¡ Viva Cristo Rey !

Tuyo es el Reino, Tuyo el Poder y la Gloria, por siempre Señor.
Cristo, Señor del Cielo y de la TIERRA, Rey de gobiernos y naciones
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26 mar 2022

Importancia de las tradiciones familiares

 

¿De dónde viene la inercia ante leyes que erosionan a la familia?

 De que no existan en los espíritus ideas firmes, principios sólidamente establecidos en las almas, y sí ideas vagas y fluctuantes, incapaces de dar energía a los corazones.

 


Aquella fuente de recuerdos y de afectos, de principios y de costumbres, que antes eran transmitidos de padres a hijos hoy perdura muy poco

 

La solución para evitar la introducción de leyes contrarias a la institución de la familia -además de la formación de un movimiento de opinión pública- consiste en imbuir a los hijos de las tradiciones familiares, pues, en cuanto estas perduraren, esos actos legislativos encontrarán una sana resistencia.

 

La tarea de hacer renacer las tradiciones en las familias puede y debe ser la obra de cada uno en su propia casa. Sólo se puede esperar la abolición de las leyes revolucionarias a partir de un gran movimiento de opinión.

 

Pero lo que cada uno puede hacer es reavivar en su ambiente el espíritu de familia. Así, hará a los suyos el mayor bien posible, y al mismo tiempo preparará la renovación de la sociedad. Porque es necesario que haya tradiciones sustentando las leyes, para que ellas tengan la fuerza que el asentimiento del corazón les proporciona; de la misma forma que es necesaria la educación familiar para sustentar las tradiciones, mantenerlas, hacer que ellas se tornen el principio de las costumbres, sin las cuales las buenas leyes no son nada, y contra las cuales las leyes nada pueden…

 

Transmisión de las «tradiciones de familia»

 

¿De dónde viene la inercia ante leyes que erosionan a la familia? De que no existan en los espíritus ideas firmes, principios sólidamente establecidos en las almas, y sí ideas vagas y fluctuantes, incapaces de dar energía a los corazones. ¿Y por qué las ideas en nuestros días fluctúan de ese modo? Porque las ideas-matrices, las ideas-principios no fueron impresas en el alma de los niños por padres en los cuales ellas habían sido inculcadas por las enseñanzas de los abuelos, a su vez imbuidos de esas verdades por los antepasados. En una palabra porque no hay más tradiciones en las familias.

 

 

Tradición y progreso

 

Había antaño una idea difundida de modo general, casi religiosa, asociada a la expresión «tradiciones de familia», entendida en su mejor importancia, que designaba la herencia de las verdades y de las virtudes, en el seno de las cuales se formaron las características que hicieron la duración y la grandeza de la Casa.


 Hoy en día esa expresión no dice nada a las nuevas generaciones. Estas surgen en un día para desaparecer al siguiente, sin haber recibido, y sin dejar después de ellas aquella fuente de recuerdos y de afectos, de principios y de costumbres, que antes eran transmitidos de padres a hijos y colocaban a las familias que les eran fieles por encima de las que los despreciaban. Toda familia que tiene tradiciones las debe, de modo general, a uno de sus antepasados, en el cual el sentimiento del bien fue más fuerte que en el común de los hombres, y al cual fueron dadas la sabiduría y la voluntad para inculcarlas a los suyos.

 

Progreso moral

 

La verdad es un bien “dice Aristóteles” y una familia en la cual los hombres virtuosos se suceden es una familia de hombres de bien. Esta sucesión de virtudes tiene lugar cuando la familia se remonta a un origen bueno y modesto, pues es propio de un principio el producir muchas cosas semejantes a sí mismo. Por lo tanto, cuando existe en una familia un hombre tan unido al bien que su bondad se comunica a sus descendientes durante muchas generaciones, de ahí se deriva necesariamente una familia virtuosa.

 

Todo hombre que quiera formar una «familia virtuosa» debe persuadirse enseguida de que su deber no se limita “como quiso Rousseau” a proveer a las necesidades físicas de su hijo mientras no tengan medios de proveerlas por sí mismos. Él le debe la educación intelectual, moral y religiosa.

 

El animal tiene la fuerza necesaria para atender a las necesidades corporales de la prole, y esto le basta. Pero el niño, ser moral, tiene muchas otras necesidades, y es por eso que Dios dio al padre de familia la autoridad para formar la voluntad de sus hijos y hacerlos entrar, mantenerse y progresar en el camino del bien. Esa autoridad, Dios la quiso permanente, porque el progreso moral es obra de toda la vida.

 

Según las intenciones de la Providencia, el progreso debe desarrollarse y crecer con la edad, y por eso es necesario que la familia humana no se extinga en cada generación. El vínculo familiar debe subsistir entre muertos y vivos, enlazar unas a otras todas las filiaciones de una misma descendencia, manteniéndose así durante siglos en las razas vigorosas.

 

(Mgr.Henri Delassus, L’Esprit Familial dans la Maison, dans la Cité et dans L’État, Société Saint-Augustin, Desclée, De Brouwer, Lille, 1910, pp.146 a 150)

19 feb 2021

El igualitarismo explicado en toda su profundidad


Panteísmo; igualdad política, social y económica absolutos; amor libre: este es el triple fin a que nos conduce un movimiento que dura ya más de cuatro siglos.

Revolución y Contra-Revolución bajar libro gratuito

(del libro: Revolución y Contra-Revolución. El libro completo puede bajarse gratuitamente pulsando aquí)

3. La Revolución, el orgullo y la sensualidad “ Los valores metafísicos de la Revolución

Contenidos

Dos nociones concebidas como valores metafísicos expresan bien el espíritu de la Revolución: igualdad absoluta, libertad completa. Y dos son las pasiones que más la sirven: el orgullo y la sensualidad.

Al referirnos a las pasiones, conviene esclarecer el sentido en que tomamos el vocablo en este trabajo. Para mayor brevedad, conformándonos con el uso de varios autores espirituales, siempre que hablamos de las pasiones como fautoras de la Revolución, nos referimos a las pasiones desordenadas. Y, de acuerdo con el lenguaje corriente, incluimos en las pasiones desordenadas todos los impulsos al pecado existentes en el hombre como consecuencia de la triple concupiscencia: la de la carne, la de los ojos y la soberbia de la vida (cfr. I Jo. 2, 16).

  A. Orgullo e igualitarismo

La persona orgullosa, sujeta a la autoridad de otra, odia en primer lugar el yugo que en concreto pesa sobre ella.

En un segundo grado, el orgulloso odia genéricamente todas las autoridades y todos los yugos, y más aún el propio principio de autoridad, considerado en abstracto.

Y porque odia toda autoridad, odia también toda superioridad, de cualquier orden que sea.

El orgulloso detesta todas las desigualdades y toda autoridad
El puño cerrado, símbolo de la rebelión contra todas las desigualdades.

El orgulloso odia genéricamente todas las autoridades y todos los yugos
En todo esto hay un verdadero odio a Dios (cfr. ítem. m, infra).

Este odio a cualquier desigualdad ha ido tan lejos que, movidas por él, personas colocadas en una alta situación la han puesto en grave riesgo y hasta perdido, sólo por no aceptar la superioridad de quien está más alto.

Más aún. En un auge de virulencia el orgullo podría llevar a alguien a luchar por la anarquía y a rehusar el poder supremo que le fuese ofrecido. Esto porque la simple existencia de ese poder trae implícita la afirmación del principio de autoridad, a que todo hombre en cuanto tal -y el orgulloso también- puede ser sujeto.

El orgullo puede conducir, así, al igualitarismo más radical y completo.

Son varios los aspectos de ese igualitarismo radical y metafísico:

a. Igualdad entre los hombres y Dios:

de ahí el panteísmo, el inmanentismo y todas las formas esotéricas de religión, que pretenden establecer un trato de igual a igual entre Dios y los hombres, y que tienen por objetivo saturar a estos últimos de propiedades divinas. El ateo es un igualitario que, queriendo evitar el absurdo que hay en afirmar que el hombre es Dios, cae en otro absurdo, afirmando que Dios no existe. El laicismo es una forma de ateísmo, y por tanto de igualitarismo. Afirma la imposibilidad de que se tenga certeza de la existencia de Dios. De donde, en la esfera temporal, el hombre debe actuar como si Dios no existiese. O sea, como persona que destronó a Dios.

b. Igualdad en la esfera eclesiástica:

Supresión del sacerdocio dotado de los poderes del orden, magisterio y gobierno, o por lo menos de un sacerdocio con grados jerárquicos.

c. Igualdad entre las diversas religiones:
El ecumenismo mal entendido lleva a querer igualar y fundir todas las religiones.
La reuión de Assis

Todas las discriminaciones religiosas son antipáticas porque ofenden la fundamental igualdad entre los hombres. Por esto, las diversas religiones deben tener un tratamiento rigurosamente igual.

El que una religión se pretenda verdadera con exclusión de las otras es afirmar una superioridad, es contrario a la mansedumbre evangélica e impolítico, pues le cierra el acceso a los corazones.

d. Igualdad en la esfera política:

supresión, o por lo menos atenuación, de la desigualdad entre gobernantes y gobernados. El poder no viene de Dios, sino de la masa que manda, a la cual el gobierno debe obedecer. Proscripción de la monarquía y de la aristocracia como regímenes intrínsecamente malos por ser anti-igualitarios. Sólo la democracia es legítima, justa y evangélica (cfr. San Pío X, Carta Apostólica “Notre Charge Apostolique”, 25.VIII.1910, A.A.S. vol. II, pp. 615-619).

e. Igualdad en la estructura de la sociedad:

supresión de las clases, especialmente de las que se perpetúan por la vía hereditaria. Abolición de toda influencia aristocrática en la dirección de la sociedad y en el tonus general de la cultura y de las costumbres. La jerarquía natural constituída por la superioridad del trabajo intelectual sobre el trabajo manual desaparecerá por la superación de la distinción entre uno y otro.

f. Abolición de los cuerpos intermedios

entre los individuos y el Estado, así como de los privilegios que son elementos inherentes a cada cuerpo social. Por más que la Revolución odie el absolutismo regio, odia más aún los cuerpos intermedios y la monarquía orgánica medieval. Es que el absolutismo monárquico tiende a poner a los súbditos, aun a los de más categoría, en un nivel de recíproca igualdad, en una situación disminuída que ya preanuncia la aniquilación del individuo y el anonimato, los cuales llegan al auge en las grandes concentraciones urbanas de la sociedad socialista. Entre los grupos intermedios que serán abolidos, ocupa el primer lugar la familia. Mientras no consigue extinguirla, la Revolución procura reducirla, mutilarla y vilipendiarla de todos los modos.

g. Igualdad económica:

nada pertenece a nadie, todo pertenece a la colectividad. Supresión de la propiedad privada, del derecho de cada cual al fruto integral de su propio trabajo y a la elección de su profesión.

h. Igualdad en los aspectos exteriores de la existencia:
En la arquitectura también se refleja esta determinación de nivelar todos los aspectos de la existencia
Disminución en cuanto sea posible de la variedad en los trajes, en las residencias, en los muebles, en los hábitos, etc.

la variedad redunda fácilmente en la desigualdad de nivel. Por eso, disminución en cuanto sea posible de la variedad en los trajes, en las residencias, en los muebles, en los hábitos, etc.

i. Igualdad de almas:

la propaganda modela todas las almas según un mismo padrón, quitándoles las peculiaridades y casi la vida propia. Hasta las diferencias de psicología y de actitud entre los sexos tienden a menguar lo más posible. Por todo esto, desaparece el pueblo, que es esencialmente una gran familia de almas diversas pero armónicas, reunidas alrededor de lo que les es común. Y surge la masa, con su gran alma vacía, colectiva, esclava (cfr. Pío XII, Radiomensaje de Navidad de 1944 – Discorsi e Radiomessaggi, vol. VI, p. 239).

j. Igualdad en todo el trato social:

como entre mayores y menores, patrones y empleados, profesores y alumnos, esposo y esposa, padres e hijos, etc.

k. Igualdad en el orden internacional:
La ONU es un primer ensayo de gobierno mundial fundiendo todas las razas y pueblos
La Revolución, fundamentalmente igualitaria, sueñe con fundir todas las razas, todos los pueblos y todos los Estados

el Estado es constituido por un pueblo independiente que ejerce pleno dominio sobre un territorio. La soberanía es, así, en el Derecho Público, la imagen de la propiedad. Admitida la idea de pueblo, con características que lo diferencian de los otros, y la de soberanía, estamos forzosamente en presencia de desigualdades: de capacidad, de virtud, de número, etc. Admitida la idea de territorio, tenemos la desigualdad cuantitativa y cualitativa de los diversos espacios territoriales. Se comprende, pues, que la Revolución, fundamentalmente igualitaria, sueñe con fundir todas las razas, todos los pueblos y todos los Estados en una sola raza, un solo pueblo y un solo Estado (cfr. Parte I, cap. XI, 3).

l. Igualdad entre las diversas partes del país:

por las mismas razones y por un mecanismo análogo, la Revolución tiende a abolir en el interior de las patrias ahora existentes todo sano regionalismo político, cultural, etc.

m. Igualitarismo y odio a Dios:

Santo Tomás enseña (cfr. “Summa Contra Gentiles”, II, 45; “Summa Teologica”, I, q. 47, a. 2) que la diversidad de las criaturas y su escalonamiento jerárquico son un bien en sí, pues así resplandecen mejor en la creación las perfecciones del Creador. Y dice que tanto entre los Angeles (cfr. “Summa Teologica”, I, q. 50, a. 4) como entre los hombres, en el Paraíso Terrenal como en esta tierra de exilio (cfr. op. cit., I, q. 96, a. 3-4), la Providencia instituyó la desigualdad. Por eso, un universo de criaturas iguales sería un mundo en que se habría eliminado, en toda la medida de lo posible, la semejanza entre criaturas y Creador. Odiar, en principio, toda y cualquier desigualdad es, pues, colocarse metafísicamente contra los mejores elementos de semejanza entre el Creador y la creación, es odiar a Dios.

n. Los límites de la desigualdad:

claro está que de toda esta explanación doctrinaria no se puede concluir que la desigualdad es siempre y necesariamente un bien.

Todos los hombres son iguales por naturaleza, y diferentes sólo en sus accidentes. Los derechos que les vienen del simple hecho de ser hombres son iguales para todos: derecho a la vida, a la honra, a condiciones de existencia suficientes, al trabajo y, pues, a la propiedad, a la constitución de una familia, y sobre todo al conocimiento y práctica de la verdadera Religión.

Y las desigualdades que atenten contra esos derechos son contrarias al orden de la Providencia. Sin embargo, dentro de estos límites, las desigualdades provenientes de accidentes como la virtud, el talento, la belleza, la fuerza, la familia, la tradición, etc., son justas y conformes al orden del universo (cfr. Pío XII, Radiomensaje de Navidad de 1944 – Discorsi e Radiomessaggi, vol. VI, p. 239).


fuente

25 ago 2020

Sacerdotes sin fe en Dios: el verdadero escándalo

 

El verdadero escándalo no es una crisis moral, sino una crisis de fe.

 

La Catedral de Chartres, un monumento de la fe en la Edad Media. Cuando había Fe

El verdadero escándalo de la Iglesia no son los sacerdotes abusadores, sino los sacerdotes que han dejado de creer en Dios; que se avergüenzan de la Iglesia, de su historia, de su enseñanza tradicional.

La pérdida de la fe

El verdadero escándalo de la Iglesia no son los sacerdotes abusadores (que siguen siendo el cero coma…), sino los sacerdotes que han dejado de creer en Dios (mucho más numerosos).

El verdadero escándalo no es el silencio sobre el abuso sexual, del que hemos estado hablando desde hace algún tiempo, y ¡cuánto lo hemos hablado!, sino el silencio acerca de Jesucristo, a quien abandonamos por un pensador de turno, así, para no ir muy lejos, para no ser considerados rancios, anticuados, fuera de moda.

En resumen, el verdadero escándalo no es una crisis moral, sino una crisis de fe.

De hecho, los comportamientos siempre están de acuerdo con lo que se cree; cuanto más débil es la fe, tanto más débil es la moral.

Se dicen y escriben muchas cosas en estos días. Una, por ejemplo, es que las desviaciones sexuales de los sacerdotes siempre han existido, de modo que no hay nada nuevo.

La pérdida de la noción del pecado

Por supuesto que siempre las ha habido: pero antes los sacerdotes extraviados sabían que estaban equivocados, temían el juicio del “Empleador” y se iban a confesar.

Equívoco: disimular los intereses de la Iglesia para complacer al mundo

Eran tan frecuentes las escapadas (más que nada con mujeres, por lo demás) que se decía «peccato di pantalone pronta assoluzione». (pecado de pantalones pronta absolución). Pero entre el pecado y la absolución había, de hecho, una confesión.

Hoy ya no está claro qué es un pecado, tanto es así que entre las cosas tontas que hemos leído en estos días también está lo siguiente: si un sacerdote sodomiza a un seminarista de 17 años, es  algo gravísimo; si en cambio tiene 18 años no hay nada malo.

No nos estamos mofando, son sacerdotes jesuitas a la cabeza de la “Iglesia del cambio” que escriben libros para llegar, sin dificultades, a explicar que la vieja moral sexual del Magisterio es de hecho vieja, y está lista para ser desguazada.

La familia está compuesta por un padre y una madre, pero queremos juguetear. Y la castidad y el celibato, también queremos ridiculizarlos. Entonces, si hay una obsesión por seguir la moral vigente, según la cual todo está permitido, ¿por qué un sacerdote no debería tener relaciones sexuales con un seminarista?

Los sacerdotes pecan como siempre han pecado, pero han dejado de darse cuenta de lo que está bien y lo que está mal: esto es lo nuevo.

Un cambio de mentalidad

El verdadero escándalo no son los sacerdotes pedófilos, sino una Iglesia que está avergonzada de su historia, de su enseñanza tradicional, en última instancia de sí misma.

Cuando no se avergonzaba, se distinguía entre “los hombres de Iglesia” y “la Iglesia”: los primeros son pecadores, pero la segunda es impecable al anunciar la verdad.

En resumen, si un sacerdote, por ejemplo, dejaba embarazada a una parroquiana, se decía que había dejado encinta a una feligresa, no se decía que estaba viviendo su vocación de una manera más adulta y moderna.

Llamar las cosas por su nombre

Los cristianos se equivocaban como todos los demás, pero tenían el coraje de llamar a las cosas por su propio nombre y de permanecer en el mundo con un juicio que era diferente al del mundo.

Hoy, por el contrario, hay una Iglesia que sigue al mundo en busca de aplausos, una tentación diabólica. Y, como  castigo por haberse dejado engatusar ingenuamente por lo políticamente correcto, ahora son juzgados y condenados.

Michele Brambilla – Traducido de Il Giornale

fuente

30 abr 2020

La verdad que toda persona debe saber

Interesante y esclarecedor mini libro que me han hecho llegar.
Si le interesa leerlo y/o descargarlo y sacar sus propias conclusiones, puede hacerlo desde AQUI

 Pagina fuente:

20 mar 2020

El coronavirus, un llamado a la confianza en Dios

Ella nos muestra una sociedad que le ha dado la espalda a Dios



Lamentablemente, hay quienes en la Iglesia van más allá de lo que piden los gobiernos. Privan a los fieles de los sacramentos, exactamente cuándo más los necesitan.

En tiempos de calamidad, las oraciones de comunidades enteras pueden ser elevadas pidiendo a Dios que venga en ayuda de una sociedad pecadora que necesita Su misericordia. La historia da testimonio de que estas oraciones a menudo han sido escuchadas. 


Nuestra reacción al coronavirus refleja la crisis de toda una sociedad sin Dios.

El problema no es el virus, por muy potencialmente letal que pueda ser. Este brote es un hecho biológico, como tantos que han afectado a la humanidad a lo largo de los siglos.

Si bien un virus es apolítico, puede, sin embargo, tener consecuencias políticas. Mucho más volátil que el coronavirus es el miedo. Una coronafobia está sacudiendo el globo. En este sentido, la reacción al coronavirus es únicamente política y laica. Ella nos muestra una sociedad que le ha dado la espalda a Dios. Enfrentamos la crisis confiando solo en nosotros mismos y en nuestras estrategias.


El Hombre autosuficiente


De hecho, el manejo de la crisis del coronavirus no acepta ayuda externa. Dios no tiene significado ni función en todos los esfuerzos para erradicarlo. En lugar de Dios, están los inmensos poderes del gobierno, movilizados para controlar cada aspecto de la vida y pretendiendo así evitar su propagación. El poderoso brazo de la ciencia lucha por encontrar una vacuna. Los mundos de las finanzas y la tecnología son movilizados para mitigar los efectos desastrosos de la crisis.

Si bien todos los esfuerzos humanos deben utilizarse para resolver los problemas, no han producido los resultados deseados. Los intentos actuales han decepcionado a una sociedad frenéticamente intemperante, adicta a las soluciones instantáneas, presionando un botón. El mundo se ha visto obligado a detenerse, sin una fecha definida para el término de la crisis.

Por esta razón, es tan aterradora. Hay pocas instituciones como la Iglesia para mitigar el tratamiento y hacerlo humano y soportable. Nos dejan solos para enfrentar este gran peligro. El pequeño virus aísla y aliena a sus víctimas, sacándolas de la sociedad. En muchos casos, es el individuo frente al Estado. Los técnicos en trajes de materiales protectores tratan a hombres y mujeres como si ellos fueran el virus. En la China totalitaria y en otros lugares, los funcionarios emplean una violencia brutal para forzar el cumplimiento de directivas drásticas.


Ya no necesitan a Dios

Un virus también es a‒religioso. Sin embargo, eso no impide que tenga una dimensión religiosa. El coronavirus llega en un momento en que la mayor parte de la sociedad piensa que no necesita a Dios. Para estos, Dios ha sido reemplazado hace mucho tiempo por pan y circo. Los placeres modernos afirman que no hay necesidad del Cielo. Los vicios postmodernos no proclaman el temor al Infierno.

Y, sin embargo, el coronavirus tiene la extraña habilidad de convertir nuestros paraísos materiales en infiernos. El crucero, símbolo de todas las delicias terrenales, se convirtió en una prisión infectada para los pasajeros que hacen todo lo posible por abandonarlos. Aquellos que han hecho del deporte su dios, ahora encuentran estadios vacíos y torneos cancelados. Aquellos que adoran el dinero ahora encuentran sus carteras diezmadas y las fuerzas de trabajo en cuarentena. Los adoradores de la educación observan sus escuelas y universidades vacías. Los devotos del consumismo se enfrentan a los estantes desabastecidos en los supermercados. El mundo que adoramos se está derrumbando. Las cosas por las cuales nos gloriamos, ahora están en ruinas.

Un pequeño microbio derribó los ídolos, que se consideraban tan estables, poderosos y duraderos. Ha puesto a sus fieles de rodillas. Y aún insistimos en que no necesitamos a Dios. Gastaremos billones de dólares, con la vana esperanza de reparar nuestros ídolos rotos.


Desterrar a Dios

Sin embargo, un aspecto de la crisis del coronavirus es aún peor. Ya es suficientemente malo que Dios sea reemplazado o ignorado. Hemos dado un paso más allá. Dios es desterrado de la escena; le prohíben actuar.

Entre las medidas draconianas decretadas, los funcionarios del gobierno están prohibiendo el culto público. En Italia, prohibieron las misas, prohibieron la comunión y la confesión. La Iglesia y sus sacramentos sagrados son considerados una ocasión de contagio, tratados como si fuesen un evento deportivo o un concierto de música.

A su vez, los medios de comunicación se burlan de la Iglesia, alegando que incluso Dios ha sido puesto en cuarentena.


Una crisis de Fe




Han olvidado que la Iglesia es una Madre. Ella estableció los primeros hospitales del mundo durante la Edad Media y trataba a cada paciente como si fuera Cristo mismo.

Lamentablemente, hay quienes en la Iglesia se muestran ansiosos por cumplir con tales medidas. Privan a los fieles de los sacramentos, exactamente cuando más los necesitan. Van más allá de lo que los gobiernos piden, hasta el punto de vaciar las fuentes de su agua bendita y reemplazarlas con dispensadores de desinfectante. Desalientan los funerales.

Ni siquiera los milagros están permitidos. ¡Las autoridades de la Iglesia cerraron unilateralmente los milagrosos baños curativos en Lourdes, en Francia! Esas aguas milagrosas probablemente hayan curado todas las enfermedades conocidas por la humanidad. ¿Es este coronavirus más letal?

Tal es el estado de nuestra Fe en crisis.


La solución está en revitalizar la Fe

Algunos podrían objetar que adoptar una actitud no secular hacia el virus requiere un acto de Fe. Sin embargo, debemos preguntar cuál es el mayor acto de Fe: ¿confiar en la Santa Madre Iglesia o en las frías manos de un Estado, que ya se ha mostrado incapaz de resolver los problemas de la sociedad?

Tenemos todas las razones para confiar en Dios. El problema es que permitimos que se trate a la Iglesia como si Ella no supiera nada sobre cómo sanar cuerpos y almas.

Han olvidado que la Iglesia es una Madre. Ella estableció los primeros hospitales del mundo durante la Edad Media. Los fundamentos de la medicina moderna tienen sus raíces en su solicitud por los enfermos. Ella trataba a cada paciente como si fuera Cristo mismo. Por esto, la Iglesia envió sacerdotes, monjes y monjas para dar atención médica gratuita a los pobres y enfermos de todo el mundo. A través de los siglos, en medio de plagas y pestes, encontramos a la Iglesia en medio de ellos, ocupándose de los infectados a pesar de los grandes peligros.

Sobre todo, la Iglesia cuidaba las almas de los enfermos. Ella consolaba, consoló y ungió a los afligidos. Mantuvo innumerables santuarios, como Lourdes, donde los peregrinos son recompensados ​​por su Fe con tranquilidad de conciencia, curas y milagros.

En tiempos de calamidad, las oraciones de comunidades enteras pueden ser elevadas pidiendo a Dios que venga en ayuda de una sociedad pecadora que necesita Su misericordia. La historia da testimonio de que estas oraciones a menudo han sido escuchadas.

Cuando la Iglesia actúa como debe, evita que crisis, como el coronavirus, se vuelvan inhumanas y abrumadoras. Como una madre, ella brinda consuelo y esperanza en los momentos de oscuridad. Ella nos recuerda que no estamos solos y que siempre debemos recurrir a Dios. No tiene sentido desterrar a Dios de la lucha contra el coronavirus.


Volviéndose a Dios

De hecho, la crisis del coronavirus debería ser un llamado a rechazar nuestra sociedad impía.

Esta crisis amenaza con ir más allá de la crisis de salud y desbaratar la economía mundial. Debemos, por lo tanto, preguntar por qué Dios es reemplazado, ignorado y desterrado. Es hora de recurrir a Dios, quien solo puede salvarnos de este desastre.

Recurrir a Dios no significa ofrecer una oración simbólica o celebrar una procesión con la esperanza de volver a la vida de pecado y placeres intemperantes. En cambio, debe consistir en una oración sincera, sacrificio y penitencia como la solicitada por Nuestra Señora en Fátima en 1917.

Volverse hacia Dios presupone una enmienda de la vida frente a un mundo que odia la Ley de Dios y se precipita hacia su destrucción. Significa actuar como siempre lo ha hecho la Iglesia, con sentido común, sabiduría, caridad, pero, sobre todo, Fe y confianza. Todos estos remedios de la Iglesia, llenos de consuelo y cura, están al alcance de los fieles.

Papel de las autoridades civiles

Recurrir a Dios no significa que neguemos el papel del gobierno en el manejo de emergencias de salud pública. Sin embargo, la Fe debe ser un componente importante de cualquier solución. Dios está con nosotros. Debemos confiar en el Santísimo Sacramento, que es la Presencia Real de Dios en el mundo, del Dios que nos creó. Deberíamos recurrir a la Madre de Dios, la Santísima Virgen María, la Salud de los Enfermos y la Madre de la Misericordia.