarse con el prójimo o recibir la cultura y los valores de generaciones anteriores, apagar el fuego que brinda el calor de los hogares destruyéndolos, convencer a la mujer (naturalmente creada para concebir y guardar la vida que nace, que crece, que envejece y que muere) que lo peor que le puede pasar es tener un hijo o dedicarse a los suyos, sacarle al hombre la posibilidad de arrodillarse ante su Dios, de tener la esperanza de reencontrarse con sus seres queridos en el cielo, de sentir el alivio de recibir el perdón al haber pecado, de amar a sus padres y a sus abuelos, de respetar y admirar a sus superiores y maestros, de amar la tierra donde han nacido, de venerar a su bandera y tener el honor de morir por ella...Va más allá de la naturaleza caída… Esto no es sólo el hombre librado a su naturaleza caída…es un plan que aterra por lo diabólico.

Esta guerra tan hábilmente y diabólicamente concebida en la mente de Satán, este ataque al entendimiento y al sentido común (esa facultad interior natural que Dios nos dio a las personas para juzgar razonablemente las cosas conforme al buen juicio natural para discernir lo bueno de lo malo), es el arma a utilizar para tomar occidente.

Esta destrucción de los valores que le fueron tan familiares a los hombres durante siglos y que edificaron nuestra cultura cristiana, fue muy mal enfrentada y resistida desde un principio por quienes tenían el deber moral de defenderlos, de iluminarnos, de protegernos, de denunciar la mentira y el ataque y contrarrestarlo enseñando la Verdad, porque en la cadena de responsabilidades ante Dios, siempre hay instancias superiores a otras.


Por: Marta Arrechea Harriet de Olivero | Fuente: Catholic.net

23 ago 2015

Causas de la crisis contemporánea



Revolución y Contra-Revolución


A. Decadencia de la Edad Media
Ya esbozamos en la Introducción del libro “Revolución y Contra-Revolución” los grandes trazos del proceso de decadencia de la Cristiandad. Es oportuno añadir aquí algunos pormenores.


El apetito de los placeres terrenos se va transformando en ansia. Las diversiones se van volviendo más frecuentes y más suntuosas.
En el siglo XIV comienza a observarse, en la Europa cristiana, una transformación de mentalidad que a lo largo del siglo XV crece cada vez más en nitidez. El apetito de los placeres terrenos se va transformando en ansia. Las diversiones se van volviendo más frecuentes y más suntuosas. Los hombres se preocupan cada vez más con ellas. En los trajes, en las maneras, en el lenguaje, en la literatura y en el arte el anhelo creciente por una vida llena de deleites de la fantasía y de los sentidos, va produciendo progresivas manifestaciones de sensualidad y molicie. Hay un paulatino perecimiento de la seriedad y de la austeridad de los antiguos tiempos.

Todo tiende a lo risueño, a lo gracioso, a lo festivo. Los corazones se desprenden gradualmente del amor al sacrificio, de la verdadera devoción a la Cruz, y de las aspiraciones de santidad y vida eterna.
Todo tiende a lo risueño, a lo gracioso, a lo festivo. Los corazones se desprenden gradualmente del amor al sacrificio, de la verdadera devoción a la Cruz, y de las aspiraciones de santidad y vida eterna. La Caballería, otrora una de las más altas expresiones de la austeridad cristiana, se vuelve amorosa y sentimental, la literatura de amor invade todos los países, los excesos del lujo y la consecuente avidez de lucros se extienden por todas las clases sociales.
Tal clima moral, al penetrar en las esferas intelectuales, produjo claras manifestaciones de orgullo, como el gusto por las disputas aparatosas y vacías, por las argucias inconsistentes, por las exhibiciones fatuas de erudición, y lisonjeó viejas tendencias filosóficas, de las cuales triunfara la Escolástica, y que ahora, ya relajado el antiguo celo por la integridad de la Fe, renacían con nuevos aspectos. El absolutismo de los legistas, que se engalanaban con un conocimiento vanidoso del Derecho Romano, encontró en Príncipes ambiciosos un eco favorable. Y pari passu se fue extinguiendo en grandes y pequeños la fibra de otrora para contener al poder real en los legítimos límites vigentes en los días de San Luis de Francia y de San Fernando de Castilla.

B. Pseudo-Reforma y Renacimiento


El tipo humano, inspirado en los moralistas paganos, que aquellos movimientos introdujeron como ideal en Europa, así como la cultura y la civilización coherentes con este tipo humano, ya eran los legítimos precursores del hombre ávido de ganancias, sensual, laico y pragmático de nuestros días
Este nuevo estado de alma contenía un deseo poderoso, aunque más o menos inconfesado, de un orden de cosas fundamentalmente diverso del que había llegado a su apogeo en los siglos XII y XIII.
La admiración exagerada, y no pocas veces delirante, por el mundo antiguo, sirvió como medio de expresión a ese deseo. Procurando muchas veces no chocar de frente con la vieja tradición medieval, el Humanismo y el Renacimiento tendieron a relegar la Iglesia, lo sobrenatural, los valores morales de la Religión, a un segundo plano. El tipo humano, inspirado en los moralistas paganos, que aquellos movimientos introdujeron como ideal en Europa, así como la cultura y la civilización coherentes con este tipo humano, ya eran los legítimos precursores del hombre ávido de ganancias, sensual, laico y pragmático de nuestros días, de la cultura y de la civilización materialistas en que cada vez más nos vamos hundiendo. Los esfuerzos por un Renacimiento cristiano no lograron aplastar en su germen los factores de los cuales resultó el triunfo paulatino del neopaganismo.
En algunas partes de Europa, este neopaganismo se desarrolló sin llevarlas a la apostasía formal. Importantes resistencias se le opusieron. E incluso cuando se instalaba en las almas, no osaba pedirles -al principio por lo menos- una ruptura formal con la Fe.


El orgullo dio origen al espíritu de duda, al libre examen, a la interpretación naturalista de la Escritura. Produjo la insurrección contra la autoridad eclesiástica
Pero en otros países embistió abiertamente contra la Iglesia. El orgullo y la sensualidad, en cuya satisfacción está el placer de la vida pagana, suscitaron el protestantismo.
El orgullo dio origen al espíritu de duda, al libre examen, a la interpretación naturalista de la Escritura. Produjo la insurrección contra la autoridad eclesiástica, expresada en todas las sectas por la negación del carácter monárquico de la Iglesia Universal, es decir, por la rebelión contra el Papado. Algunas, más radicales, negaron también lo que se podría llamar la alta aristocracia de la Iglesia, o sea, los Obispos, sus Príncipes. Otras negaron incluso el propio sacerdocio jerárquico, reduciéndolo a una mera delegación del pueblo, único detentor verdadero del poder sacerdotal.
En el plano moral, el triunfo de la sensualidad en el protestantismo se afirmó por la supresión del celibato eclesiástico y por la introducción del divorcio.

C. Revolución Francesa


La obra política de la Revolución Francesa no fue sino la transposición, al ámbito del Estado, de la “reforma” que las sectas protestantes más radicales adoptaron en materia de organización eclesiástica
La acción profunda del Humanismo y del Renacimiento entre los católicos no cesó de dilatarse en una creciente cadena de consecuencias en toda Francia. Favorecida por el debilitamiento de la piedad de los fieles -ocasionado por el jansenismo y por los otros fermentos que el protestantismo del siglo XVI desgraciadamente había dejado en el Reino Cristianísimo- tal acción tuvo por efecto en el siglo XVIII una disolución casi general de las costumbres, un modo frívolo y brillante de considerar las cosas, un endiosamiento de la vida terrena, que preparó el campo para la victoria gradual de la irreligión. Dudas en relación a la Iglesia, negación de la divinidad de Cristo, deísmo, ateísmo incipiente fueron las etapas de esa apostasía.
Profundamente afín con el protestantismo, heredera de él y del neopaganismo renacentista, la Revolución Francesa realizó una obra del todo y en todo simétrica a la de la Pseudo-Reforma. La Iglesia Constitucional que ella, antes de naufragar en el deísmo y en el ateísmo, intentó fundar, era una adaptación de la Iglesia de Francia al espíritu del protestantismo. Y la obra política de la Revolución Francesa no fue sino la transposición, al ámbito del Estado, de la “reforma” que las sectas protestantes más radicales adoptaron en materia de organización eclesiástica:
– rebelión contra el Rey, simétrica a la rebelión contra el Papa;
– rebelión de la plebe contra los nobles, simétrica a la rebelión de la “plebe” eclesiástica, es decir, de los fieles, contra la aristocracia de la Iglesia, es decir, el Clero;
– afirmación de la soberanía popular, simétrica al gobierno de ciertas sectas, en mayor o menor medida, por los fieles.

D. Comunismo


La Revolución de la Sorbonne en 1968 difundió por todo el mundo un espíritu anárquico y libertario
En el protestantismo nacieron algunas sectas que, transponiendo directamente sus tendencias religiosas al campo político, prepararon el advenimiento del espíritu republicano. San Francisco de Sales, en el siglo XVII, previno contra estas tendencias republicanas al Duque de Saboya (cfr. Sainte-Beuve, “Études des lundis” – XVII ème siècle – Saint François de Sales”, Librairie Garnier, París, 1928, p. 364). Otras, yendo más lejos, adoptaron principios que, si no pueden ser llamados comunistas en todo el sentido actual del término, son por lo menos pre-comunistas.
De la Revolución Francesa nació el movimiento comunista de Babeuf. Y más tarde, del espíritu cada vez más vivaz de la Revolución, irrumpieron las escuelas del comunismo utópico del siglo XIX y el comunismo llamado científico de Marx.
¿Y qué hay de más lógico? El deísmo tiene como fruto normal el ateísmo. La sensualidad, sublevada contra los frágiles obstáculos del divorcio, tiende por sí misma al amor libre. El orgullo, enemigo de toda superioridad, habría de embestir contra la última desigualdad, es decir, la de fortunas. Y así, ebrio de sueños de República Universal, de supresión de toda autoridad eclesiástica o civil, de abolición de toda Iglesia y, después de una dictadura obrera de transición, también del propio Estado, ahí está el neo-bárbaro del siglo XX, producto más reciente y más extremado del proceso revolucionario.