Al mediocre le parece ridículo todo lo que está encima de él,...
...porque teme las cosas superiores. Al activista de la mediocridad le queda al actuar una preocupación: es el miedo a comprometerse.
«Al mediocre le agradan los escritores que no dicen ni sí ni no, sobre ningún tema, que nada afirman y que tratan con respeto todas las opiniones contradictorias.
«Toda afirmación les parece insolente, pues excluye la proposición contraria. Pero si alguien es un poco amigo y un poco enemigo de todas las cosas, el mediocre lo considerará sabio y reservado, admirará su delicadeza de pensamiento y elogiará el talento de las transiciones y de los matices.
«Para escapar a la censura de intolerante, hecha por el mediocre a todos los que piensan sólidamente, sería necesario refugiarse en la duda absoluta; y aún en tal caso, sería preciso no llamar a la duda por su nombre. Es necesario formularla en términos de opinión modesta, que reserva los derechos de la opinión opuesta, toma aires de decir alguna cosa y no dice nada. Es preciso añadir a cada frase una perífrasis azucarada: «parece que», «osaría decir que», «si es lícito expresarse así».
«Al activista de la mediocridad le queda al actuar una preocupación: es el miedo a comprometerse. Así, expresa algunos pensamientos robados a Perogrullo (1), con la reserva, la timidez y la prudencia de un hombre receloso de que sus palabras, por demás osadas, estremezcan al mundo.
«Al juzgar un libro, la primera palabra de un hombre mediocre se refiere siempre a un pormenor, habitualmente un pormenor de estilo. «Está bien escrito», dice él, cuando el estilo es corriente, incoloro, tímido. «Está mal escrito», afirma él, cuando la vida circula en una obra, cuando el autor va creando para sí un lenguaje a medida que habla, cuando expresa sus pensamientos con ese desembarazo osado que es la franqueza de un escritor.
“El mediocre detesta los libros que obligan a reflexionar. Le agradan los libros parecidos a todos los otros, los que se ajustan a sus hábitos, que no hacen romper su molde, que caben en su ambiente, que los conoce de memoria antes de haberlos leído, porque tales libros se parecen a todos los otros que él leyó desde que aprendió a leer.
«El hombre mediocre dice que hay algo de bueno y de malo en todas las cosas, que es preciso no ser absoluto en su juicio, etc.
«Si alguien afirma categóricamente la verdad, el mediocre lo acusará de exceso de confianza en sí mismo. El, que tiene tanto orgullo, no sabe qué es el orgullo. Es modesto y orgulloso, dócil frente a Marx y rebelde contra la Iglesia. Su lema es el grito de Joab: «Soy audaz solamente contra Dios».
«El mediocre, en su temor de las cosas superiores, afirma amar ante todo el sentido común; sin embargo no sabe qué es el sentido común. Pues por esas palabras entiende la negación de todo cuanto es grande.
«El hombre inteligente eleva su frente para admirar y para adorar; el mediocre eleva la frente para bromear; le parece ridículo todo lo que está encima de él, y el infinito le parece el vacío».
(1)»Monsieur de la Palisse», en el original francés
Escritos de Ernest Hello (1828-1885), célebre hagiógrafo francés
La mentalidad de la «tercera familia» es universal. Suspiran delante de la contradicción caótica de nuestros días, se aturden… y no pasan de esto. Ser coherentes les parece duro, desalmado, rígido. En una palabra, inhumano.
Ante el caos de nuestros días, van siendo más raros los que consiguen sustentar ante él la despreocupación risueña y benigna de otrora
Vivimos en pleno caos.
Al leer esta frase inicial, habrá quien haya pensado: «¡Qué manera banal de comenzar éste artículo!»
Realmente, banal, banalísimo.
Y ese concepto, ya de por sí banal, lo presento en su forma más elemental y, por así decir, perogrullesca, para realzar hasta el paroxismo su banalidad. De este modo puedo hacer sentir a los lectores, incluso a los más optimistas, hasta qué punto es verdadero, evidente, indiscutible, que vivimos realmente en un caos. Ya que, en este caso, como muchos otros, banalidad es sinónimo de evidencia.
Esa sensación de lo caótico nos asalta a cada paso, en la vida cotidiana. En todo momento vemos personas cuyo procedimiento de hoy está en contradicción con el de ayer, y entrará en contradicción con el de mañana. A veces, en la misma conversación, e incluso en una misma frase, nuestro interlocutor exterioriza convicciones que la lógica señala como incompatibles entre sí. Y es cada vez más raro que encontremos personas que se manifiesten coherentes con algunos tantos principios fundamentales en todo cuanto piensan, dice y hacen.
En la apreciación de este cuadro, las personas se clasifican en tres principales familias de almas:
a) Unos “los menos numerosos” comprenden, admiran y aplauden la coherencia. Por esto, estigmatizan la ilogicidad del ambiente y le imputan los peores frutos presentes y futuros;
b) otros cierran los ojos y, cuando no pueden dejar de verlo, procuran justificarlo: la contradicción sería, según ellos, la ruptura necesaria del equilibrio ideológico de otras eras, el efecto típico del tumultuar fecundo de las épocas de transición. Por esto, la contradicción no produce desastres, sino en la epidermis de la realidad, y tiene que ser vista en último análisis, con benigna y sonriente indulgencia. La familia de almas que piensa de este modo era muy numerosa hasta hace algunos años. Pero viendo que el así llamado tumultuar fecundo de las contradicciones va tomando el cuño de una farándula de ritmo endiablado y consecuencias siniestras, van siendo más raros los que consiguen sustentar ante ella la despreocupación risueña y benigna de otrora;
Una opción que aterroriza a las personas: por un lado, el caos entra como un tifón en su vida y, por otro lado, tener coherencia les parece duro, desalmado, rígido. En una palabra, inhumano.
c) bastante más numerosas son las personas que constituyen el tercer grupo o familia de almas. Suspiran delante de la contradicción caótica de nuestros días, se aturden… y no pasan de esto. Cambiar de posición les parece imposible. Pues aunque la contradicción las asuste, por otro lado, antipatizan, en lo más profundo de su alma, con la coherencia. Les gustaría prolongar, contra viento y marea, su mundo agonizante, que resulta del «equilibrio» de ideas contradictorias, las cuales se «moderan» unas a las otras, en amable coexistencia. Y como para esa familia de almas las ideas están hechas para flotar en el aire, sin relación con la realidad, no hay, según ella, el menor riesgo de que ese «equilibrio» de contradicciones venga a romperse algún día, perjudicando el pacato y buen ordenamiento de los hechos.
Esta situación, intrínsecamente desequilibrada, es vista por esta familia de almas como la quintaesencia del equilibrio. Y como la experiencia prueba irrefutablemente la inviabilidad de ese equilibrio, ella se encuentra delante de una opción que la aterroriza: por un lado, el caos entra como un tifón dentro de su casa y de su vida y, por otro lado, una coherencia que parece correcta tal vez en el plano de la lógica, pero dura, desalmada, rígida, en una palabra, inhumana. Trémulas delante de esta opción, las personas pertenecientes a esta familia de almas se detienen. Y se quedan suspirando de brazos cruzados, a la espera obstinada de alguna cosa que haga pasar el caos, sin que se tenga que implantar el reinado de la coherencia. Vamos a los ejemplos concretos, en relación a la tercera familia de almas.
Esta situación, intrínsecamente desequilibrada, es vista por esta familia de almas como la quintaesencia del equilibrio. Y como la experiencia prueba irrefutablemente la inviabilidad de ese equilibrio, ella se encuentra delante de una opción que la aterroriza: por un lado, el caos entra como un tifón dentro de su casa y de su vida y, por otro lado, una coherencia que parece correcta tal vez en el plano de la lógica, pero dura, desalmada, rígida, en una palabra, inhumana. Trémulas delante de esta opción, las personas pertenecientes a esta familia de almas se detienen. Y se quedan suspirando de brazos cruzados, a la espera obstinada de alguna cosa que haga pasar el caos, sin que se tenga que implantar el reinado de la coherencia. Vamos a los ejemplos concretos, en relación a la tercera familia de almas.
¡Cuántos hogares hay que acogen con una sonrisa cómplice la novela de televisión inmoral, o el libro sentimental y sensual, que pinta con colores fascinantes la imagen de la vida más disoluta!
En este hogar se nutre la certeza de que tales ilusiones no producen sino efectos platónicos. Sin embargo, si el hijo o la hija se descarrían, declaran que «ya no entienden nada», y que «el mundo de hoy es un caos».
Cuántos propietarios proclaman ante de sus hijos o sus empleados las ideas más radicalmente igualitarias; toda superioridad de categoría es para ellos un insulto a la dignidad humana. (Esto no le impide por lo demás hacer buenos negocios y conseguir opulentos lucros…) Si su hijo, o su hija, se vuelven comunistas, se asustan. Si el empleado bien remunerado hace agitación, se desconcierta. No comprende que el caos y el desorden que él mismo predicó hayan producido frutos amargos de caos.
En esa familia de almas se profesa un cómodo y risueño desorden de ideas. Y por esto, dicha familia de almas se hunde en el susto y el llanto.
Sin embargo, en la misma familia que imaginamos, en que entran la novela y el libro inmoral, el padre y la madre a veces predican también, para mantener el equilibrio basado en la contradicción, algunos principios cristianos de moral o de orden. Hablan sobre la legitimidad de la propiedad, declaman contra el comunismo y mantienen el respeto por ciertas tradiciones morales.
En la misma fábrica cuyo dueño se dice socialista avanzado, se hace propaganda anticomunista. Y si de repente, un hijo suyo o un obrero, se dedica a la defensa de esos principios, la sorpresa, primero, y la antipatía después, son enormes. ¿Cómo imaginar que ese «equilibrio» se desatase en una opción coherente? ¿Que esos principios pudiesen dejar el mundo platónico de las ideas para engendrar militantes que los quisiesen inserir en el orden concreto de los hechos? ¿Cómo aceptar la presencia, en la convivencia familiar, de personas coherentes, lógicas, que toman en serio lo que se les enseñó sobre los fundamentos del orden social y de la civilización cristiana?
Así, en suma, en esa familia de almas se profesa un cómodo y risueño desorden de ideas. Desorden que viene de la convivencia, en una región totalmente platónica, entre fragmentos de bien y de mal, de error y de verdad. Algunos, en ese ambiente, optan por la integridad del desorden. Otros, por la del orden. Y por esto, en esa familia de almas se hunde en el susto y el llanto.
La situación de esa familia de almas suscita problemas de la mayor importancia. ¿La ruina de este equilibrio de contradicciones no implica una marcha hacia la unilateralidad, la exageración, en suma, la radicalización?
¿En caso afirmativo, lo contrario de la radicalización es la incoherencia?
En estas preguntas se retuerce y aflige hoy, la tercera familia de almas.
Hay un grave prejuicio al afirmar que toda jerarquía es ilegítima y arbitraria, por que cualquier distinción implicaría tratar mal al inferior
1. Sentidos de la palabra “discriminación”
Contenidos
Discriminar viene del latín discrimen, derivado de discernere, separar, dividir. María Moliner, en su Diccionario de Uso del Español, señala que la primera acepción es “diferenciar, discernir, distinguir. Apreciar dos cosas como distintas o como desiguales”. Por tanto, quien raciocina, discierne, distingue u ordena, necesariamente discrimina.
Ese sentido originario fue siendo substituido por otro peyorativo, como explica María Moliner: “acepción recientemente aceptada por la Real Academia para la inclusión en el Diccionario (…) Específicamente, dar trato de inferioridad en una colectividad a ciertos miembros de ella, por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.”
2. ¿Cómo evolucionó este concepto de discriminación?
Así, el criterio de “no-discriminación” dejó de ser objetivo: la existencia de cualquier jerarquía es considerada como un intento de disminuir a otros; renace la idea socialista según la cual toda diferencia hace sufrir al inferior, aunque éste sea tratado dignamente; y, para evitar tal sufrimiento, habría que suprimir toda desigualdad.
Daniélle Lochak, de la Universidad de Nanterre, proclama este prejuicio al afirmar que toda jerarquía es ilegítima y arbitraria, pues cualquier distinción implica tratar mal al inferior:
“Discriminar, en el lenguaje corriente, ya no es más simplemente separar, sino separar jerarquizando, tratando más mal a aquellos que precisamente serán llamados víctimas de una discriminación. El adjetivo ‘discriminatorio’ designa, así, exclusivamente un comportamiento o un acto que tiende a distinguir un grupo humano o una persona de los otros, en su detrimento La discriminación es la distinción o la diferencia de trato ilegítima: ilegítima porque arbitraria, y prohibida por ser ilegítima”.[1]
Según eso, los menos favorecidos son discriminados por el nacimiento o por la vida, y la sociedad debe corregir tal desventaja. Lo afirmaba Michael Banton, del Comité de la ONU para la eliminación de la discriminación racial: “La desventaja es frecuentemente transmitida de una generación a la otra. Puede crear imágenes desfavorables de ciertos grupos y éstas pueden, a su vez, ser causa de una desigualdad de trato. Habrá entonces discriminación, aunque no sea percibida como tal”.[2]
3. Las nuevas minorías privilegiadas
Se cuentan también entre las víctimas quienes son excluidos de los “espacios simbólicos”, o sea, de los valores culturales aceptados por la sociedad, por practicar estilos de vida “alternativos”, contra las normas vigentes: drogadictos, travestíes, homosexuales, prostitutas, etc. [3], a quienes entonces se procura promover.
Tal criterio absurdo de “no-discriminación” que favorece a esos “grupos minoritarios”, para compensar la desventaja de que serían víctimas, en el fondo los transforma en una clase privilegiada, no en razón de sus méritos, derechos, necesidades o roles en la sociedad, sino por causa de sus desviaciones morales, transformándolos en agentes de la degradación.
4. Pascal Allende y la nueva lucha de clases
Así, el concepto marxista de “explotado” va siendo sustituido por los de “postergado”, “excluido” y “marginado”, los cuales incluyen a todos los que de algún modo se creen menos beneficiados por la sociedad, por encontrarse en una posición inferior, aunque sea digna.
Es lo que señalaba Andrés Pascal Allende: “estamos empezando a vivir un proceso en que se va a producir una confluencia de organizaciones sociales, políticas que van a tender a generar una nueva corriente de movimientos revolucionarios en Chile (…)”. [4]
5. La nueva “lucha de clases” promovida por la Concertación
Jorge Arrate: “Una sociedad sin discriminación es una utopía, pero hay que intentar acercarse a ella”.
En este marco de la nueva lucha de clases, se entiende por qué el diputado Nelson Ávila dijo en la Cámara que la existencia de colegios particulares pagados constituye una discriminación, puesto que por razones de tipo económico no todos pueden acceder a ellos.
En el mismo sentido se pronunciaron los diputados Velasco (DC), Valenzuela (PS), Gutiérrez (DC) y Letelier (PS) [5]. Para ellos, aunque todos los niños estudien, si algunos reciben una educación mejor, es una discriminación intolerable.
Asimismo, para Jaime Aymerich, profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Chile, la jerarquía social tradicional revelaría un “racismo de la desigualdad”, que “asociado a la división de la sociedad en clases sociales y sus modalidades de estratificación social”, “genera prejuicios de raza fuertemente imbricados con los prejuicios de clase”.[6]
El mismo rechazo a la existencia de una clase tradicional aparece en las palabras de Jorge Arrate, ex Ministro Secretario General de Gobierno, en uno de los Foros sobre discriminación:
“Una sociedad sin discriminación es una utopía, pero hay que intentar acercarse a ella. Y una de las cosas que hay que hacer es desenmascarar. Por ejemplo, un país donde según las encuestas se discrimina a los que no son rubios y que, por lo mismo, discrimina a la mayoría, [es] un país que se discrimina a sí mismo. Lo que indica que unos pequeños grupos de personas imponen una hegemonía en el modo de ser, en la manera de pensar, con cosas tan absurdas como preferir a mujeres rubias y no morenas para un trabajo. Tenemos que propender a sancionar las discriminaciones por edad, las de clase social, las de género, las de lugar de residencia que se dan muy fuertes en el mercado de trabajo”.[7]
Igual retórica usaba Francisco Estévez, para quien “en Chile el racismo asocia el color de la piel a un status socioeconómico”, pues “a las personas que están cerca del biotipo nórdico las oportunidades les resultan más asequibles que a quienes, en sus rasgos fisionómicos, se aproximan al biotipo indígena”[8], mientras el diputado Navarro afirmaba que “en Chile hay discriminación, pero no como la de Europa”, pues “aquí es oculta, inconsciente, silenciosa”.[9]
Como se ve, pese al fracaso mundial de la utopía socialista, quienes la impulsaban no renunciaron al igualitarismo radical, pues en toda forma de distinción, aunque sea legítima y proporcionada, ven un perjuicio o una injusta discriminación.
6. La “no-discriminación” niveladora es contraria a la doctrina católica
El Papa Pío XII
Ese igualitarismo radical es contrario a la doctrina católica tradicional, la cual propicia una armoniosa jerarquía entre las clases sociales. En efecto, Pío XII afirmó la legitimidad de las desigualdades de cultura, riquezas y situación social, que derivan de la naturaleza misma de las cosas, e indicó que ellas “lejos de menoscabar en modo alguno la igualdad civil, confieren a ésta su legítimo significado”; y agregó que “cada ciudadano tiene el derecho de vivir honradamente su propia vida personal en el puesto y en las condiciones en que los designios y las disposiciones de la Providencia le han colocado”.[10]
Una desigualdad armónica
A su vez, San Pío X enseñó que
“en la sociedad humana, es conforme a la ordenación de Dios que haya gobernantes y gobernados, patronos y empleados, ricos y pobres, sabios e ignorantes, nobles y plebeyos, los cuales, unidos todos por un vínculo de amor, se ayuden mutuamente a conseguir su último fin en el Cielo y, sobre la tierra su bienestar material y moral”.[11]
La caridad contraria a la lucha de clases
Ese vínculo de mutua caridad es contrario a la envidia y la lucha de clases, como Juan Pablo II denunció en su discurso a los estudiantes de Belo Horizonte (Brasil):
“Aprendí que un joven comienza peligrosamente a envejecer, cuando se deja engañar por el principio fácil y cómodo de que ‘el fin justifica los medios’, cuando pasa a creer que la única esperanza para mejorar la sociedad está en promover la lucha y el odio entre grupos sociales, en la utopía de una sociedad sin clases, que se revela bien temprano en la creación de nuevas clases”. [12]
La diversidad de las clases sociales
Además, Juan XXIII afirmó que “quien osa negar la diversidad de las clases sociales contradice el propio orden de la naturaleza” y que “los que se oponen a esta colaboración amistosa y necesaria entre las clases buscan, sin duda, perturbar y dividir la sociedad para mayor daño del bien público y privado”.[13]
Respeto a los derechos esenciales
El bien común exige, pues, que se asegure a todos los habitantes sus derechos esenciales y condiciones de vida suficientes, dignas y estables, y que los más capaces tengan, además de aquello que produjeron o recibieron de sus mayores, la preeminencia y autoridad que les corresponde. La constitución desigual de la sociedad favorece decisivamente el progreso de ésta y cohibirla acarrea el estancamiento y la decadencia general.
Pío XI enseñó que
“así como en un organismo viviente no se atiende suficientemente a la totalidad del organismo si no se da a cada parte y a cada miembro lo que éstos necesitan para ejercer sus funciones propias, de la misma manera no se puede atender suficientemente a la constitución equilibrada del organismo social y al bien de toda la sociedad si no se da a cada parte y a cada miembro, es decir, a los hombres, dotados de la dignidad de persona, todos los medios que necesitan para cumplir su función social particular”.[14]
Desigualdad proporcionada de deberes y privilegios
De esa reciprocidad de servicios entre la sociedad y las personas, familias y clases que la forman, resulta una desigualdad proporcionada de deberes y privilegios: quienes ocupan posiciones superiores, que son los que más dan a la sociedad y al Estado, deben recibir mayores honras y medios proporcionados para cumplir su tarea; y los que ocupan posiciones inferiores deben ser especialmente protegidos por los primeros.
No es, por tanto, una discriminación ilegítima que, en función de la diversidad de posiciones, haya desigualdad de derechos accidentales entre los miembros de la sociedad. Así lo enseña Pío XI, al advertir que
“es errónea la afirmación de que todos los ciudadanos tienen derechos iguales en la sociedad civil y no existe en el Estado jerarquía legítima alguna”.[15]
Podemos comprender, pues, que la “democratización cultural” promovida por la Concertación es profundamente injusta y contraria al orden natural, y que tiende a transformarse en un factor permanente de conflicto social. Ello se volverá aún más evidente en los próximos capítulos, al analizar en detalle los diferentes proyectos legislativos en curso. ————————————————————–
[1] Daniélle Lochak, “Réflexions sur la notion de discrimination”, in Droit Social, N° 11, Noviembre de 1987, pág. 778
[2] Coloquio ” Exclusión, igualdad ante la ley y no discriminación”, Secretariado General del Consejo de Europa, p. 34
[3] Consejo de Estado francés, Informe Sur le principe d’égalité, La Documentation française, 1997, pág. 45
[4] Revista “Rocinante”, Año III, N° 19, Mayo 2000, pág. 17.
[5] Legislatura 341, 5 de Octubre de 1999
[6] Seminario ¿Intolerantes y discriminadores? Diálogo académico y social, Ministerio Secretaría General de Gobierno “ División de Organizaciones, Departamento de Estudios, Santiago, Enero 1999, pág. 25
[7] Ibídem, pág. 16
[8] Revista ” Mensaje”, N° 483, Octubre de 1999, pág. 481-33
[9] Legislatura 341, Sesión 51, 11 de Mayo de 2000.
Prefiero al hombre que
eleva la voz para decir sin ambages lo que piensa, aunque lo que piensa sea
erróneo, que al hombre que oculta o disfraza lo que piensa. Porque el primero
es plenamente humano, aunque insista en el error (o precisamente por ello mismo),
mientras que el ‘moderadito’, bajo
su pérfida apariencia de neutralidad amable, es un ser pérfido.
Y es que el rasgo más
característico del ‘moderadito’ es
su gustosa permanencia en el redil de las ideas recibidas, que repite como un
lorito, a la espera de la ración de cañamones que premie su conformidad.
El ‘moderadito’ nunca tiene iniciativa,
siempre adopta los usos del mundo, siempre asume las modas de la época, siempre
corea o imita (con virtuosismo de ventrílocuo) las voces del momento. Todo lo
que sea salirse de las pautas establecidas le parece exageración y desafuero;
todo lo que sea expresarse con entusiasmo, con ardor, con crudeza, con
vehemencia, le provoca disgusto, aversión, escándalo. El ‘moderadito’, aunque en su fuero interno no profesa sinceramente
ningún principio, puede disimular de puertas afuera que los profesa; pero con
la condición de que sean principios hueros, meras declaraciones retóricas,
principios que no se apliquen o se puedan aplicar aguadamente.
Y, por supuesto, si
alguien expresa esos mismos principios con un tono encendido y pretende
aplicarlos sin reservas, se le antojará un energúmeno; y preferirá al que
proclama los principios contrarios, siempre que lo haga con corrección, con
morigeración, con fría y educada tibieza. Por supuesto, al ‘moderadito’ las afirmaciones o negaciones netas le provocan
horror, porque lo obligan a tomar partido; prefiere las opiniones que picotean
de todos los cestos, las expresiones brumosas, el sincretismo ambiguo, la
borrosidad huera, la perogrullada, el mamoneo, el matiz. ¡Cómo le gustan al ‘moderadito’ los matices! Se moja las
bragas matizando, el tío; y si, además de matizar, puede ‘consensuar’, entonces
ya es que se corre de gusto. Nada gusta tanto al ‘moderadito’ como ceder una porción de lo que piensa (pues todo lo
que piensa carece de valor) a cambio de tomar una porción de la opinión
contraria; pues sabe que en este sopicaldo mental su babosería e inanidad pasan
inadvertidas.
El ‘moderadito’ odia al hombre que se
compromete y empeña su prestigio en defender una posición, porque sabe que su
actitud gallarda deja en evidencia su cobardía. Si, además, el comprometido es
hombre de verbo fácil y escritura lozana que se derrama con franqueza
incontenible e incluso con cierta falta de pudor, el odio del ‘moderadito’ alcanzará cúspides
diabólicas; y empeñará sus fuerzas en desprestigiar al hombre comprometido,
acusándolo de charlatanería, de radicalismo, de intemperancia, de cualquier
vicio real o inventado que lo haga aparecer ante los ojos del mundo como un
orate. El ‘moderadito’ odia al
hombre comprometido como el eunuco odia al hombre viril; y no vacilará en
conseguir su condena al ostracismo (pero siempre de forma indolora, que para
eso es ‘moderadito’).
El ‘moderadito’ considera que en toda
opinión hay algo bueno y algo malo y que todo pensamiento que se expresa sin
ambages es expresión de ciega soberbia. Naturalmente, todo esto son artimañas
alevosas para convencernos de que su tibieza y cobardía son prudencia,
tolerancia, sentido común. El ‘moderadito’
defiende los hábitos adquiridos, las inercias prejuiciosas, las convenciones
establecidas y, en fin, todo lo que envuelve a las personas y a los pueblos en
las telarañas de la pereza mental, de la repetición fofa, del estereotipo; en
cambio, odia las tradiciones auténticas, que trata de convertir en costumbres
maquinales y carentes de significado (y así, por ejemplo, el ‘moderadito’ puede llegar a participar
en una procesión de Semana Santa y hasta del Corpus tan campante, con la misma
aséptica complacencia con la que puede también participar en un desfile de
carrozas del Orgullo Gay).
El ‘moderadito’ nunca se enfurece, nunca
se exalta, siempre nada a favor de la corriente. Odia al pecador arrepentido,
cuyos errores pretéritos gusta mucho de airear; porque para pecar y para
arrepentirse hace falta dominar y ser dominado por las pasiones, y el ‘moderadito’, que es de sangre fría
como las culebras, ha reprimido todas sus pasiones.
Al ‘moderadito’ le repugnan los hombres
atormentados, porque con sus imperfecciones y recaídas muestran una aspiración
doliente al ideal; y el ‘moderadito’
quiere que su ramplonería y neutralidad se conviertan en tabla rasa que nivele
la grandeza y la miseria humanas. Porque el ‘moderadito’ es un hombre sin grandeza y sin miseria, es un hombre
que no se indigna, que no se asombra, que no rabia, que no se humilla ni se
arrepiente.
El ‘moderadito’ carece de orgullo para
erguirse y de humildad para arrodillarse; porque, al fin, es un despojo humano,
un hijo del demonio, un reptil al que conviene pisar cuando nos lo tropezamos
en el camino, antes de que nos muerda con su veneno.
Una de putrefacción interna
dentro de las filas católicas: esta es la máquina decisiva. Y la otra,
es la que derriba la muralla podrida.
De ellas, la más peligrosa es la putrefacción interna.
Las
instituciones nunca pueden ser derribadas si quienes las representan
son enteramente fieles a su deber. El triunfo de las revoluciones se
debe a la debilidad de los defensores del orden
Las instituciones
católicas, sobre todo por su tarea sobrenatural, tienen una fortaleza
extraordinaria: nunca pueden ser derribadas si quienes las representan
son enteramente fieles a su deber
Carl von Clausewitz, uno de los grandes teóricos de la guerra, nos
enseñó que la victoria sobre un pueblo no consiste en destruirlo
físicamente, sino en quitarle la determinación de luchar.
Fuerza de las instituciones católicas
Contenidos
Las instituciones católicas por ser sobrenaturales, por ser
admirables, por estar apoyadas en toda a especie de razones, sobre todo
por su tarea sobrenatural, tienen una fortaleza extraordinaria: nunca
pueden ser derribadas si quienes las representan son enteramente fieles a
su deber.
La única forma que tiene la Revolución para demolerlas es introducir
agentes o pudrir gente dentro de ellas. Así, el movimiento hacia el
abismo tendrá su punto inicial allí. Si consiguen hacer esto, es casi
imposible revertir el proceso.
Las lecciones de la Historia
La Historia está llena de ejemplos que ilustran esta situación. Por
ejemplo, la España visigoda. España que había tenido mártires, ¿cómo fue
derribada de un momento al otro por las hordas musulmanas?
Es un hecho histórico comprobado que existían católicos, que de hecho
eran arrianos, y que fueron quienes entregaron España a los moros. Como
todos los herejes, ellos tienen simpatías por cualquier otra herejía
que les ayude a destruir la Iglesia Católica.
Otro ejemplo es la victoria del protestantismo. Esta no se debió en
realidad a que existían clérigos de mal espíritu, superficiales,
despreocupados, indolentes y liberales. Hubo una alta autoridad
religiosa en la época que dijo que no había que tomar en serio algo que
no pasaba de una pelea entre religiosos.
El Cardenal Mercier, gran arzobispo de Malines, comentó que si en la
Cátedra de San Pedro hubiese en tiempos del protestantismo un San Pío X,
es posible que éste no hubiera conquistado una tercera parte de Europa.
La destrucción de las instituciones
Lo mismo se puede decir de las instituciones temporales nacidas de la Civilización cristiana.
¿Por qué venció la Revolución francesa? Se dice que fue porque los
revolucionarios tenían mucha audacia, mucha fuerza. Esto no es verdad.
Si los representantes naturales de las instituciones entonces vigentes
hubiesen luchado de verdad; si hubiesen empleado todos los medios de
fuerza, de sabiduría y de astucia necesarias para luchar; si no
estuviesen -como de hecho estaban- impregnados de la mentalidad del
movimiento que los derribaba, éste no habría vencido.
La monarquía francesa, una institución secular, que dio origen a una
de las mayores culturas, fue derrumbada porque estaba vacía.
Simpatías con el enemigo
Hoy, si la burguesía no simpatizara profundamente con los principios
que, en el fondo, contienen el comunismo, que son los principios de la
Revolución francesa, libertad, igualdad, fraternidad, el comunismo no
sería un peligro.
El gran peligro que representa el comunismo se debe a la
condescendencia que los anticomunistas tienen por cosas que constituyen
las raíces del comunismo.
Es esta mentalidad es la que, en vez de luchar, lleva a promover el lema de todas las capitulaciones: “Ceder para no perder”.
La verdadera lucha
La actual y verdadera lucha es, pues, para derribar la Iglesia y para destruir las instituciones temporales nacidas de Ella.
Esta lucha no consiste principalmente en un ataque frontal, sino en
infundir el espíritu complicidad con el ataque dentro de esas mismas
instituciones. Pudriendo esa línea de resistencia interna, la victoria
no puede dejar de ser de ellos.
Así, si no existiera el progresismo católico, no habría peligro comunista para el mundo.
Las máquinas para la demolición
Ellos necesitan crear dos máquinas: una de putrefacción interna
dentro de las filas católicas: esta es la máquina decisiva. Y la otra,
es la que derriba la muralla podrida.
De ellas, la más peligrosa es la putrefacción interna.
Bienvenido a la “nueva normalidad” queel Nuevo Ordenestá diseñando para ti y tu
familia por el resto de tu vida.
Quédate en casa,
que nosotros te dejamos sin trabajo y llevamos tu empresa a la quiebra, esa que
tantos años te costó crear.
Quédate en casa, que nosotros
decidimos por ti a qué hora puedes salir y en qué condiciones.
Quédate en casa, aunque no tengas
dinero para comprar comida.
Quédate en casa, aunque a tu madre
le queden pocos años de vida y te necesite.
Quédate en casa, y no veas a tus
nietos, por las dudas que te puedan contagiar.
Quédate en casa, pero continúa
pagando los impuestos, aunque no generes ingresos.
Quédate en casa, mientras nosotros
ponemos a los presos en libertad.
Quédate en casa, mientras destruimos
la economía.
Quédate en casa, porque si sales
corres el riesgo de morir de una gripe con 0,0006 por ciento de mortalidad.
Quédate en casa, así podemos
ejecutar nuestro plan sin escuchar protestas.
Quédate en casa, así te podemos
controlar mejor con nuestros dispositivos aéreos y digitales.
Quédate en casa, así podemos
continuar con nuestra agenda mundial sin interferencias.
Quédate en casa, que nosotros te
brindamos entretenimiento virtual para que no te hagas preguntas sobre la
“nueva normalidad”.
Quédate en casa, que nosotros
estamos trabajando duro para asegurarnos de que cada día estés más alejado de
tus vínculos.
Quédate en casa, y ojo con lo que
haces, porque tus vecinos también actúan como policías.
Quédate en casa, no te expongas a la
luz solar ni a los gérmenes, así terminamos de debilitar tu sistema
inmunitario.
Quédate en casa, hablando por
teléfono, posteando en Facebook y navegando en internet, mientras nosotros
escuchamos tus llamadas, analizamos tus opiniones y tomamos nota de tu
comportamiento en línea.
Quédate en casa, sin acceso a
médicos, odontólogos u hospitales, ya que hemos decretado que si no tienes
coronavirus, no mereces recibir atención sanitaria. Y si te mueres, como tal
vez seas portador asintomático, te utilizaremos para inflar un poquito nuestras
estadísticas.
Quédate en casa, pero cuando salgas,
tienes que llevar el “bozal” que te amordaza y que te impide respirar y hablar
normalmente, pensado para generar separación, aislamiento y desconfianza, no
inmunidad.
Quédate en casa, aléjate de todo lo
que te hace humano, así te vuelves más frágil física, emocional y
psíquicamente, y de ese modo será más fácil manipularte.
Quédate en casa, así vamos
estudiando tu comportamiento cuando esto se vuelva la regla en la “nueva
normalidad” que hemos decidido imponerte.
Quédate en casa y sé obediente.
Cuando Stalin, Mao o Castro daban órdenes, la gente las cumplía sin chistar.
Porque si no, era una bala en la nuca o el gulag. A nosotros, en cambio, nos
basta con tu comportamiento pasivo y gregario, con tu falta de espíritu crítico
y con el miedo que te inoculan a diario nuestros medios de desinformación
masiva. Porque el miedo es el verdadero virus, por si todavía no te has dado
cuenta.
Quédate en casa. Aprovecha para
idiotizarte mirando la tele. No luches por ejercer tus derechos, ni por que se
respeten tus libertades personales. Te queremos dócil y mentalmente formateado.
Lo que necesitamos son ciudadanos autómatas, no autónomos, para que no se
atrevan a cuestionar nuestras medidas coercitivas.
Quédate en casa, sin sueldo, sin
vacaciones, sin viajes, sin futuro, sin escuela, pero con Netflix.
Quédate en casa, mientras seguimos
implementando un régimen totalitario gracias a tu pasividad, a tu indiferencia
y a tu ignorancia.
Quédate en casa. Repite este mensaje
mil veces y pide a los tuyos que también lo repitan. Porque de tanto decirlo,
te lo vas a terminar creyendo. No por dos meses o un año, sino por el resto de
tu existencia.
Bienvenido a la “nueva normalidad” queBig Brotherestá diseñando para ti y tu
familia por el resto de tu vida. Y desde ya, te agradecemos infinitamente tu
colaboración, sin la cual esto no sería posible.
…..No temas a tu enemigo, se valiente y justo para agradar a Dios, di siempre La Verdad aunque te lleve a la muerte; protege al indefenso, no hagas el mal. ….
Espada Católica deja en claro que los comentarios vertidos en las entradas no son necesariamente compartidos por el autor del blog y quedan bajo la exclusiva responsabilidad de quien los vierte.
Sagrado Corazón de Jesús
Cor Jesu Sacratissimun in te confido
San Miguel Arcángel
Sancte Michael Archangele, defende nos in praelio. Contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium. Imperet illi Deus, supplices deprecamur. Tuque Princeps Militiae Caelestis, Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo divina virtute in infernum detrude. Amen
“Nos acusan de retrógrados cuando nos oponemos a las leyes inicuas que pretenden una reingeniería de la sociedad contrariando al orden natural. Al sostener el respeto de este orden estamos preparando el futuro, la reconstrucción de lo que destruyen los ideólogos, utopistas y políticos aprovechados. Estamos defendiendo la integridad del hombre y su futuro”
Ya que hoy “la Iglesia es el único reaseguro del futuro del hombre, porque sólo en la visión cristiana del mundo queda salvaguardada la auténtica concepción de la persona humana y de su dignidad”.
Monseñor Héctor Aguer
San Pio X Defensor de la Tradición
ORA PRO NOBIS
San Pio V
“Restableció el misal conforme a la regla antigua y a los ritos de los Santos Padres y defendió sin conceciones al catolicismo contra turcos, judíos y protestantes”
Monseñor Marcel Lefebvre
Celoso guerrero de la Tradición y azote de Dios contra el modernismo
San Pío de Pietrelcina
Reza, ten fe y no te preocupes. La preocupación es inútil. Dios es misericordioso y escuchará tu oración La oración es la mejor arma que tenemos; es la llave al corazón de Dios. Debes hablarle a Jesús, no solo con tus labios sino con tu corazón. En realidad, en algunas ocasiones debes hablarle solo con el corazón El don de la oración está en manos del Salvador. Cuanto más te vacíes de ti mismo, es decir, de tu amor propio y de toda atadura carnal, entrando en la santa humildad, más lo comunicará Dios a tu corazón.
Santo Tomás de Aquino
“Habiendo peligro próximo para la Fe, los prelados deben ser argüidos incluso públicamente por los súbditos”. (Suma Teológica, II-II, 33, 4-2)
Beato Urbano II - Papa
¡¡Ora pro Nobis !! Defendió la libertad de la Iglesia de las intromisiones de los laicos, luchó contra los clérigos simoníacos e indignos y, en el Concilio de Clermont, exhortó a los soldados cristianos a que, con el signo de la cruz, liberasen a sus hermanos cristianos de la opresión de los infieles y recuperasen el sepulcro del Señor, que estaba su poder
"La espada que se desenvaina con honor, se conserva inmaculada cuando hiere y mata, porque hace del sufrimiento y de la muerte servidores de la Justicia"