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Cristo, Señor del Cielo y de la TIERRA, Rey de gobiernos y naciones
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18 feb 2011

La importancia del latín en la liturgia - Parte II

El Latín: La lengua litúrgica de la Iglesia.

¿Cuáles son los beneficios de la Lengua latina en la Misión de la Iglesia?

La lengua latina es por su naturaleza perfectamente adecuada para
promover cualquier forma de cultura en cualquier pueblo y transmitir
sin equivoco la inmutable Doctrina cristiana: no suscita celos, se
muestra imparcial con todos, no es privilegio de nadie y es bien
aceptada por todos. Y no cabe olvidar que la lengua latina tiene una
conformación propia, noble y característica: un estilo conciso,
variado, armonioso, lleno de majestad y de dignidad que conviene de
modo singular a la claridad y a la gravedad. Por estos motivos la
Sede Apostólica se ha preocupado siempre de conservar con celo y
amor la lengua latina, y la ha estimado digna de usarla ella misma,
como espléndido ropaje de la doctrina celestial y de las santísimas
leyes, en el ejercicio de su sagrado ministerio, así como de que la
usaran sus ministros. Donde quiera que éstos se encuentren, pueden,
con el conocimiento y el uso del latín, llegar a saber más
rápidamente todo lo que procede de la Sede Romana, así como
comunicarse más libremente con ella y entre sí ( citando al Papa
Juan XXIII en su Constitución Apostólica Veterum Sapientia).

¿Por qué el Latín es la Lengua de la Iglesia?

El Latín es la lengua de la Iglesia, en razón de que es una señal
hermosa y manifiesta de la Unidad, así como un antídoto efectivo
contra cualquier corrupción de la Verdad Doctrinal, signo manifiesto
de la Universalidad, instrumento uniforme de mutua comunicación
entre la Sede Apostólica y las Iglesias locales, entre el Sumo
Pontífice y los santos pastores (Ibid.). Y al ser una lengua muerta
(que no evoluciona), preserva providencialmente inalterable, el
Sentido de las palabras, la Oración y las Verdades de Fe hasta el
fin de los tiempos.

¿Por qué la Lengua Latina es un tesoro y refleja la continuidad de la Iglesia?

La lengua latina, a la que podemos verdaderamente llamar católica
por estar consagrada por el constante uso que de ella ha hecho la
Sede Apostólica, madre y maestra de todas las Iglesias, debe
considerarse un tesoro ... ya que posee un valor incomparable, y es
una puerta que pone en contacto directo con las verdades cristianas
transmitidas por la tradición apostólica y los documentos de la
enseñanza de la Iglesia (León XIII, Epist. Encycl. Depuis le jour, 8
Sept. 1899: Acta Leonis XIII 19 (1899) 166.); además de ser un
vínculo eficacísimo que une en admirable e inalterable continuidad a
la Iglesia de hoy con la de ayer y de mañana.

¿Cuáles son los tres dotes de la Lengua Latina que señalo el Papa Pío XI
de feliz memoria?


En efecto, la Iglesia, al abrazar en su seno a todas las naciones y
al estar destinada a durar hasta la consumación de los siglos, exige
por su misma naturaleza una lengua accesible a todos y que sea:
1.- Universal,
2.- inmutable,
3.- Y no popular
( Pío XI, Carta apostólica. Offιciorum omnium, 1 Aug. 1922: A.A.S.
14 (1922) 452.) .


¿A quién interesa más el conocimiento y uso del latín

El pleno conocimiento y el fácil uso de esta lengua, tan íntimamente
ligada a la vida de la Iglesia, interesan más a la Religión que a la
cultura y a las letras. En razón de que la lengua latina, ya desde
hace siglos se encuentra sustraída a las variaciones de significado
que el uso cotidiano suele introducir en los vocablos, por ello debe
considerarse fija e invariable, ya que los nuevos significados de
algunas palabras latinas, exigidos por el desarrollo, por la
explicación y defensa de las verdades cristianas, han sido desde
hace tiempo determinados en forma estable. Y por ello interesa más a
la Sacrosanta Religión Católica su conservación y su difusión, pues
fue a la Iglesia a quién Nuestro Señor Jesucristo a confiado las
verdades de Fe inmutables (León XIII, Satis Cognitum, 20 y 22.)

¿Para que usar el Latín en la Misa si nadie lo comprende?

Pareciera que el problema de la comprensión de la Liturgia por el
Pueblo de Dios se redujera a una mera cuestión de idioma, cuando de
lo que se trata es de entender lo que se hace en la celebración de
cada misterio de la Fe. De nada sirve que se reconozcan las palabras
si se ignora su sentido en el contexto de la acción sagrada (y mucho
me temo que la ignorancia entre los fieles está hoy muy extendida).
Por otra parte, la Liturgia no es un conjunto de proposiciones que
se hayan de entender clara y distintamente (eso es racionalismo
cartesiano); es más bien misterio, que apela a todas las dimensiones
del ser humano y no sólo a su facultad intelectiva, por lo cual
también la celebración silenciosa tiene su importancia. En fin, la
Liturgia se da en el ámbito de lo sagrado, es decir, de un espacio y
un tiempo en discontinuidad con el espacio y tiempo comunes. En esta
perspectiva las lenguas muertas adquieren una especial significación
de trascendencia y se han usado y se usan no sólo en los ritos
católicos, sino en los de la mayor parte de las religiones. Lo mismo
dígase del silencio que rodea la mayor parte –y la más importante–
de las celebraciones. ¿O es que durante más de mil años la Iglesia
habría impedido al Pueblo de Dios la mejor comprensión y vivencia de
la Liturgia por su empecinamiento en conservar el latín? E incluyo
al beato Juan XXIII, que en su constitución apostólica Veterum
Sapientia de 1962 ordenó que los obispos y superiores generales de
órdenes religiosas velaran para que “ninguno de sus súbditos, por
desmedido afán de novedades, escriban contra el empleo de la lengua
latina tanto en la enseñanza como en los ritos sagrados de la
Liturgia”. También me refiero al Concilio Vaticano II, que
estableció que se conservara “el uso de la lengua latina en los
ritos latinos, salvo derecho particular” (Concilio Vaticano II,
constitución Sacrosanctum Concilium 36 § 1.). ¿Qué decir entonces de
todos los grandes santos y los millones y millones de fieles que en
todo ese tiempo alimentaron su piedad con la Liturgia tradicional?
¿Acaso no comprendieron y vivieron las celebraciones litúrgicas en
forma plena? ( Rodolfo Vargas R. - Una Voce España).


¿Por qué el Latín es una lengua muerta y se considera patrimonio Universal?

El latín es una lengua muerta porque no evoluciona más, lo que
significa que es una lengua particularmente apta para conservar
inalterables los ritos y los dogmas de nuestra Iglesia. Por otro
lado, no siendo más una lengua viviente, no pertenece a ningún
pueblo en particular y en consecuen-cia puede ser considerado un
patrimonio universal, común a todos los cre¬yentes. Al contrario,
supongamos que se opte por el inglés como lengua litúrgica
internacional de la Iglesia católica: para comenzar nomás
imagine¬mos las rivalidades que nacerían entre los anglófonos y los
demás fieles, que podrían sentirse heridos o marginados. Además, en
tanto que lengua viviente utilizada permanentemente por centenas de
millones de personas, el inglés, como cualquier otra lengua, está
sometido cada día a distorsio-nes que lo tornan impropio para
transmitir en el tiempo y en el espacio la doctrina eterna de
Cristo.

¿Es verdad que el Concilio Vaticano II y los Papas posteriores la prohibieron?

La Constitución Sacrosanctum Concilium, n. 36, § 1 afirma que “se
conservara el uso de la Lengua Latina”, de ahí que el Magisterio
pontificio posterior al Concilio Vaticano II no ha dejado de
recomendar que se estudie y utilice el latín, de manera que esta
lengua "florezca aún más y sea cada vez más apreciada"(Paulo VI.
Discurso, 10-XI-1973.). El Papa Pablo VI la definió como "ri¬quísimo
tesoro de piedad, y ropaje celestial", ; Juan Pablo II, en la Carta
Dominicae cenae, sobre la celebración de la Eucaristía, ha recordado
que la Iglesia romana "tiene particula¬res obligaciones para
conservar, fomentar el latín" (Juan Pablo II, Carta Dominicae cenae.
24-II-1980, n. 10). Benedicto XVI en su Exhortación Sacramentum
Caritatis (Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum
Caritatis 62) a pedido que “para expresar mejor la unidad y
universalidad de la Iglesia, quisiera recomendar lo que ha sugerido
el Sínodo de los Obispos, en sintonía con las normas del Concilio
Vaticano II (Const. Sacrosanctum Concilium 36, 54) exceptuadas las
lecturas, la homilía y la oración de los fieles; sería bueno que
dichas celebraciones fueran en latín; también se podrían rezar en
latín las oraciones más conocidas de la tradición de la Iglesia y,
eventualmente, utilizar cantos gregorianos. Más en general, pido que
los futuros sacerdotes, desde el tiempo del seminario, se preparen
para comprender y celebrar la santa Misa en latín, además de
utilizar textos latinos y cantar en gregoriano; se procurará que los
mismos fieles conozcan las oraciones más comunes en latín y que
canten en gregoriano algunas partes de la liturgia".

Fuente http://unavocelaguna.blogspot.com/2009/11/el-latin.html

La importancia del latín en la liturgia - Parte I

El latín: el idioma de la oración

Por Marija Ona, CMRI
Este artículo es la adaptación de unas notas escritas por sor Marija
Ona (†), CMRI, y que dio a sus estudiantes de latín en Michael’s
Academy (en el Monte san Miguel, Spokane [Washington]). Muchas de
las ideas halladas en las notas las seleccionó ella de la magnífica
obra del Dr. Nicholas Gihr, The Holy Sacrifice of the Mass —
Dogmatically, Liturgically, and Ascetically Explained (Londres: B.
Herder Book Co., 1949). Como maestra, no solo enseñó la materia,
sino que inspiró a sus alumnos a que estudiaran y alcanzaran una
mayor apreciación de su patrimonio latino como católicos romanos.


En el pasado, antes de que algunos de ustedes siquiera nacieran, los
rayos solares caían a toda hora sobre las capillas y las catedrales,
los hospitales y campamentos, lugares donde a Dios se ofrecía
incesantemente el santo sacrificio de la misa. Saben que cuando el
sol se pone en nuestro hemisferio occidenal, se levanta en el Este:
en Australia, en Asia, en Europa y en África. Así, en cada momento,
en alguna parte del mundo, un sacerdote estaba al pie del altar,
diciendo en latín: “Introibo ad altare Dei” (Subiré al altar de
Dios).

El latín es la voz piadosa del rito romano, al que pertenecen
decenas de millones de católicos. En el ofrecimiento universal de la
misa se cumple la profecía del Antiguo Testamento: “Porque desde
Levante hasta Poniente es grande mi nombre entre las naciones, y en
todo lugar se sacrifica y se ofrece al nombre mío una ofrenda pura”
(Malaquías 1:11).

El latín es una lengua sagrada. Para comunicarnos con los demás,
utilizamos los otros idiomas, pero para hablar con Dios usamos el
latín. Las otras lenguas han sido usadas en ciertas partes o
regiones del mundo; el latín fue usado universalmente, esto es,
antes de la Gran Apostasía.

El idioma latín fue santificado por la inscripción mística de la
cruz: “Iesus Nazarenus, Rex Iudaeorum” (Jesús de Nazaret, rey de los
judíos). Aparte de estar en latín, la inscripción también estaba en
hebreo y griego. Esto lo leemos en la Pasión según los santos Mateo,
Marcos, Lucas y Juan. Fue Pilato quien escribió este título. Cuando
los judíos protestaron, dijo: “Quod scripsi, scripsi” (Lo que he
escrito, he escrito).

Desde el principio mismo de la institución de la santa misa, el
incruento sacrificio se ha ofrecido principalmente en estas tres
lenguas. Con el tiempo, sin embargo, el idioma latín predominó. La
Providencia divina escogió Roma como el centro de la Iglesia
católica. En tanto el cristianismo se extendía por el mundo
occidental, el latín litúrgico se difundía junto con él. En el
decurso de los siglos, el latín dejó de ser usado en la comunicación
cotidiana; pero en la sagrada liturgia preservó su original,
inmaculada y prístina belleza y estabilidad.

La Iglesia, inspirada por el Espíritu Santo, salvaguardó el uso del
latín con vigilancia paternal y lo defendió con inquebrantable
firmeza de generación en generación. Esto no fue un sentimentalismo
vacío, sino una necesidad esencial. El santo sacrificio de la misa —
el corazón de la Iglesia romana y universal — debía de ser
preservado de toda corrupción y mancha, debía ser santo. Como idioma
“muerto,” el latín fue el más apropiado para el culto de Dios. Por
un lado, unió a todos los fieles; por el otro, preservó la
integridad de la fe.

La sagrada liturgia es la vía principal por la que se ha transmitido
la tradición dogmática de generación en generación. El dogma es la
base de la vida eclesiástica, de la disciplina y el culto. Esa es la
razón por la que las verdades de la fe católica se reflejan en las
oraciones litúrgicas, los servicios y las ceremonias. De ahí viene
el axioma teológico Lex orandi, lex credendi (Así como oras, así
crees — o, más literalmente — La ley de oración es ley de creencia).

Gracias a la inmutabilidad del latín, las verdades de nuestra fe han
sido preservadas de la aberración y de la destrucción. Debemos estar
alegres y agradecidos de que podemos orar en el mismo idioma y con
las mismas palabras como lo hicieron todos los cristians a través de
los siglos. El latín estuvo en los labios de los primeros
cristianos, fue escuchado en las oscuras catacumbas, en las antiguas
basílicas y en las catedrales de la Edad Media... Los papas, santos,
obispos y sacerdotes de todas las épocas ofrecieron el santo
sacrificio de la misa en este idioma... En honor a estas palabras
latinas, los maestros de la palabra — los poetas — escribieron
poemas, y los grandes compositores escribieron música. El latín fue
verdaderamente el idioma del mundo (“Urbis et Orbis”). Sí, el latín
fue, es y siempre será el idioma oficial de la Iglesia, y no solo en
el santo sacrificio de la misa, sino también como medio de
comunicación entre el papa, los obispos y teólogos, especialmente en
los concilios de la Iglesia. Cuando un sacerdote, por ejemplo en
China, recibía un documento oficial de Roma, lo encontraba escrito
en latín. De Roma, el latín llevaba las decisiones e instrucciones
del papa a los obispos, ya en Brasil, los Estados Unidos,
Inglaterra, Suráfrica o Zanzibar.

En la historia de la Iglesia encontramos varios intentos por
reemplazar el latín con el lenguaje cotidiano, mas el latín
permaneció victorioso. Los que deseaban destruir la preminencia del
latín fueron los que luchaban abiertamente o a escondidas para
destruir la unidad de la Iglesia, para impedir los lazos con Roma,
para debilitar el espíritu del catolicismo o para destruir la
simplicidad y la integridad de nuestra fe.

¿Qué le hubiera pasado a los libros litúrgicos si, en el curso del
tiempo, los cambios inevitables de las lenguas vivas ocasionaran el
cambio inevitable en los significados de ciertas palabras? Cualquier
traductor sabe que hasta con las mejores intenciones es fácil
cometer errores, y hasta errores graves, en el proceso. ¡Con razón
los traductores cobran precios exorbitantes por su trabajo: desde 25
centavos a un dólar por palabra!

¿Qué si las lenguas vivas y cotidianas se usaran? La Iglesia tendría
un problema continuo de revisar y volver a revisar las traducciones
a fin de mantener la uniformidad de creencia. Este juego muy
fácilmente podría haber resultado en la pérdida de la unidad de la
Iglesia católica. Y este cisma en la unidad puede que ocurriera no
sólo a la larga, sino rápidamente, en la misma nación y en la misma
generación. La historia nos enseña que tan pronto como una lengua
viva era introducida en la liturgia, a menudo se volvía la causa de
cisma y herejía. La Santa Madre Iglesia, guiada por el Espíritu
Santo, siempre ha protegido sus ovejas de la calamidad de la Torre
de Babel.

Una crítica que se menciona frecuentemente es que Roma aprobó otros
idiomas aparte del latín para los otros ritos; por lo tanto, el
vernáculo debería usarse en todas partes. Este argumento no se
sostiene, ya que las lenguas litúrgicas de los otros ritos no están
en la forma moderna y viva. Más bien, ellas también son lenguas
antiguas, que, para la mayoría de la gente, es tan conocida como
nuestro latín. En nuestros tiempos, existen once lenguas usadas en
los ritos católicos orientales: griego, siríaco, caldeo, árabe,
etíope, eslavo, bielorruso, búlgaro, armenio, copto y rumano. Con
excepción del rumano, todas esta lenguas litúrgicas son antiguas y
muertas.

Los apóstoles, habiendo recibido del Espíritu Santo el don de las
lenguas, pudieron haber ofrecido el santo sacrificio de la misa en
cualquier lengua, pero que usaran el arameo (sirio-caldeo), el
griego o el latín es imposible de determinar. Es cierto, sin
embargo, que en los primeros cuatro siglos, no se usaron otras
lenguas litúrgicas más que las tres inscritas sobre la cruz: el
hebreo, el griego y el latín. En el Oeste, por ejemplo, el latín fue
usado en Italia, Alemania, España, Francia e Inglaterra. Al final
del siglo IX, el papa Juan VIII dio permiso a los moravianos (que
vivían en lo que hoy son las repúblicas checa y eslovaca) para que
ofrecieran misa en el idioma eslavo. Como saben, los moravianos
fueron convertidos por los santos Cirilio y Metodio. Este permiso
fue concedido probablemente para proteger a los moravianos del cisma
griego. Después, la Iglesia permitió a los cismáticos y herejes que
regresaron al rebaño retener sus idiomas litúrgicos.

Es importante mencionar que en los tiempos de Cristo, el idioma de
los patriarcas del Pueblo escogido fue el hebreo antiguo, que el
común del pueblo judío no entendía. Tras el cautiverio babilónico,
usaron el dialecto sirio-caldeo (arameo). Así, vemos que Nuestro
Señor y los apóstoles participaron en los servicio realizados en un
idioma antiguo y no vivo.

El culto de Dios es un misterio, imposible de comprender en su
totalidad o de captar con los sentidos. Por eso, el argumento de
“hoy podemos entender con la liturgia en vernáculo” no cuenta.


El latín: el idioma del imperio romano


Vemos que el latín es el idioma universal de la Iglesia católica.
Pero ¿quién fue el primero en hablar latín y por qué se volvió tan
importante? El latín fue el idioma de los habitantes de una región
llamada Latium, en la antigua Italia, donde se situaba la ciudad de
Roma. En Italia se hablaban docenas de dialectos, pero el idioma de
Roma estaba destinado a extenderse por el mundo. Los romanos
gradualmnete conquistaron a sus vecinos. Los soldados romanos
marcharon a las costas sureñas como conquistadores; sus pasos fueron
escuchados en los Alpes y en los desiertos africanos. Galia, España,
Noráfrica, el mundo mediterráneo entero: todos fueron unidos en un
gran imperio bajo Roma.

Así como el español y el portugués se volvieron las lenguas
predominantes en Suramérica a causa de la colonización por parte de
España y Portugal, así el latín se volvió en el idioma predominante
del Imperio romano. Aun después de la caída del imperio, el latín
continuó siendo hablado por toda Europa. Durante la Edad Media, fue
el idioma universal del saber y la ciencia. Aún hoy, los que
estudian medicina, leyes, matemáticas, idiomas y varias ciencias
naturales estudian latín. El español, el portugués, el francés, el
italiano y el rumano son todos ediciones modernas del latín, y
todavía muestran una similitud estrecha a la antigua lengua madre.

Es por esto que al que tiene conocimiento del latín se le facilita
el aprendizaje de los idiomas modernos.

Fuente: http://www.cmri.org/span-08-latin-in-liturgy.html