¡ Viva Cristo Rey !

Tuyo es el Reino, Tuyo el Poder y la Gloria, por siempre Señor.
Cristo, Señor del Cielo y de la TIERRA, Rey de gobiernos y naciones

19 jul 2013

No a la igualdad; sí a la complementariedad



Si se observa el universo, no hay un ser que sea igual a otro. Los seres, aún los de la misma especie, son todos diferentes


 
La Creación, con todos los seres que la componen, constituye un inmenso espejo del propio Creador. Esto, es porque Dios quiso que la diversidad de los seres le reflejara más perfectamente. La manifestación de la grandeza de Dios no darse en un solo ser. Así, la desigualdad de los seres creados es una condición para que se cumpla la finalidad de la creación que Dios quiere.
Esa desigualdad, para que sea justa, debe ser proporcional. Es decir, con grados diferentes pero sin saltos bruscos.
Por otra parte, la desigualdad entre los seres no puede llevar a una oposición sino a una complementariedad.
Marx y sus seguidores, los socialistas de todos los pelajes, sólo ven la relación entre los seres diversos como una lucha, como una oposición de intereses.
Para la Iglesia católica, la sociedad humana es comparable a un organismo, en el cual todos los órganos –unos más nobles que otros– cooperan para el bien común y, por supuesto, para su bien individual. Tampoco existe, como los socialistas quieren hacer creer, una oposición entre el bien individual y el bien común: este último nace del primero.
En un organismo, los órganos menos nobles no son enemigos de los más nobles. Si así fuera, los pies estarían en lucha con el cerebro o con el corazón, de lo que resultaría la muerte del individuo.
En la sociedad humana, se da algo análogo.
Los socialistas están inculcando la llamada “paridad” de sexos, que no pasa de una forma más de igualitarismo. Esa idea de una “paridad” entre hombres y mujeres ha llegado a ser aceptada hasta por gobiernos de “derecha”.
Sin embargo, la finalidad de un Gobierno es la promoción del bien común y el bien común no se asegura necesariamente con esta paridad. Se promueve con la elección de funcionarios capaces y honrados para ejercer los cargos de la Administración.
Están queriendo llevar la idea de la “paridad” al seno mismo de la familia. Según estos doctrinadores, el padre y la madre deben ser iguales. Por lo tanto, ambos deben trabajar fuera de casa y ambos deben realizar las mismas tareas en el seno del hogar.
Comprendemos que en nuestro mundo actual las exigencias económicas frecuentemente obliguen a los cónyuges a trabajar, pero la labor de ambos en el hogar debe ser complementaria. En la educación de los hijos, por ejemplo, al padre le corresponde la función de representar la autoridad; a la madre, en cambio, la del cariño, de la protección, del cuidado. Esto responde también a la psicología y a la naturaleza del hombre y de la mujer.

13 jun 2013

La verdad social está en oposición a la utopía democrático-socialista



 La sociedad no se compone de individuos, sino de familias.



La utopía democrática es la igualdad. La democracia sueña con un Estado social y sólo se preocupa con los individuos, y con los individuos socialmente iguales.
No es esto lo que está en los planos de Dios. Y para convencernos de esta verdad, basta considerar el proceder de Dios.

Dios podría haber creado a cada hombre, como lo hizo con Adán, directamente y sin auxilio de nadie. Así hizo con los ángeles, y aún en éste caso no quiso la igualdad. Dios creó a cada ángel como una especie distinta, correspondiente a una idea particular en el pensamiento divino.
Formando al ser humano como una especie única, la igualdad habría reinado entonces si todos hubiésemos recibido la existencia directamente de manos del Creador. Pero Dios tenía otros designios. El quiso que recibiéramos la vida unos de los otros, y que por este medio fuésemos constituidos, no en la libertad y la igualdad sociales, sino en la dependencia de nuestros padres y en la jerarquía que debía nacer de esa dependencia.
Dios creó a Adán, y después de su cuerpo hizo el cuerpo de Eva. Dios entonces bendijo al hombre y a la mujer y les dijo: “Sed fecundos, llenad y dominad la tierra”.
Dios creó así la familia, la transformó en una sociedad y la constituyó de acuerdo con un plan totalmente diverso de la igualdad social: la mujer sumisa al hombre y los hijos sumisos a los padres.
En los mismos orígenes del género humano, por lo tanto, encontramos las tres grandes leyes sociales: la autoridad, la jerarquía y la unión. La autoridad, que pertenece a los autores de la vida; la jerarquía, que torna al hombre superior a la mujer y a los padres superiores a los hijos; y la unión, que deben conservar entre sí aquellos vínculos vivificados por la misma sangre.
Los estados proceden de esa sociedad primera.
La familia –dice Cicerón– es el principio de la ciudad, y de alguna forma la semilla de la res-pública. La familia se divide, aunque permaneciendo unida; los hermanos, así como sus hijos y nietos, no pudiendo abrigarse todos en la casa paterna, salen para fundar nuevas casas, como nuevas colonias. Ellos forman alianzas, de donde surgen nuevas afinidades y el crecimiento de la familia. Las casas se multiplican poco a poco, todo crece, todo se desarrolla, y nace la res-pública. (República, libro I, 7).
Al comienzo Abraham funda una familia nueva, y de ella surgen doce tribus, que constituyen un pueblo. Esos son propiamente los orígenes del pueblo de Dios.
Lo mismo ocurrió con los gentiles.
La familia no es sólo el elemento primero de todo Estado, sino su elemento constitutivo, de tal manera que la sociedad no se compone de individuos, sino de familias
Actualmente sólo los individuos importan y el Estado sólo reconoce a los ciudadanos aislados. Esto es contrario al orden natural. Antiguamente era de tal manera así que los censos de población no contaban las personas, sino los “fuegos”, es decir, los hogares.
Cada hogar era considerado el centro de una familia, y cada familia era dentro del Estado una unidad política y jurídica, al mismo tiempo que económica.
Fue la Revolución Francesa la que vino a destruir este orden. Ella se impuso el deber de emancipar al individuo, a la persona humana, estimada como célula elemental orgánica de la sociedad. Esta tarea que la Revolución se impuso, conduce nada menos que a desorganizar la sociedad y a disolverla.
El individuo es sólo un elemento dentro de esa célula orgánica de la sociedad que es la familia. Separar sus elementos, impulsar el individualismo, es destruir su vida, es tornarla impotente para llenar su papel en la constitución del ser social, como lo haría, en los seres vivos, la disociación de los elementos de la célula vegetal o animal.
En nuestros días, el individualismo fue llevado a su exacerbación por el relativismo. Así, cada individuo posee “su verdad” y sus “valores”. Sobre todo, sus derechos y no sus deberes.
Las legislaciones socialistas exacerban este individualismo, dando al individuo derechos gravemente perjudiciales para el bien común.
La noción de que la sociedad sólo puede subsistir cuando existe una preocupación por el bien común, ha venido desapareciendo casi completamente.
Así hemos asistido en nuestro país a una demolición sistemática de la familia en nombre de las libertades individuales. La legalización del divorcio, la equiparación de los hijos naturales con los generados dentro del matrimonio, la multiforme propaganda de todo tipo de anticonceptivos y de una libertad sexual no lejana del libertinaje, está llevando a nuestra patria a una disociación de su unidad.
No debemos extrañar, por lo tanto, que las encuestas muestren a la familia como una institución en vías de desaparecer. Y, con su desaparición, sólo podemos sufrir la demolición de la propia sociedad.
La Patria sólo subsiste cuando sus componentes tienen un “proyecto” común. Cuando cada individuo tiene sus propios “valores”, la unidad nacional desaparece.

9 jun 2013

En el hogar se forja la suerte de los Estados


La familia es atacada continuamente en nuestro mundo actual. El divorcio, el reconocimiento de las uniones homosexuales, una educación sexual permisiva para los niños y adolescentes, las intervenciones abusivas del Estado en la vida familiar, etc. son algunos de estos atentados. En el texto que reproducimos a continuación veremos la importancia de la familia para la vida de un país.



“La familia contiene en sí los gérmenes de la sociedad civil, y es en gran parte en el hogar doméstico que se va creando la suerte de los Estados. Esto es tan verdadero que los que se proponen arrancarlos al cristianismo, comienzan por la raíz, dándose prisa para corromper a la familia. (…)
“Es, por lo tanto, rigurosa obligación de los padres trabajar y luchar para repeler toda usurpación en esta materia y reivindicar para sí exclusivamente el derecho de educar a sus hijos con espíritu cristiano, como debe ser, y desviarlos, cueste lo que cueste, de aquellas escuelas donde estén expuestos a beber el mortal veneno de la impiedad. (…)
“Persuádanse todos bien que, para la buena educación de los niños, tiene máxima importancia la educación doméstica. Si la juventud encuentra en el hogar las reglas de la vida virtuosa y una como escuela práctica de las virtudes cristianas, segura está en gran parte la salvación de la sociedad”.

León XIII, Sapientiae Christianae

26 may 2013

APOSTASÍA CONTRA LA IGLESIA, CONTRA CRISTO, Y CONTRA DIOS



APOSTASÍA CONTRA LA IGLESIA 1517, 
APOSTASÍA  CONTRA CRISTO 1717, 
Y APOSTASÍA CONTRA DIOS 1917 


Desde hace medio milenio los combates librados por el mundo contra la verdad de la Iglesia Católica han conducido a errores cada vez más profundos y peligrosos, desencadenando hasta revoluciones. Es muy interesante notar que los procesos históricos más fundamentales de la era moderna se dieron en tres fechas semejantes: en los años 1517 (protestantismo), 1717 (masonería) y 1917 (comunismo), en los que se manifiesta, en Occidente, un avance verdaderamente sistemático de la apostasía de la Verdad de Dios, que irradia desde allí a todo el mundo. 

Jesucristo dice a sus Apóstoles: “Como me envió mi Padre, así os envío Yo”. En esta palabra de Cristo tenemos tres niveles: el Padre – Cristo – los Apóstoles (la iglesia). El Padre envía a Cristo. Cristo envía a los Apóstoles. Cristo dice: “Quien a vosotros escucha, a Mí me escucha; y quien a vosotros rechaza, a Mí me rechaza, ahora bien, quien me rechaza a Mí, rechaza a aquel que me envió” (Lc. 10,16)1. Y justamente en estos tres pasos, tuvo lugar la apostasía de la Verdad durante los últimos siglos: apostasía contra la Iglesia Católica (1517), apostasía contra Cristo (1717), y apostasía contra Dios (1917). Este desarrollo es del todo consecuente y, en su avance es, un cierto sentido, necesario. Aquel que rechaza a los enviados de Cristo, los sucesores de los Apóstoles (es decir la Iglesia Católica), rechaza en consecuencia también a Cristo. El que rechaza a Cristo, rechaza consecuentemente también a Dios Padre. La historia del último medio milenio ha confirmado así, y de manera aterradora, estas palabras de Cristo. 

En 1517, con la publicación de las tesis de Lutero se marca, al menos exteriormente, el comienzo decisivo del protestantismo. De los dos “envíos” mencionados Lutero reconoce solamente uno: la mediación de Cristo hacia Dios, pero no la mediación de la Iglesia hacia Cristo. De aquí las sentencias programáticas de Lutero: “Solo las Escrituras” y no el Magisterio de la Iglesia; “Solo la gracia” y no la mediación a través del sacerdocio y de los sacramentos. “Solo Dios” y ninguna mediación a través de los Santos del Cielo. 

En 1717, con la fundación de la masonería en Inglaterra, se marca la siguiente etapa de la apostasía. El rechazo de la Iglesia y de su Magisterio por Lutero trajo como consecuencia ulterior el rechazo absoluto de la revelación de Dios dentro de este mundo. Como la encarnación de Jesucristo constituye el punto culminante de la revelación de Dios, será especialmente rechazada. La filosofía masónica no es atea: postula un ser superior, gran arquitecto del mundo. Por lo tanto, los masones no son ateos, sino que abogan por el deísmo (Dios ya no actúa más en el mundo después de la creación) y por el agnosticismo (es imposible conocer la verdad), y en el campo de la ética postulan, consecuentemente, el liberalismo (libertad en todos los ámbitos en lugar de autoridad o ley). Aquí se ve la realización del primer paso antes mencionado: “Quien a vosotros rechaza, a Mí me rechaza”. Así como Lutero rechazó la mediación de la Iglesia, así también rechazan los masones a Cristo y con Él, toda mediación o puente hacia Dios. Es por eso que sostienen el deísmo, que rechaza a priori no solamente la Divina Providencia y la posibilidad de milagros, sino también toda autoridad divina. 

En 1917, con el estallido del comunismo, se marca la tercera etapa en esta revolución social contra Dios. Ya que desde 1717 se ha negado categóricamente la actuación de Dios en el mundo y cualquier intervención suya después de la creación, llegamos como consecuencia al último paso: al perfecto ateísmo y antiteísmo. El comunismo es, efectivamente, en esencia, un ateísmo social combativo. No es, en ningún caso, un sistema meramente económico al que se agrega sólo externamente el ateísmo. El comunismo entronca con la Revolución Francesa, especialmente a través de Rousseau. También entre la masonería y el protestantismo existe una clara relación fácil de deducir viendo quiénes han sido sus artífices: los dos principales fundadores de la masonería son Jean Théophile Désaguliers y James Anderson, uno pastor protestante y el otro teólogo protestante. 

“Quien me odia a Mí, odia también a mi Padre” (Jn. 15,23). El segundo nexo consecuente trazado claramente por Cristo, se hace realidad aquí. Esta última consecuencia que llega hasta el odio de Dios, se muestra claramente en el comunismo y de modo muy combativo. Se había anunciado en la masonería más avanzada. “Quienquiera niega al Hijo, tampoco tiene al Padre” (1Jn. 2,23.

Todos estos errores de la Era Moderna no permanecieron sólo en el plano teórico, sino que transformaron la vida de la humanidad y de la sociedad en todos sus aspectos. Condujeron necesariamente a una persecución de cristianos sin precedentes. De acuerdo a recientes declaraciones rusas, 200.000 sacerdotes y religiosos (católicos y ortodoxos) perecieron víctimas del terror stalinista: fusilados, ahorcados, crucificados o expuestos a morir congelados. 

Martillo y hoz no se limitaron solamente a derramar la sangre de mártires sino que también aplicaron a sus pueblos subyugados, sin el menor escrúpulo, medidas de terror de una violencia y crueldad monstruosas. Según las prudentes estimaciones de los autores del “Libro Negro del Comunismo” la erección de la utópica visión de la sociedad sin clases sociales costó alrededor de 100 millones de víctimas humanas: 20 millones de muertos en la Unión Soviética; 65 millones en China; 1 millón en Vietnam; 2 millones en Corea del norte; 2 millones en Camboya; 1 millón en Europa del Este, 150.000 muertos en América Latina; 1,7 millones en África y 1,5 millones en Afganistán, lo cual suma casi 100 millones de víctimas humanas.2 Estas masacres se llevaron a cabo de tres maneras diferentes: mediante ejecuciones de todo tipo como fusilamiento, horca, ahogamiento, apaleo, envenenamiento, cámaras de gas; por hambrunas intencionalmente provocadas o no evitadas deliberadamente y por deportaciones, ya sea por prolongadas marchas a pie, ya por hambre, enfermedad o frío dentro de vagones de transporte de ganados, ya por agotamiento en trabajos forzados. El intento ateo de establecer un cielo sin Dios aquí en la tierra conduce siempre al infierno. 

La Santa Iglesia, previendo las consecuencias de las explosivas ideas marxistas, ha condenado el sistema comunista ya 71 años antes del estallido de la Revolución de Octubre de 1917. Así, en el año 1846, el Beato Papa Pío IX alza la vos a través de su encíclica Qui Pluribus, condenando “la nefanda doctrina del comunismo contraria al derecho natural que, una vez admitida, echa por tierra los derechos de todos, la propiedad y la misma sociedad humana”.Pío IX reafirma después esta reprobación en el Syllabus.4 

León XIII, su sucesor, en la encíclica Quod Apostólici Muneris, desenmascara el comunismo como “mortal pestilencia que se infiltra por los miembros íntimos de la sociedad humana y la conduce a un extremo peligroso”.5 

También Pío XI dedica una encíclica entera a condenar y advertir solamente contra:

“el comunismo bolchevique y ateo que tiende a derrumbar el orden social y socavar los fundamentos mismos de la civilización cristiana (…) contraponiendo a estos falsos principios la luminosa doctrina de la Iglesia e inculcando de nuevo con insistencia los medios con los que la civilización cristiana, única “civitas” verdaderamente “humana”, puede librarse de este satánico azote y desarrollarse mejor para el verdadero bienestar de la sociedad humana”.6

El error del comunismo lo lleva, en su exigencia absoluta y exclusiva, a pretender no sólo una reforma social, sino, y eso desde el primer momento, a promover una revolución mundial para lograr el poder mundial total. 

“Insistiendo en el aspecto dialéctico de su materialismo, los comunistas sostienen que los hombres pueden acelerar el conflicto que ha de conducir el mundo hacia la síntesis final. De ahí sus esfuerzos por hacer más agudos los antagonismos que surgen entre las diversas clases de la sociedad; la lucha de clases, con sus odios y destrucciones, toma el aspecto de una cruzada por el progreso e la humanidad. En cambio, todas las fuerzas, sean las que fueren, que resistan a esas violencias sistemáticas, deben ser aniquilados como enemigos del género humano.”7
Es interesante constatar la coincidencia casi exacta entre los cinco meses de las apariciones de Nuestra Señora en Fátima (desde el 13 de mayo de 1917 al 13 de octubre de 1917) y el tiempo de los preparativos revolucionarios de Lenin en Rusia. Los niños videntes, en aquella época, no podían saberlo. Al respecto, el Padre Josef Schweigl SJ escribe: 

“El 16 de abril volvió Lenin de su exilio y comenzó de inmediato su lucha contra el gobierno liberal. Ya después de tres meses había ganado tal influencia que podía arriesgar un primer intento de revolución. El 17 de julio, algunos días después de aquel 13 de julio en el que María había entregado su mensaje a los tres pastorcitos, tuvo lugar en San Petersburgo una manifestación de casi medio millón de trabajadores, los que bajo la conducción de Lenin, transformaron la manifestación en un alzamiento armado con el objetivo de hacer caer al gobierno provisorio y proclamar el gobierno de los Soviets. Los bolcheviques fueron los dueños de la ciudad por tres días. La situación era tan crítica que el gobierno se vio en la obligación de retirar parte de las tropas del frente, con cuya ayuda pudo sofocar la revuelta. (…) Justamente el 13 de octubre, el día de la última aparición de Nuestra Señora en Fátima, Kerenski publicó en su diario Delo Naroda un artículo con el encabezamiento: “Perseverar, Resistir”, en el que exhortaba al pueblo a perseverar en la guerra hasta la victoria final. Al leer este artículo, Lenin se puso tan furioso que decidió ese mismo día consumar la revolución8. Todo lo que siguió fue nada más que la consecuencia práctica de esta decisión. Primeramente, la revolución del 7 de noviembre(el 25 de octubre sgún el Calendario Juliano, de donde el nombre de Revolución de Octubre), y luego el armisticio de Brest-Litowsk con Alemania el 5 de diciembre: y, al año siguiente, la paz especial, que fue concluida en la misma ciudad”.

Notas:
1 Jesucristo afirma lo mismo en varios pasajes más de las Escrituras Santas pero con otras palabras. Véase al respecto: 1 Jn. 2,23; Jn. 14,6; Jn. 5,23; Jn. 8,19; Jn.8,42; Jn. 15,23; Jn. 14,7; y 1 Jn. 2,22.
2 Cfr.: Courtois, Stéphane, et alii, Schwarzbuch des Kommunismus, Müchen/Zürich 2000, p. 16. Este libro es una traducción de la obra francesa Le Livre Noir du Communisme que ha sido traducida ya en 16 lenguas. La edición alemana apareció en la muy conocida editorial Piper. 
3 Pío IX, Encíclica Qui Pluribus del 1º de noviembre de 1846.
4 Cfr.: Pío IX, Syllabus (Colección de los errores modernos), editado el 8 de diciembre de 1864, nº IV.
5 León XIII, Encíclica Quod Apostólici Muneris, del 28 de diciembre de 1878. 
6Pío XI, Encíclica Divini Redemptoris, del 1º de marzo de 1937.
7 Ibidem: pp.528 s. 
8 Cfr.: Lenin, Vladimir Iljitsch, Gesammelte Werke, t. 26, Moskau 1949, pp. 111 ss. 
9 Schweigl, Josef, SJ, Fátima und die Bekehrung Russlands, Leutesdorf 1956, p. 23.

Padre Gérard Mura, "FÁTIMA ROMA MOSCÚ"